del 21 al 3 de Febrero de 2004 • Edición número 1,336
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Rel[a]ciones

La utopía de Duarte

El forjador de la nacionalidad dominicana padeció todo tipo de persecuciones, vejámenes y desconsideraciones, que en ocasiones también tocaron a familiares, amigos y compañeros de ideal





Por Juan de la Cruz

Las utopías son los más bellos estandartes de los pueblos, ya que sintetizan las ideas más avanzadas de cada época, que –aunque se vean como irrealizables cuando son concebidas– tienen amplias posibilidades de convertirse en realidad en condiciones materiales y sociales más propicias.

En torno a cómo hacer realidad las utopías, el gran humanista latinoamericano Pedro Henríquez Ureña expresa que “no es ilusión la utopía, sino creer que los ideales se realizan sin esfuerzo y sin sacrificio. Hay que trabajar”.

Algunas utopías son de carácter universal o regional, mientras que otras se quedan exclusivamente en el plano local, como es el caso de la utopía de Duarte que tiene una raigambre esencialmente nacional, ya que de acuerdo con el apóstol cubano José Martí: “Las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz y ser de suelo afín, para que prendan y prosperen”.

Génesis de la utopía duartiana

El origen de la utopía de Duarte es necesario buscarlo en sus años de adolescente, período en que comenzó a enjuiciar con ojos críticos la dominación del país por parte del gobierno haitiano de Boyer.

Mas, ese sentimiento de descontento se acrecentó cuando Duarte tuvo la posibilidad de estudiar y conocer de cerca los procesos norteamericano, francés y español con los que tuvo contacto directo en su viaje por esos países.

Esas experiencias le hicieron ver más claro que el país debía trillar camino independiente, y separarse de Haití para no caer jamás bajo el dominio de ninguna potencia extranjera. Por eso a su regreso, cuando tuvo la primera oportunidad de manifestar su firme y decidida oposición a la dominación haitiana, la aprovechó sin titubear.

Al enterarse Duarte de que José María Serra venía haciendo propaganda contra el régimen haitiano, le buscó y se integró de manera decidida con él en esa labor, pues veía en dicho acontecimiento la ocasión propicia para empujar hacia delante su ideal: lograr la independencia total y absoluta de la República Dominicana.

Desarrollo de la utopía

Tras desarrollar una labor propagandística por espacio de tres años (1835-36-37) contra el Gobierno haitiano, junto a Serra, Duarte da pasos efectivos para la realización de su utopía. Es entonces cuando decide la formación de una organización clandestina para conducir la lucha independentista nacional: la sociedad secreta La Trinitaria.

El ideal duartiano alcanzó características ampliamente populares a través de la proyección pública del trabajo de La Trinitaria, por medio de La Filantrópica, que bajo el manto de una sociedad cultural montaba obras teatrales que despertaran el sentimiento nacionalista y crearan una conciencia revolucionaria en la población de la parte oriental de la isla de Santo Domingo.

Igualmente, Duarte y el padre Gaspar Hernández enseñaban Filosofía e Idiomas a los jóvenes inquietos de la época, lo que les atrajo gran simpatía y acrecentó su liderazgo entre la juventud.

Duarte llevaba a cabo todo esto con el propósito de superar la etapa primaria de agitación que desarrolló de forma conjunta con Serra, ya que según su tacto político: “Nada hacemos con estar excitando al pueblo y conformarnos con esa disposición, sin hacerla servir para un fin positivo, práctico y trascendental”.

En esa cita de 1838, año en que fundó La Trinitaria, teniendo apenas 25 años de edad, Duarte se revela como un hombre esencialmente práctico, dispuesto a hacer realidad su utopía.

El Juramento Trinitario es alto revelador de que la utopía duartiana de independencia absoluta quería dejar de ser la expresión del deseo de una sola persona para convertirse en un anhelo colectivo. He aquí uno de sus más aleccionadores pasajes: “Juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en mano de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno para implantar una república libre, soberana e independiente de toda nación extranjera, que se denominará República Dominicana, la cual tendrá su pabellón tricolor, en cuartos encarnados y azules”.

La mayoría de los trinitarios cumplieron su juramento, exceptuando el caso del traidor Felipe Alfáu, quien delató ante las autoridades haitianas los propósitos del movimiento.

Hasta su exilio en 1843, Duarte se mantuvo trabajando arduamente en el país, con tal de ver cristalizado su sueño. No obstante encontrarse en el exterior, el patricio prosiguió su orientación y prédica a través de las cartas que enviaba a sus compañeros de ideal. En su Proyecto de Ley Fundamental (1844), Duarte recoge lo esencial de su utopía y la denomina Ley Suprema del Pueblo Dominicano. A saber: “La Ley Suprema del Pueblo Dominicano es y será siempre su existencia política como Nación libre e independiente de toda dominación, protectorado, intervención e influencia extranjera, cual la concibieron los fundadores de nuestra asociación política al decir el 16 de julio de 1838, Dios, Patria y Libertad”.

En ese mismo proyecto de Constitución, Duarte esboza el carácter que debe asumir todo gobierno dominicano verdaderamente nacionalista y popular, de acuerdo a su utopía: “Puesto que el gobierno se establece para bien general de la asociación y de los asociados, el de la nación dominicana es y deberá ser siempre y antes de todo, propio y jamás ni nunca de imposición extraña, bien sea ésta directa, indirecta, próxima o remotamente; es y deberá ser siempre popular en cuanto a su origen; electivo en cuanto al modo de organizarle; representativo en cuanto a su esencia y responsable en cuanto a sus actos”.

Los gobiernos que se han instalado en el país luego de consumada la independencia nacional, en su generalidad no han respondido a esos principios fundamentales concebidos por Duarte; al contrario, han sido esencialmente entreguistas y proimperialistas, antipopulares, autoritarios y represivos; fraudulentos e ilegítimos, antiparticipativos, antidemocráticos y corruptos hasta la saciedad.

Ante todos los esfuerzos realizados por los apátridas orientados a hipotecar la soberanía nacional o vender el país al mejor postor, caben las palabras inmortales del patricio mayor: “Nuestra patria ha de ser libre e independiente de toda potencia extranjera o se hunde la isla”, porque: “Vivir sin patria es lo mismo que vivir sin honor”.

Una alianza

El 27 de febrero de 1844, los trinitarios y algunos sectores conservadores que se unieron a la causa separatista a última hora, llevaron a cabo la acción independentista contra el gobierno haitiano, lo que cristaliza, aunque de manera parcial, la utopía duartiana. Decimos parcialmente, porque precisamente los sectores que se aliaron a los trinitarios a última hora, encabezados por Tomás Bobadilla, Pedro Santana y Buenaventura Báez, con el poder económico y militar en las manos, se alzaron también con el poder político y mantuvieron en el destierro a los verdaderos forjadores de la nacionalidad dominicana. Consumada la separación y lograda la independencia nacional, Duarte fue traído desde Curazao, tributándosele un recibimiento apoteósico por el puerto de Santo Domingo, recibiendo desde entonces el título mayor del país, Padre de la Patria Dominicana.


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