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La elección de los Presidentes

Por Sergio Forcaldell
Si hay algo más absurdo aún que el teatro absurdo de Bertold Brech, es cómo se eligen los presidentes en nuestros raquíticos sistemas democráticos. Sí, los elegimos nada más que a través de un triste y miserable voto de los ciudadanos. Sin más ni más y eso es, a todas luces, un soberano error. Cuando, por ejemplo, usted compra un vaso, lo coge, le da un golpecito con el dedo para notar la calidad del vidrio, le toma el peso, se lo lleva cerca de los labios, lo compara con otros vasos, y si lo encuentra adecuado, se lo lleva. Y además, si no le gusta o le sale roto, simplemente lo cambia o lo tira a la basura.
Pero cuando compramos un presidente en unas elecciones, no podemos hacer lo mismo. No nos dejan examinarlo dándole unos golpecitos a ver como suena el cerebro, si es que lo tiene, y ni siquiera hablar un rato para ver como piensa, si es que realmente piensa. Y si después el presidente nos sale malo, hay que aguantarse, no podemos botarlo y tenemos que fumárnoslo, como el del merengue de Johnny Ventura, cuatro años por lo menos.
Uno piensa que si a un ingeniero, un médico, o un abogado le dan el título y el exequátur para ejercer su profesión después de estudiar duramente cinco años, y examinarlo no sé cuantas veces y presentar un montón de trabajos, proyectos, tesis, etc. ¿por qué no hacer lo mismo con un presidente?
¿Cómo puede ser posible que un pueblo, y más con tanta precariedad como el nuestro, elija a un presidente por cualquier frase banal de campaña que se le ocurra al político o a uno de sus seguidores?, ¿Qué sentido tiene decir vuelve y vuelve ?, ¿qué nos importa si es joven y habla bonito?, ¿qué tiene de sensato pasar semanas o meses hablando del trasero de un pollo, o pichirrí en buen criollo, en lugar de lo que se va a hacer con algo tan importante como las exportaciones y el turismo?, o ¿votar por los candidatos sólo porque son buenos mozos, o simpáticos, o porque formulen una ristra de promesas más larga que un día sin pan, y que todos sabemos que no se van a cumplir, puesto que las promesas son la materia prima de los políticos?
Hacerlas no cuestan un chele y después de que se encaraman en esos carguitos no es lo mismo con guitarra que con violín. Esto lo hemos experimentado demasiadas veces en nuestro querido patio.
Se nos ocurre que para mejorar el sistema de elección debería formarse un tribunal, con señores de bigote largo, muy serios ellos, apolíticos, vestidos de riguroso traje negro, como eran los examinadores de antes, para evaluar a los candidatos preseleccionados como presidentes.
Lo primero de todo lo que se debería exigir es un buen examen físico, con su ecocardiograma y su prueba de esfuerzo, para ver si aguantan el chucho de trabajar duro de verdad, sin que tengan que llevárselo a los países en un avión ambulancia porque el estrés o ansiedad o la fatiga le causaron un yeyo. !Con lo caro que salen los hospitales gringos y como están los dólares ahora!
Segundo, un estudio del coeficiente intelectual. Esto es esencial. Por debajo de 140 ó 145 puntos no se puede ser presidente, lo sentimos, porque necesitamos una alta inteligencia para decidir las cosas más importantes con los ciudadanos. Un buen cirujano, un investigador, deben estar por esos niveles de CI, o más. La complejidad de las profesiones se lo exige. El que no da para ello, o no entra, se queda en el transcurso de la carrera. Así de sencillo.
Pero en política es otra cosa. Aquí, y también en muchos otros sitios que hablan raro, cualquier mediocre, más por la habilidad, por la zancadilla, por la plata del mono que danza, más por la coyuntura, que por la inteligencia, la honestidad y el buen desempeño, se puede llegar muy alto, a lo más alto. No queremos decir que todos los políticos sean así, los hay inteligentes, también muy inteligentes, y ...hasta demasiado inteligentes para el caso, pero son la famosa aguja del pajar.
El tercer examen, sería una prueba psicológica, como se hace para el permiso de armas de fuego, pero más compleja, con preguntas menos estúpidas como esas que le dicen a uno que si con esa arma cargada usted va a matar, por ejemplo, a su suegra que es muy peleona, o a ese cobrador tan insistente, o al amante de su mujer, y usted va y dice que sí, y ¡zas¡ le dan el permiso, pues respondió con bastante lógica. Por eso es que hay tanto desequilibrado con un hierro en la cintura.
Y es que se puede ser un atleta, o un genio y tener la chaveta más descompuesta que los asientos de un carro público. Si lo dudan, recuerden el caso aún reciente del presidente Bucaram, que por cantar y bailar encima de los escritorios ecuatorianos, entre otros dislates, lo tuvieron que afuerear de la presidencia por incompetente mental.
El cuarto sería una prueba de polígrafo, ¡el famoso y temido detector de mentiras, como en las películas que interrogan a los asesinos en serie¡. A ver qué pasaría cuando a los aspirantes a la silla presidencial se les preguntara si pensaban cumplir tal o cual promesa que hicieron en este o aquel pueblo. Sabríamos lo sincero que son cuando dicen que no piensan reelegirse otros cuatro años, o cuando expresan que sus contrarios son unas excelentes personas, unos grandes hombres o unos próceres de la democracia. Habría que observar si la aguja del aparato se queda quieta o si le da más seguidilla, - lo más probable - que cuando se detecta un buen terremoto de esos que sólo se dan en el Pacífico.
Y, por último, a los aspirantes a presidente se les efectuaría una prueba de capacidad política. Se les pondrían diversos problemas, casos prácticos, maneras de pensar y actuar para ver que soluciones aportarían. Así, por ejemplo, se les preguntaría que harían en caso de que un funcionario suyo fuera corrupto. Si el candidato cuestionado respondiese, por ejemplo, lo ascendería a un cargo mejor, ya estaba más quemado que la pipa de un indio. Que vuelva el próximo año, o mejor aún, qué no vuelva nunca jamás.
A estas alturas uno pude pensar que todo esto es un disparate, pero bien meditado y reflexionado, más disparate es emitir un voto sin comprobar más a fondo como es por dentro y por fuera la mercancía política que se va a comprar. Así nos ha ido, así nos va y, lo más probable, es que así nos irá. |
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