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La publicidad de los políticos
En los afiches y anuncios de prensa los políticos parecen haber encontrado la máquina del tiempo y retroceden, vía efectos de computadora, un paquete de años.

Por Sergio Forcadell
Uno pensaba que el tiempo sirve, además de perderlo en las dependencias oficiales, para evolucionar de manera positiva, para ir hacia delante en la vida, y mucho más en esto de la comunicación. Ahora que hay tantos recursos audiovisuales, tantas agencias publicitarias con muy buen nivel de creatividad, resulta que ver hoy un anuncio político es peor que ver una declaración de impuestos.
Todos son un trauma para la vista, el oído y una especie de insulto para la inteligencia del televidente, que la tiene, aunque ellos no lo crean.
Veamos un caso. Ahí sale un aspirante a candidato con un gallo en la mano, tan campante, como si estuviese anunciando la primera sopita de pelea del mercado dominicano, ¡si viera el ridículo que hace! No sería mejor aprovecharlo y promocionar una gallera. Otro aspirante aparece con el asunto de un mango para arriba y para abajo hasta que se cae de la mata. Como si los tiempos estuvieran para eso, es que no sabe que hace más de medio siglo que en nuestro país el mango bajito desapareció para el ciudadano común. Otro más, sale con una cara tan absolutamente incomestible, tan de pocos amigos, que ni su mamá votaría por él. Debíamos esperar que en el 2003 los políticos hicieran mejores propuestas de comunicación, con mensajes más refrescantes, más actualizados, y con visuales atractivas. Pero no, parece que aún estamos en los principios de los 70, con los manoseados recursos de las banderas, los fanáticos caminando y coreando al candidato por los campos o los barrios, las pavas en la cabeza, besando a una señora pobre que a su vez le dice que ese es el mejor para presidente. Eso no es creatividad publicitaria. ¡Eso es creatividad basura!, como ahora se llaman muchos programas de Miami donde la mamá y la hija se recriminan por haberse embarazado con el mismo novio que resulta ser además un primo segundo, travesti, del cuñado de la criada. Y qué decir de un político que utiliza la base musical y parte de la letra de una canción sobre Jesús, ( Le llaman Jesús ) nada menos que el Hijo de Dios, para describir lo bien que ha hecho su trabajo en el Senado. Ese jingle debería estar en los anales del MAP (Museo del Absurdo Publicitario). En otros tiempos se excomulgaba por mucho menos.
¿Esas son las imágenes de los políticos ejecutivos que necesitamos hoy día? ¿Estos son los políticos que nos adentrarán en un futuro de expectativas tecnológicas? ¿Pero creerán estos señores que con semejantes bobadas los receptores de los mensajes van a inclinar sus preferencias a la hora del voto? No se dan cuenta que hasta en los campos más remotos se ve el cable y los videoclips del omnipresente Enrique Iglesias, la curvilínea Shakira o la censurada Cristina Aguilera con todos los avances del video. ¿Dónde están los asesores de imagen?, ¿dónde están los expertos en marketing político? Seguro que de vacaciones cuando más falta nos hacen.
Para colmo, y tratando de catalizar el recuerdo y el peso de los grandes caudillos desaparecidos, los candidatos siguen haciendo referencias a tiempos pasados, mostrando como los abrazaban cuando aún vivían, o escribiéndoles cartas de añoranza en los periódicos, como si no supieran que ya hay faxes y e-mail celestiales. ¿Adónde vamos a llegar? es que se creen santeros para invocar los espíritus de los muertos.
En los afiches y anuncios de prensa los políticos parecen haber encontrado la máquina del tiempo y retroceden, vía efectos de computadora, un paquete de años. Ahí hay un político del Cibao que a base de quitarle arrugas y pellejo le han dejado sólo el bigote y las cejas del resto de la cara parece haber desaparecido. Parecen los acentos circunflejos que usan los franceses en su escritura, o las líneas inclinadas del símbolo de la marca de automóviles Citroen. Otros lucen, sin rubor alguno, una carita de nalga de niño que ya quisieran tenerla los modelos de un anuncio de pampers, cuando en la realidad tienen más arrugas que un vestido de dril después de una toma de posesión presidencial en el caluroso mes de agosto.
Con las mujeres políticas es más pasable porque estamos acostumbrados a los recursos femeninos para seguir siendo lo más jóvenes posibles. El teñido de pelo, el maquillaje, el pintalabios, el ferré disimulador... pero en los hombres se ve más que ridículo... ¡estúpido! Hay otro político con el pelo más tintado de negro que un zapato de charol. ¡Qué procure no salir cuando llueva!
Pero la publicidad de los políticos no se queda ahí, en lo mal que lo hacen los aspirantes. Qué decir de la publicidad que hacen todos nuestros gobiernos donde gracias a comerciales maravillosamente ingenuos, optimistas, positivos, en los que siempre sale la figura del presidente de turno, parece que vivimos con Alicia en el país de las maravillas, o que hemos llegado a Jauja, donde la abundancia no tenía límites.
Impuestos a los políticos
Que si las aduanas están de maravilla, aunque si usted va allí una mañana sabrá lo que es el significado real de la palabra odisea. Que si la educación está a niveles increíbles pero los profesores no pueden comprar ni un solo libro. Que si la electricidad hay que pagarla a tiempo aunque en la realidad sea la más mala, escasa y cara del mundo. Que si el Senado es un santuario de angelitos donde se trabaja, anillo en mano, ardua y desinteresadamente por nosotros los contribuyentes, aunque sea el lugar del guirigay donde se ha forjado la figura del hombre del maletín. Que si pagar impuestos es más saludable que tomar ocho vasos de agua al día, aunque uno reciba a cambio servicios sociales más que penosos.
¿Pero se creerán que los que recibimos los mensajes somos tarados? ¿Es que no saben que en publicidad decir lo que no es verdad cae sobre el emisor del mensaje como piedras sobre tejados de cristal? Es un mito eso de que si una mentira se repite una y otra vez se convierte en verdad. Y lo peor es que esos comerciales los pagamos, a muy buen precio de producción y colocación, todos los demás ciudadanos, inclusive los de los partidos contrarios.
Son muchos, tal vez demasiados, los millones que sin ningún tipo de consulta se destinan para autopromocionarse desde las denominadas instancias del poder. A riesgo de caer en lo demagógico, son muchos los problemitas que pueden arreglarse con el presupuesto publicitario de los gobiernos. ¿Se arriesga algún político a decir cuánto nos salen en verdad las campañas de marras que vemos en la telenovela política que duran cuatro años largos, eso, si no hay reelección.
Claro que si los políticos tuvieran que pagar ellos mismos su propia publicidad descontándosela de sus sueldos, bonos, prebendas, comisiones, vehículos, dietas, exoneraciones... posiblemente viéramos esas campañas no en televisión, sino en los clasificados de los periódicos. |
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