9 de Diciembre del 2003 • Edición número 1,333
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El padre Rogelio
Rafael Molina
Morillo


¿Qué poder tan extraordinario puede esconder un sacerdote debajo de la sotana que otros poderes le teman tanto?
¿Qué tan peligroso es el padre Rogelio Cruz para la paz pública nacional? ¿Dónde oculta sus bombas y sus granadas ese hombre a quien se describe como terrorista disfrazado de cura? ¿Cuál es su poder tan extraordinario que hace temer a un Gobierno y a una Iglesia, poderosos ambos, hasta el extremo de hacer toda clase de maniobras subterráneas para alejarlo del país?

Francamente, no lo entiendo. Lo único que ha hecho Rogelio es dejarse llevar por su sensibilidad social y tratar de que los pobres vivan mejor. Lo malo es que esa aspiración conlleva un elevado costo para algunos sectores que no están dispuestos a renunciar a una parte de sus privilegios y canonjías.

Pero ¿es necesario llegar tan lejos, como sería la deportación obligada de Rogelio, con el inexplicable consentimiento de la congregación salesiana a la que eel pertenece, y por determinadas presiones, sean éstas cuáles sean?

Parecería que el padre Rogelio podría causar, si se queda en el país, una conmoción social de tal magnitud que no habría fuerza capaz de controlarla. Si esto fuera así, tendríamos que preguntarnos qué tan mal andan las cosas y cuánta injusticia social estamos propiciando.

Los preparativos para la expulsión de Rogelio de su propio país no son más que un signo de cobardía y de irresponsabilidad, tanto de parte de los sectores que la propugnan, enquistados en el Gobierno, como de la orden salesiana, que queda muy mal parada con su actitud complaciente, y a la cual de ahora en adelante no habrá más que faltarle el respeto que se le tenía.
Así son las cosas. ¡Qué pena! ¡Qué vergüenza!


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