9 de Diciembre del 2003 • Edición número 1,333
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La Sinfónica y las Grandes Ligas




Por Antonio Gómez Sotolongo

Cuando dijo que se llamaba Baldomero algo debió sucederle a mi cara, quizás una traición del subconsciente, porque enseguida me preguntó: “¿No le gusta ese nombre?”.

En realidad no supe contestar de una vez. Se me enredaron las ideas y no encontré quizás la mejor forma de ser amable, acababa de conocerlo, era mi tercer día en un país extraño, yo era un forastero recién llegado y no podía, bajo ningún concepto, ser descortés, y mucho menos con una persona que a todas luces formaba parte del público habitual de los conciertos, alguien que me había visto sobre el escenario y acababa de felicitarme. Así que tuve que explicarle como pude.

Se trataba simplemente de que yo nunca había conocido personalmente a nadie que se llamara Baldomero, y que, casualmente, por esos días estaba leyendo un cuento de Virgilio Piñera que se titula El caso Baldomero; eso, provocó que al escuchar su nombre me sorprendiera.

Con esa explicación, un tanto floja, intenté hacer desaparecer cualquier duda, cualquier sospecha de que yo me burlaba de su nombre. “Pero no se piense que lo digo porque me preocupe mucho el asunto –me dijo–, le pregunto simplemente por preguntar, porque en realidad lo que quiero es mantener la conversación con usted”.

Esto me reconfortó un poco y entonces traté de llevar el diálogo por los cauces trillados, traté de preguntarle dónde trabajaba, si le había gustado la primera parte del concierto -esto último muy poco inteligente de mi parte puesto que si me acababa de felicitar era de suponer que le había parecido bien- si era músico y otras naderías... pero Baldomero es un hombre... raro... raro es lo único que se me ocurre por ahora, en otra oportunidad –si es que hay otra oportunidad– le daré tintes más claros, trazos que resalten algunas de sus cualidades poco comunes, sus buenas y sus malas virtudes, por ahora no diré más, ni una palabra más sobre él... por falta de espacio.

Baldomero es raro y no me contestó nada de lo que le pregunté. Esa es una de sus virtudes, no sé cómo se las arregla para no responder, así que aquel día en que nos conocimos en el vestíbulo del Teatro Nacional no pude saber absolutamente nada acerca de su persona; sin embargo, él supo que yo era uno de los músicos recién llegados de Cuba, uno de los ocho instrumentistas reclutados para completar la Orquesta Sinfónica Nacional durante la Temporada 1991 y otros detalles que supo sacarme con mucha astucia sin que yo me diera cuenta. En esas exploraciones andábamos cuando él decidió darle un giro a la conversación.

–Poco antes de que usted llegara aquí al vestíbulo del teatro, estuve discutiendo, un poco acaloradamente para mi gusto, con un amigo, otro melómano empedernido igual que yo, pero con quien tengo la suerte de no estar de acuerdo jamás. Él entiende que hay muchos extranjeros en la Orquesta... ¿y usted que piensa?

Ahí sí que me dejó completamente sin respuesta, no tuve ni la menor idea de cómo ubicar ese tema, por eso dije lo primero que me vino a la mente:

–Bueno, también en Grandes Ligas...

Y como si esa fuera la respuesta que Baldomero estuviera esperando de mí, me interrumpió para terminar a su manera la frase que yo había comenzado.
–...hay muchos extranjeros sobre todo dominicanos y no nos molesta.

Baldomero me dejó mudo, yo acababa de llegar a Santo Domingo, venía a desempeñarme en un puesto para el cual, según fuentes oficiales, no había nadie capacitado en el país para ocuparlo. En eso avisaron que el concierto iba a continuar y debimos separarnos. Muchas veces, en los últimos años, hemos vuelto sobre ese tema, y las observaciones de Baldomero son extremadamente interesantes, pero como ya dije, él es un poco raro y no tengo espacio para contar nada más.

El autor es músico de la Orquesta Sinfónica nacional


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