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Acerca del hambre y las hambres
Por Jacinto Gimbernard Pellerano.
No es que yo crea ciegamente en aquella afirmación del filósofo alemán Ludwig Feuerbach (1804-1872), tan difundida fuera de sus contextos y su trayectoria hegeliana, resumida escuetamente en la frase de que el hombre es lo que come, descuidando o desconociendo el proceso que lo llevó a escribir en sus Fragmentos filosóficos (1843-44): Mi primer pensamiento fue Dios; el segundo, la razón; el tercero y último, el hombre. El sujeto de la divinidad es la razón, pero el sujeto de la razón es el hombre. (Feuerbach: Sämtliche Werke, Berlín, Ed. Bolin, Jodl, 1959).
El caso es que el humano necesita una alimentación que cubra la totalidad de sus necesidades orgánicas. Existe una cuarentena de productos químicos imprescindibles para el buen equilibrio funcional del organismo humano. Los principales son los prótidos (que se encuentran especialmente en la carne, los huevos, la leche y también en algunas plantas y frutas), los lípidos (grasas) y minerales como hierro, calcio, sodio y yodo, que son vitaminas esenciales.
Se afirma que, por ejemplo, los chinos son más pequeños que los noruegos y los suecos porque desde muchas generaciones absorben menores cantidades de proteínas. Pero resulta que ni los suecos ni los noruegos son más inteligentes, creativos y efectivos en sus labores que los chinos.
Es decir, que existen factores que no se han considerado, y que están en las dos iniciales prioridades de Feuerbach: Dios y la razón.
Esto no mengua el drama de la insuficiencia alimentaria. El eminente Josué de Castro nos relata en su obra El hambre, problema universal que conocemos, por ejemplo, desde hace mucho, los pequeños ponys de las islas Shetland, esas islas que están al norte de Inglaterra. Sirven de juguete a los niños. Se pensaba que era una raza. Ahora bien, los norteamericanos compraron ponys de las islas Shetland y los transportaron a los Estados Unidos para hacerlos reproducir. Querían venderlos a las familias ricas, para sus hijos. Pero hicieron un mal negocio: en tres generaciones los ponys alcanzaron la talla de los caballos. ¿Por qué?, porque los ponys, en realidad, no son una raza. Son caballos ingleses importados de las islas británicas. Como el suelo de las islas Shetland es muy pobre en calcio y en fósforo y sus pastos carecen de proteínas, esos caballos, al no encontrar suficiente calcio y fósforo para desarrollar normalmente su esqueleto, ni proteínas para formar su protoplasma, se adaptaron transformándose en los ponys de las Shetland, con un pequeño esqueleto y una pequeña masa protoplásmica. Al ser transportados a un país de abundancia volvieron a ser grandes caballos como sus ancestros.
Entre aquellos refugiados judíos que acogió Trujillo en enero de 1940, mediante un contrato con la Dominican Republic Settlement Association (Asociación para asentamientos en la República Domincana), originalmente pensada para crear una colonia agrícola de refugiados judíos en Sosúa, y que trajo al país cuatro meses después más de ochocientos colonos, habían llegado judíos que no eran agricultores ni personas acostumbradas a la vida rural. Mi padre acogió varios en su imprenta capitalina, y uno era linotipista.
Se trataba de un hombre de más de cincuenta años (hoy, a mí me parecen pocos) pero era un hombre que había combatido en la Primera Guerra Mundial y sabía de horrores. Los obreros, compañeros suyos, le preguntaban qué era lo más terrible de la guerra. Él respondía: Diga tú.
Los bombardeos le decían, los ataques a las trincheras bajo fuego de ametralladoras, los gases asfixiantes...
Él respondía: Nada de eso... ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡el hambre!
Volviendo al respetado Josué de Castro: Ningún factor exterior hiere tanto al hombre como el alimentario. El hambre, en efecto, no lo marca solamente en su cuerpo, sino en su alma: lo deshumaniza. Un hombre que tiene hambre no es ni puede ser un hombre libre, es prisionero de su hambre. No tiene sino un deseo, un pensamiento, un fin: comer. Después, si el hambre se prolonga, cae en una profunda apatía y pierde, poco a poco, todo deseo, hasta el de alimentarse. La pereza, el fatalismo de ciertos pueblos, de ciertas razas, no son sino consecuencia del hambre sufrida de generación en generación (De Castro, op. Cit)
El pan.
Pero resulta que no sólo de pan vive el hombre, como informaba Jesús. Y en la actual República Dominicana falta el pan que nutre el cuerpo y el que nutre al espíritu.
Este Presidente que tenemos, elegido democráticamente (¿será que los pueblos, en verdad, eligen los gobiernos que se merecen? ¿O que braceando entre las ofertas mentirosas se aferran a lo que luce menos malo... y resulta ser lo peor?
¿Quién podía pensar que un mandatario que estudió agronomía no dedicara especial atención a que la alimentación primaria y tradicional de los dominicanos mantuviera precios accesibles para las grandes mayorías, aunque se esperaran de su naturaleza desordenadamente temperamental incongruencias e inhabilidades políticas predecibles como mal menor?
Mucha de la votación favorable que recibió estuvo montada en la esperanza de un mandato fundamentado en la capacidad simplificatoria, astuta y práctica del hombre de campo, en su respeto por la palabra empeñada y en la meta firme de mejorarlo todo sin triquiñuelas ni escondrijos políticos. Se pensaba en un hombre simple y confiable, con la vista descomplicada puesta en dejar un gobierno mejor que el que encontró.
Pero hoy tenemos hambre de todo: alimentación, medicamentos, justicia, inmunidad e impunidad para los delincuentes, según convenga a los desconcertantes intereses del momento.
A las claras, sin pudor.
Pero todo pasa, aunque la flexibilidad del tiempo nos haga sentir que este tiempo del presidente Mejía ha sido penosamente largo. |
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