11 de Noviembre del 2003 • Edición número 1,331
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Luis Martín Gómez

La resurrección del serrucho



Jordi me lleva cinco años, pero somos mellizos. Sonreímos igual, la misma joroba nos presagia que de viejos caminaremos como ganchos de ropa igual que nuestro padre, don Pepito de La Mancha, y socios que somos de una pequeña empresa, siempre nos cogen de tontos al mismo tiempo. La gente nos confunde de tal forma que a veces bromeamos haciéndonos pasar uno por otro. La clonación incluye muchos recuerdos, como el de Expedito, con más bigotes que carnes y más intenciones que dinero, quien durante una reunión de amigos en una ‘boite’ (Jordi me recuerda que así se llamaban las discotecas en los setenta), sabiéndose con pocos fondos se limitó a pedir una Coca-cola, la cual administró a sorbos toda la noche y un pedazo de la madrugada. Nadie entendió la frugal y casi ascética estrategia de El Expedy hasta que trajeron la cuenta. Para pagar, los ‘bebensales’ (Jordi me recuerda que allí sólo se bebió) procedieron al democrático método del serrucho, consistente en la división del total de la cuenta entre el número de consumidores, paracaidistas excluidos. Cuando le tocó su turno, El Expedy extrajo teatralmente algo de su bolsillo, lo alzó con ‘suin’ de jugador de dómino, y lo estrelló sobre la mesa cual doble seis: ¡una moneda de veinticinco centavos! (Jordi me recuerda que eso costaba una Coca-cola en una boite en los setenta). Antes de que le reclamaran, El Expedy aclaró que sólo se había bebido un refresco.

Treinta años después, la actitud del Expedy no nos parece tan reprochable. La crisis nos ha convertido en abstemios casi anoréxicos, aunque no por cuidar la salud sino por falta de dinero. Después del uno punto cinco, el doce de itebis, el cinco a las exportaciones y el reguero de por cientos disimulados en placas, combustibles y un largo etcétera, pasaron los espléndidos años del “déjalo, yo pago” y entramos al constreñido tiempo del “qué tal si compramos la pizza más barata”. Picados por el mosquito transmisor de la prángana, ya no podemos alardear de nuestra caballerosidad impidiendo que las cuñadas paguen en la cena de cumpleaños de la suegra, ni lucirnos en el colmadón brindando dos tandas de frías al equipo de pelota de la oficina. El virus ‘malarius económicus’ nos ha puesto tan lentos sacando la cartera del bolsillo que seríamos hombres muertos si fuéramos vaqueros en el Oeste americano.

La crisis ha resucitado el serrucho y nos ha convertido en cristianos practicantes capaces de compartir gastos con amigos y desconocidos, en potenciales comunistas defensores a rajatabla del chin para todos, en genios matemáticos duchos en dividir el helado entre cuatro, la pizza entre ocho, el taxis entre dos. Pero cuando a la cartera le cae telaraña por falta de uso, fenómeno que casi siempre se produce entre el veinte y el treinta de cada mes, nos sale el diablito calculador de Expedito y echamos hielo a la Coca-cola, clin-clin, y la bebemos a sorbitos, slurp-slurp, para que nos dure por lo menos hasta mayo (Jordi me sugiere que hasta agosto).



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