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Danilo Arbilla
Las torres y algo más
Nueva York. En ningún aeropuerto estadounidense el pasajero es sometido a tantas revisiones como en el Kennedy. Mucha gente se molesta por ello. Si lo piensan no lo harían. Es por su propia seguridad. Es de los males menores que el ataque terrorista del 11 de setiembre del 2001 generó. La economía norteamericana, por ejemplo, no ha salido aún del impacto negativo que tuvo.
Pero los males mayores son otros. Estados Unidos se involucró en una guerra, la que aún no ha terminado, y cuyas razones se debilitan diariamente. Ya le está costando casi 400 muertos; la paz, el orden y la democracia en Irak no aparecen, ni tampoco las armas que llevaron al gobierno de Bush a la guerra preventiva.
Cada vez son más los estadounidenses que piensan que se les mintió y se les generó miedo y hasta pánico con alertas de distintos colores para convencerlos de una guerra que no se sabe a qué conducirá.
La política contra el terrorismo desnudó a la ONU, dejando en descubierto su inoperancia; enfrentó a EE.UU con buena parte de Europa; lo ha obligado a ser más condescendiente con regímenes no democráticos y con las violaciones a los derechos humanos de países como Rusia y China; ha permitido que Corea del Norte lo desafíe y ha afectado el equilibrio en el Medio Oriente. Paralelamente ha sido el blanco de las más multitudinarias manifestaciones antiyankis en Occidente; directa o indirectamente ha alentado el ascenso de gobiernos de izquierda, populistas y antiimperialistas, especialmente en América Latina, y todavía está por verse cómo le afectará su compañía a Blair y a Aznar.
El gobierno de Bush yerra en la región. Su política de visas, incluso para el mero tránsito, ha generado mucho fastidio. A esta bronca se suma el costo de la visa -U$S100- que para miles de latinoamericanos es lo que ganan en seis meses. Se cobran por adelantado y no se devuelven aunque no se dé la visa.
El resentimiento crece y es reforzado por los que retornan a sus países frustrados y discriminados. En Nueva Jersey, mientras las mayorías votan contra el Acta Patriótica, aparecen grupos de supremacía blanca que se movilizan contra las minorías de la zona. Se acentúan los extremismos y hasta se ha llegado a parangonar el triunfo del austríaco Schwarzenegger con el de otro austríaco que ganó las elecciones en Alemania a principio de los '30.
Cada vez somos más ciudadanos de segunda, se oye decir. Aunque se exagere, algo hay.
Pero a los ciudadanos naturales las cosas no les han ido mejor. El Acta Patriótica aprobada por el Congreso a propuesta de Bush permite a las agencias federales hacer allanamientos sin orden judicial, intervenir teléfonos y correos de Internet; en los procesos judiciales se puede eliminar el derecho a fianza y se admite ocultar pruebas y testimonios por seguridad nacional.
Quizás los estadounidenses no tengan conciencia cabal de lo que han perdido y están perdiendo. Quizá en esto también haya una responsabilidad de los medios de comunicación, a los que como nunca se les critica en cuanto foro hay y se les acusa de haber cedido a la presión del gobierno y de anteponer el patriotismo a la información.
Se ha impedido el ingreso de periodistas extranjeros y hasta se les ha detenido y expulsado, lo que motivó protestas de la ASNE (Directores de Diarios de EE.UU) y la SIP, que señalan que ello daña la imagen del país como sociedad abierta.
A pincipios de este año Human Rights Watch (HRW) calificó de perturbadora y contraproducente la tendencia de Washington a ignorar los derechos humanos en la lucha contra el terrorismo. Recientemente el Comité de Abogados por los Derechos Humanos (LCHR), en una evaluación a más de dos años del 11S, señala una erosión continua de las libertades civiles en el país, incluyendo la libertad de expresión.
Para HRW, el resentimiento que genera (la política de Washington) pone en riesgo el reclutamiento contra el terrorismo, desanima a posibles aliados y debilita las acciones para impedir las atrocidades de los terroristas.
Puede que sea hasta peor. El terrorismo no quiere la libertad y su objetivo es destruir a Occidente y los valores que lo identifican. Busca a través del terror generar miedo y pánico y un desconcierto tal que los gobiernos democráticos para combatirlo abandonan y desconocen esos valores cuya desaparición, precisamente, es lo que persiguen los terroristas. Se trata de una siniestra dialéctica. Si los dirigentes democráticos no se dan cuenta, aparentemente algo de eso le ocurre a la administracion Bush, y corrigen sus políticas, los enemigos podrán decir que van ganando; que tras dos años han conseguido algo más, mucho más que tirar abajo dos edificios de varios pisos.
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