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Rosa Montero
El verdugo matando, el poeta cantando
En un libro de Philip Roth (El oficio, Seix Barral) leo una entrevista formidable con Milan Kundera. Entre otras cosas, Kundera habla del atractivo del totalitarismo, de ese embelesado ensueño utópico que hace que algunas buenas personas sigan apoyando a Castro, a pesar de su obvia brutalidad criminal, o que lamenten las desviaciones del régimen soviético, pero continúen creyendo en la pureza de su ideología y sus principios. El totalitarismo no es sólo el infierno, sino también el sueño del paraíso, dice Kundera. Es el antiquísimo sueño de un mundo en que todos vivimos en armonía, unidos en una sola voluntad y una sola fe comunes (
). Si el totalitarismo no hubiera explotado estos arquetipos, que todos llevamos en lo más profundo, nunca habría atraído a tanta gente. No obstante, el sueño del paraíso, tan pronto como se pone en marcha hacia su realización, empieza a tropezar con personas que le estorban, y los regidores del paraíso no tienen más remedio que edificar un pequeño gulag al costado del Edén. Con el tiempo, el gulag va creciendo en tamaño y perfección, mientras el paraíso a él adjunto se hace cada vez más pobre y más pequeño.
En efecto, eso es. Lo revelador de estas frases, al menos para mí, es que evidencian que la utopía también forma parte del infierno. No es que el socialismo totalitario fuera un proyecto maravilloso que luego la torpe realidad y unos gestores nefastos arruinaron, sino que desde su mismo origen ese supuesto Edén estaba preñado de miserias. De esto habla justamente Mario Vargas Llosa en su estupenda última novela, El paraíso en la otra esquina: de lo traicioneras y tiránicas que son las utopías. Los humanos somos bichos contradictorios y paradójicos, animales precarios que, por nuestra misma constitución, no podemos aspirar a lo perfecto. Podemos y debemos intentar ser mejores, eso sí, pero sin dejar de vigilar nuestras debilidades. En eso consiste precisamente el proyecto democrático: en desconfiar siempre del poder, en desarrollar medidas que protejan a los individuos del abuso y en intentar ir mejorando las cosas poco a poco. Podríamos decir que la democracia es un sistema más bien pesimista que recela de los seres humanos, que conoce el mal y legisla para minimizarlo, que se contenta con ir avanzando paso a paso; mientras que los sistemas totalitarios son de un optimismo desenfrenado y creen que pueden construir en una sola generación un mundo perfecto. Pero, claro, para eso antes tienen que aniquilar a los humanos imperfectos. Ímproba tarea, pues lo somos todos.
Desde este punto de vista, las utopías son un mal en sí mismo. Y, sin embargo, ¡qué atractivas resultan, con qué fuerza aletean en el más remoto rincón de nuestro cerebro! Son tan hermosas las utopías que nos pueden poner una venda en los ojos y sellar nuestra conciencia ante el horror. Kundera cuenta la historia de Paul Éluard, el poeta francés, primero integrante del movimiento surrealista y luego, tras la guerra, ardiente defensor y rapsoda del totalitarismo. Y dice Kundera: Cantó a la fraternidad, la paz, la justicia, el mañana mejor, la camaradería, en contra del aislamiento, a favor de la alegría y en contra del pesimismo (
). Cuando, en 1950, los dirigentes del paraíso sentenciaron a un amigo suyo, el surrealista Závis Kaladra, a morir en la horca, Éluard se puso al servicio de los ideales suprapersonales, declarando en público su conformidad con la ejecución de su camarada. El verdugo matando, el poeta cantando.
¿Es perdonable Éluard porque cantaba con sincera y genuina emoción a la fraternidad, a la camaradería, a la bondad humana, valores todos ellos tan conmovedores, tan bonitos? Pues no, no creo que sea perdonable. Los humanos somos sobre todo nuestros actos, y esas orgías de hermosa sentimentalidad no hacen sino ensombrecer aún más la criminal contradicción de nuestros hechos. Con el tiempo, y con esa pequeña sabiduría que a veces vas adquiriendo con la edad, he ido desarrollando una creciente prevención a las grandes ideas bellas, a los principios redondos y hermosos que calientan el corazón sin pasar por la cabeza y que arrastran enardecidas hordas de partidarios. Dice Kundera: Hoy no hay en el mundo nadie que no rechace de modo inequívoco la noción de gulag, pero todavía queda mucha gente que se deja hipnotizar por la poesía totalitaria y se pone en marcha hacia nuevos gulags al son de la misma canción lírica que entonaba Éluard. Cuidado con los sueños porque contienen monstruos.
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