11 de Noviembre del 2003 • Edición número 1,331
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Acerca de judíos y de asombros




Por Jacinto Gimbernard Pellerano.


Luis Medrano
El pueblo judío fue el primero de la antigüedad que creyó en una sola divinidad. Procedente de Ur, en el bajo Éufrates, llegó Terah, padre de Abraham a Haram, desde donde Abraham marchó al país de Canaán, a Hebrón, en Palestina, algo más de dos mil años antes de Cristo. Desde entonces, la historia de los judíos presenta una vida de talento, esfuerzo y violencia que prácticamente no cesa ni aún en nuestros días.

En alguna ocasión yo he escrito que la antipatía u odio que siempre han generado los judíos radica en las mismas razones que han definido a este pueblo –que a la vez viene a ser diverso y compacto– como “pueblo elegido” por Dios para hacerle depositario de su doctrina.

A mi ver, tienen maximizadas todas las virtudes y defectos que pueden caber en un ser humano.

Después de haber Moisés logrado escapar del poderío egipcio con cientos de miles de judíos en armas, habiendo muerto antes de llegar al Jordán, fue Josué, su sucesor quien realizó la conquista de la zona “prometida” pero no pudo mantener unidos a sus hombres y se vio obligado a repartir el territorio. Finalmente Samuel, el último de los líderes o jueces, logró una fusión de tribus que dieron paso a la monarquía que con el rey David (hacia 1025-993 a. C.) llevó a su gente al punto más alto de poderío.

Pero la voracidad y la insensatez desembocó en una división en dos reinos, Israel al norte, formado por diez tribus, y Judá al sur, con dos tribus, cuya capital era Jerusalén. Cayeron ambos reinos y se reinstaló la opresión foránea. Nuevas huidas. El emperador romano, Adriano ( el delicado poeta que hablaba de la “pequeña alma, vagarosa y blanduzca”), tras el enfrentamiento romano a la sublevación judía del año 132 que costó la vida a más de medio millón de rebeldes, produjo un destierro masivo de judíos, que no marcó sino una actitud generalizada que alcanzó hasta a los Reyes Católicos de España en 1492 con otro gran destierro y culminó con el horrendo genocidio nazi en pleno siglo veinte, que exterminó unos seis millones de judíos, de acuerdo con los documentos de Nuremberg.

Resulta interesante observar que los judíos llamen a este monstruoso genocidio, “holocausto”, ya que éste era un sacrificio de inmolación usado entre los israelitas, mediante el cual se quemaba toda víctima, término tomando del griego Ólos –todos– y caustos, quemado–.
Por lo visto se trata de darle a todo un sentido religioso, una obediencia a los mandatos de Yahvé.

Vueltas y revueltas de la historia llevan a que el Reino Unido -Gran Bretaña– ocupe Palestina durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Al año siguiente, el canciller británico Arthur Balfour declara que los judíos tienen derecho a una patria en Palestina, respetando a los árabes.

En 1947 la ONU (atendida o desatendida según conveniencias de las grandes potencias) vota a favor de la división de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe palestino. En la víspera del fin del mandato británico sobre la zona, los líderes judíos proclaman su propio Estado.

Desde entonces los judíos no han cesado de fortalecerse y expandirse, apoyados por las enormes fortunas logradas por ellos especialmente en los Estados Unidos –beneficiarios de las monumentales riquezas en todos los órdenes, creadas por los judíos- que responde como un proveedor armamentista y un valiosísimo punto de apoyo.

Uno se asombra de que un pueblo tan sufrido, tan oprimido y abusado por miles de años, sea capaz de ser igualmente abusador contra los palestinos, que también son de allí, aunque la psicología explique el fenómeno.

No se sacian de ocupar más terreno, de arrasar poblaciones, de ejercer la misma crueldad que recibieron por milenios.

También quieren la pequeña franja a la cual han empujado a los palestinos

¿Querrán luego el mundo entero, como los nazis?

Siempre he creído que bajo el odio a los judíos, realmente lo que hay es envidia. A su disciplina, su aceptación de sacrificios, su inteligencia, audacia y valor. Además de su disposición rígidamente excluyente.

Puede que sea así, y que sea precisamente por sus condiciones extremas en lo bueno y lo malo, que tal pueblo haya sido escogido.
Sí, escogido.

Como extremo significativo de la condición humana.


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