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Rosa Montero
La extrema normalidad de las rarezas
Desde que he publicado el libro La loca de la casa (perdón por la autocita), en el que cuento, además de otras cosas, las crisis de angustia que he padecido en mi vida, un buen número de personas, entre amigos, conocidos y lectores, se han atrevido a confesarme que también ellos han tenido problemas de angustia, o fobias, o compulsiones lo suficientemente graves como para asustarse. Como para temer, en un momento determinado, que estaban locos. Y digo que se han atrevido porque la relación con nuestra mente es uno de los registros que, por lo general, mantenemos más en secreto. La vida psíquica es la vida más íntima, la más inasible, la más incomprensible, la que a menudo más nos turba, aquella zona del ser para la que disponemos de menos explicaciones y menos palabras.
Yo no creo que haya ni un solo ser humano sobre la Tierra que no haya sentido alguna vez miedo a la locura. Porque la locura es la frontera interna de nuestra imaginación, es la fantasía en sus confines más salvajes. Todos tememos a la locura porque todos la llevamos dentro; claro que unos simplemente la vemos desde lugar seguro, la vemos como se ve la jungla que rodea el claro en donde hemos plantado nuestro confortable campamento; y otros, por desgracia para ellos, están perdidos en mitad de la selva y son incapaces de salir. Hay una gran diferencia. Tan grande que en ella nos jugamos la vida.
Pero, por otro lado, también es evidente que la normalidad no existe. He aquí un concepto sumamente engañoso: por lo general creemos que, cuando hablamos de normal, nos estamos refiriendo a lo más habitual, al comportamiento que todo el mundo o casi todo el mundo observa; pero en realidad normal viene de norma, es la ley general, el marco de referencia que impone el mandato social. Por eso luego, en la realidad, sucede como con las estadísticas, en las que se supone, por ejemplo, que cada español tiene medio hijo, cuando es obvio que ese medio niño salomónico no existe, sino que unos tienen dos y otros ninguno. Pues bien, con la normalidad, me parece, ocurre lo mismo. No hay nadie perfectamente normal; todos somos de alguna manera heterodoxos, todos arrastramos nuestros agujeros.
Lo digo para animar a muchos. A todos aquellos que, de repente, creen que mantienen comportamientos raros y se asustan por ello. Es curioso: en nuestras sociedades democráticas y tolerantes hoy hablamos con razonable libertad de muchos temas que hasta hace muy poco eran tabúes; de la homosexualidad, por ejemplo, o de las relaciones sexuales en general. Pero de los miedos psíquicos nadie dice ni pío. Ése sigue siendo uno de nuestros grandes silencios, un silencio clamoroso por lo mucho que oculta. ¿Quién confiesa sus manías o sus fobias? ¿Quién cuenta que, cuando camina, intenta no pisar las rayas de las baldosas, o que va sumando automáticamente las matrículas de los coches, o que de repente piensa que no va a poder tragarse una píldora y, en efecto, no puede, o que se tiene que lavar siete veces las manos antes de acostarse, o que en ocasiones siente como si se saliera de la realidad y le falta el aire, o que por las noches a veces se tiene que levantar a encender todas las luces de la casa, o que
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La lista sería interminable. Por ejemplo, la fobia a los animales; muchas veces la he visto por la calle cuando voy con mis perros: un horror irracional e irrefrenable. Por no hablar de la fobia a los insectos, que es una verdadera peste por lo que abunda. O la claustrofobia, y el miedo a los ascensores, o el extendidísimo miedo a los aviones. ¿Y qué me dicen de la gente que sólo se puede sentar en los restaurantes con la espalda contra la pared? Manuel Hidalgo acaba de publicar Me temo lo peor, un diario medio auténtico sobre la hipocondría, en el que el álter ego de Hidalgo arrasa con las reservas de comida de la nevera y lo tira todo a la basura, por ejemplo, porque teme que dos naranjas podridas hayan podido envenenar de modo casi mágico todos los demás alimentos. Es un libro divertido y conmovedor, un texto valiente en el que Hidalgo saca a la luz esa intimidad agujereada tan común de la que nadie habla. Pero, aunque normalmente no se mencione, el agujero está ahí. Tranquilo: todas esas rarezas que te parece que tienes y que a veces te asustan resulta que no son nada raras, sino, esta vez sí, de lo más normales.
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