27 de Octubre de 2003 • Edición número 1,329
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El sentido de una vida
Rafael Molina
Morillo


Hay un absurdo sentido del deber y respeto a la vida cuando se deja morir a niños en hospitales públicos
La estela de la crisis que vivimos los dominicanos llega a un punto muy particular, dramático, que hace pensar en el verdadero sentido de la vida. No de la vida de un adulto, que puede estar realizado, que ha hecho camino. Sino en la vida de un niño, que empieza a vivir; y, paradójicamente, está ingresado en un hospital.

Vamos a ponerle nombre a una zona y un hospital: sala de hematología el hospital infantil Robert Reid Cabral, donde están ingresados decenas de niños afectados de cáncer.

En el cuadro de un niño enfermo hay dos enfermedades que gravitan. La que padece el pequeño paciente y la impotencia de la madre, que la llena de desasosiego, desesperanza, y hace más doloroso y traumático el padecimiento de su hijo, tirado en una cama, sin los medicamentos necesarios para no hacer un infierno peor el estado por el que pasa.

La justificación oficial para que nunca haya medicamentos en este y otros hospitales es la falta de recursos. Y cómo se puede hablar de falta de recursos en un país que cuenta con una Ley de Gastos Públicos, en la cual se consigan las partidas que deberá usar cada dependencia. Y, en el caso específico de los hospitales, reciben fondos de la secretaría que los aglutina, la de Salud Pública.

Una familia pobre va a los hospitales precisamente por eso: no dispone de dinero. No puede pagar entre ocho y 24 mil pesos cada mes para comprar los medicamentos que necesita el pequeño paciente, el hijo, el sobrino, el nieto. Una realidad que sólo pueden superar cuando manos anónimas o un hombre de empresa dona parte del dinero para el tratamiento.

Ahora, lo grave de esa situación de abandono y pobreza de los hospitales sucede en un momento en que duele ver el río de dinero que invierte el Gobierno en promover la reelección. Duele tener que cotejar ese drama del hospital Robert Reid Cabral con el comportamiento de las autoridades que deben resolver problemas así y vuelven la vista; un momento en que caen las políticas públicas y el Gobierno apenas tiene 24 horas al día para concentrarse de manera egoísta, política y obstinada en sus intereses.


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