13 de Octubre de 2003 • Edición número 1,327
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Rafael Peralta Romero

Violación consentida



Una mujer relativamente joven y atractiva mantiene amistad con un hombre que no oculta su interés por ella. Comparten momentos de esparcimiento, café, trago, libros. Un día regresan juntos de una actividad social y llegan al apartamento de ella, quien ha decidido cambiar por algo menos formal el regio vestido que lleva. Pide auxilio a su amigo para abrir un broche que le corona la espalda.

El hombre desabrocha y tira levemente las mangas hacia delante y no necesita ver para enterarse de que dos pechos firmes están al desnudo. El traje va al piso y el hombre lo recoge dulcemente, mientras la mujer advierte que “sólo falta que me violes en mi propia casa”. Permanecerá enojada al menos una semana en protesta por haber sido violada. Violación consentida, desde luego.

Hombre y mujer establecen en ocasiones un tipo de relación que no es propiamente de pareja, pero que da origen al intercambio de afectos, juegos y caricias que inducen a esperar un grado mayor de acercamiento. Generalmente es el varón que se equivoca intentando este tránsito y por lo tanto es éste quien resulta acusado de violación.

Tenemos clara la existencia de la violación propiamente dicha, vulgar y violenta, para la cual el hombre debe contar por lo general con un arma u objeto contundente para someter a su víctima. Es un acto puramente animal, propio de degenerados.

Si un hombre hace presión a una mujer de la que es su superior en el trabajo, se está en presencia de otro tipo de violación, ante la cual la mujer cuenta con el recurso de la negativa y en última instancia de la denuncia.

Los lugares a los que una mujer acude con caballero alguno pueden ser determinantes para el curso de las relaciones que sostengan. Ha ocurrido que una mujer se deje llevar a una cabaña de paso, aun negándose a materializar el contacto sexual. Si ocurriese, podría ella decir que se trató de una violación, y es cierto, pero una violación consentida.

Todos los días se dan relaciones de carácter violatorio, pero nunca saldrán a relucir, por las circunstancias que las han rodeado. El ambiente festivo entre parejas, sobre todo en soledad y copas por el medio, no da derecho a un hombre a poseer por la fuerza a una mujer, pero ésta debe saber a lo que se expone.

Muchas situaciones se dan por el consentimiento de la mujer, aún diga ésta que no está dispuesta a un vínculo erótico pleno con determinado hombre, pero ocurren roces, toques y miradas que estimulan la esperanza del masculino. Poseer carnalmente a otra persona sin que cuente su voluntad, siempre será una acción bochornosa.

En este trabajo sólo quiero hacer notar los tipos de violaciones a las que no escapan los propios cónyuges. En algún momento una esposa puede argumentar que ha sido sometida a un contacto carnal en forma obligatoria. Ellas cuentan con un repertorio de excusas para cuando no están en eso. Para ellas hay que estar siempre disponibles, porque de lo contrario un hombre se hace sospechoso de no necesitar los servicios de la esposa, y eso es riesgoso.

Las mujeres disfrutan de fe pública cuando denuncian violaciones, y creo que de verdad la justicia debe seguir dura con quienes sean encontrados culpables de esta práctica tan repudiable. Pero igualmente hay que escrutar acuciosamente para evitar las injusticias que puedan derivarse del hecho de que la mujer esté mintiendo.

La violación a mano armada no admite discusión. En la mayoría de los casos el hombre ni siquiera sabe el nombre de su víctima. Muy diferente a la que pudo ocurrir a una mujer que entra al apartamento donde habita un hombre solo. Ella puede ser casada y repetir que no quiere serle infiel a su marido, pero está consintiendo unas manos sobre su espalda y toma vino en la misma copa de su amigo. De lo que pase ahí ella debe cargar con la mitad de la responsabilidad.

El hombre que en este tiempo recurra a la acción violenta para poseer a una mujer es digno del peor castigo. O quizás de tratamiento siquiátrico. La cara contraria de la moneda se presenta cuando un hombre es víctima de chantaje en reclamo de dinero o por una venganza. Ningún hombre está totalmente a salvo del peligro de una acusación de este tipo. Aunque se trate de una violación consentida.



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