13 de Octubre de 2003 • Edición número 1,327
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No me platiques más



Por Alfonso Quiñones

Vicente Garrido era un hombre de tamaño medio, barba entrecana, ojos achinados y hablar pausado. Se peinaba hacia atrás y el cabello formaba ondulaciones canosas que parecían un pequeño mar de ceniza. Hablaba casi en susurros, era un hombre dulce y tocaba el piano con filing, con “chequendengue”, diría ese gran amigo suyo que fue José Antonio Méndez. Escribo en pasado, porque para sorpresa de todos los que lo admiramos ha muerto Vicente a los 79 años de edad, el 11 de agosto del 2003 en Guadalajara, México.

Mexicano por los cuatro costados, Garrido se erguía sobre el teclado y decía sus boleros poniéndole todo el sentimiento necesario para que muchos lo consideraran en México como el creador del bolero moderno. Amigo de muchos cubanos, con ellos compartió ese modo de asumir el bolero que nació de las memorables reuniones que se realizaban en casa de Ángel Díaz, en el callejón de Hamell en el centro de La Habana.

Garrido era un hombre muy sencillo y enorme en su creación. Además de No me platiques, que internacionalizara Luis Miguel en su saga bolerística, Garrido era autor de El verdadero amor, Todo y nada, Una semana sin ti, Torpeza y Te me olvidas. Todos estos eran números bastante conocidos y popularizados que fueron una y otra vez interpretados en los festivales internacionales que anualmente se celebran en varias ciudades de Cuba, alrededor del bolero. Lucho Gatica, Bola de Nieve, Elena Bourke, José José, Mundito González, Amparo Montes y otros muchos le dieron voz a sus creaciones y las llevaron a conocer el mundo.

Vicente Garrido había nacido en México, DF., el 22 de junio de 1924, y desde siempre tuvo el apoyo y el aliento de su padre, un reconocido intelectual mexicano de aquellos tiempos, del cual parece ser que heredó el amor por la poesía, el sentido de la métrica y de la rima. Ese dominio de los vericuetos de la poesía escrita es sin dudas evidente en el trasfondo de muchas de sus creaciones. Eso lo hizo diferente y en ello tal vez esté una de las razones principales de su éxito. Además de asumir el piano con ese aliento jazzístico que forma parte de los adobos del bolero filing. Pero además de eso Garrido, que había estudiado en la Escuela Libre de Música, sobresalió como un destacado arreglista musical.

Recuerdo su afabilidad y su sonrisa de hombre noble, comprensivo y sensible que tanto agradecimos los que lo conocimos. Recuerdo su gesto de rey sencillo frente al piano, como si se tratara de un hermano y recuerdo su frente iluminada y sus pómulos donde dormían los sueños de sus ancestros aztecas.

Usaba los zapatos mocasines, oscuros, a veces avellanados, cómodos, lustrados y los pantalones anchos y gustaba de las camisas de rayas muy finas y colores tenues, pero sobre todo adoraba las guayaberas yucatecas. Sabía desde siempre qué cosa decir entre canción y canción, cuándo sonreír, y cuando se despedía del público dejaba una estela de buenos sentimientos. Nada de estridencias, sólo buenas energías cimbrando en los corazones de los enamorados.

Una vez inventó un grupo de amigos que recorrieron todo México, eran cuatro cantando, cuatro compositores, cuatro grandes: José Antonio Méndez, a quien llamaban el King, el famoso autor de Novia mía, La gloria eres tú, Si me comprendieras y Me faltabas tú. El tercero era el también mexicano Mario Ruiz Armengol y el cuarto César Portillo. Les llamaron “Los cuatro grandes” y le dieron la vuelta a toda la tierra de los cuates diciendo sus canciones a diestra y siniestra, y sobre todo sembrando en los jóvenes el amor por ese género musical.

Garrido amó mucho a Cuba, viajó a la isla una y otra vez. Su presencia en los festivales del bolero casi siempre estaba asegurada. Sabía que su presencia prestigiaba el evento que habían inventado sus amigos para darle nuevo aire al género. Tardó mucho en ser publicada su muerte en Cuba, es una lástima, porque él supo ser amigo. Lo supe por el periódico oficial un mes y una semana después de su deceso. Pero él nunca lo sabrá.

Vicente debe estar muy ocupado, inclinado sobre un piano en algún rincón del cielo, un cigarrillo entre los dedos y un lápiz en la otra mano, poniendo una semicorchea aquí una negrita allá, digo yo, escribiendo un nuevo bolero que le dejará caer en un sueño a algún joven compositor de su tierra. Una canción que como No me platiques inaugure un modo nuevo de decirle a una mujer que uno la ama tanto que desea que no exista el pasado.


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