6 de Octubre de 2003 • Edición número 1,326
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Francisco Cruz Pascual

Cambian las reglas del mundo



Leyendo a Hargreaves, autor del texto “Profesorado, cultura y postmodernismo”, nos encontramos con la opinión de que las reglas del juego con que se rige el mundo actual están cambiando y hace el llamado para que los docentes se sintonicen con los cambios.

Si la escuela no sigue los cambios del mundo, entonces cae en lo obsoleto y si la escuela se torna desfasada se descalifica ante la sociedad debido a que no responderá a sus necesidades. La enseñanza y el trabajo docente deben ir variando con las reglas del mundo que les rodea. Estas reglas sirven de sustancia para el caldo de cultivo del neoconocimiento que se vuelve necesidad para la sociedad. El mundo del trabajo y todo ecosistema social envía retroalimentación a los centros escolares para que éstos coloquen su currículo de acuerdo a necesidades puntuales.

Debe ser objeto del mundo educativo analizar los cambios producidos en el mundo social, económico y político y las consecuencias que tienen éstos en la enseñanza y en el trabajo del profesorado.

La modernidad está en crisis. El surgimiento de nuevas condiciones sociales, políticas y económicas la han llevado ahí. Surge la necesidad de reconceptualizar todo el sistema de valores sociales y personales en que sustentaba la modernidad; esa concepción del mundo que surgió de la ilustración, que se fundamenta en la idea de que la naturaleza se puede transformar y que el progreso social puede alcanzarse desarrollando de modo sistemático la comprensión científica y tecnológica para aplicarlas a la vida social y económica. Entonces surge la postmodernidad, es decir, la reconceptualización de todo el andamiaje de valores que servían de base a la modernidad. Esta es la reformulación nacida a partir, tanto de la crisis de la modernidad como del surgimiento de nuevas condiciones sociales y culturales con características diferenciadas y ya bien definidas.

Es así como en la esfera económica la flexibilidad y nuevas concepciones para el consumo y la acumulación de bienes materiales, de conocimiento e información crean conflictos de valores en el ámbito de la modernidad. De igual modo en lo político la globalización y una nueva visión de las identidades nacionales hacen lo mismo. Del enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo se produce el proceso de cambio. De ese modo, en la esfera social la postmodernidad nos trae la muerte de las certidumbres y nos conduce a la diversidad en sus más amplias facetas: en lo cultural, en lo étnico, en lo religioso, etc. En lo que respecta a lo organizativo, instituciones con mayor flexibilidad sustituyen a instituciones burocratizadas. Estas instituciones más flexibles, con capacidad de adaptación a las funciones nuevas crean otras necesidades de desarrollo humano, donde los papeles sociales de sus miembros necesitan móviles más que estables. Lo que define estos nuevos organismos es la capacidad para cambiar, para adaptarse a nuevas demandas, esto los identifica. Los organismos antiguamente burocráticos se trasforman de una identidad rígida a una flexible.

En la esfera de lo personal, la postmodernidad recupera el valor de las emociones, vuelve a la identidad individual, revalora las diferencias y rescata la autonomía. Entonces arribamos a un mundo en donde las seguridades ya no tienen la solidez que tuvieron en el pasado y donde el relativismo y la incertidumbre pasan a primer plano y nos enfrentan a la inseguridad y a la necesidad de tomar decisiones, de deliberar en el pleno sentido del término: tomar opciones sin la seguridad de que podamos desviar la responsabilidad de ellas a otro lugar, sea el conocimiento científico, las instituciones, etc.

La postmodernidad, como nueva situación social, a simple vista es posiblemente más enriquecedora para los individuos y los grupos, pero como todo cambio encierra peligros que acechan y al que hay que trabajar irremediablemente en un proceso de combate, no de peleadores como diría Sum Tzu.



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