6 de Octubre de 2003 • Edición número 1,326
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Luis Martín Gómez

El amolador automático



Ahora que la crisis se tragó una de mis igualas, me sobra tiempo para sentarme en la mecedora a leer cuentos o a escribirlos, y cuando la depresión me lo impide, a recordar con nostalgia mi infancia en el ensanche Ozama. Viajando en el tiempo con cada mecida, llego en chor, franelita y mis tenis Campeones a la esquina de la Calle 11 con Costa Rica donde se ha estacionado un Austin rojo con una bocina que transmite repetidamente este mensaje grabado con la voz de un español: “Señora, no pierda tiempo y traiga su cuchillo, traiga su tijera, traiga su machete, y traiga todo lo que sea de amolar, que aquí en este carro hay un amolador automático que en sólo cinco minutos amuela su tijera y se la deja que corta como una navaja”.

La promesa publicitaria es tentadora, tomando en cuenta que siempre se ha amolado manualmente con una lima o frotando el metal contra un callao de río. Atraídos por la novedad llegan conmigo mis amigos Santiago, Joselito, Francisco Xavier, Armandito, Guillo, Pancho, Heyaime, más un tropel de mujeres en bata, y don Antonio Velázquez, el propietario y presidente del Instituto de Mecanografía Velázquez, quien por ser patriarca del barrio echa un ojo a todo lo que se mueve en el lugar. El invento del español no nos defrauda. Se trata de una piedra corrugada circular adherida a una polea accionada por una correa interconectada al abanico del radiador del Austin. La demostración deja boquiabiertos a los adultos: el cuchillo de doña Ana queda tan afilado que corta hasta el aire. A los niños, en cambio, nos atrae más la lluvia de chispas que brota del metal cuando roza la piedra, espectáculo pirotécnico que nos hace menospreciar al resto del ejército de venduteros y buscavidas que hacen diariamente equilibrio en el resbaladizo hilo de la crisis.

Después de la llegada triunfal del amolador automático dejaron de llamarnos la atención el zapatero y sus pegamentos asfixiantes, el reparador de sombrillas que de todas formas las dejaba torcidas, el fontanero ecléctico que destapaba sépticos y al mismo tiempo pintaba casas, el vendedor ambulante de píldoras de vida del doctor Ros y del compuesto vegetal de la Señora Muller, el triciclero antecesor de La Sirena que vendía rolos, redecillas, pinchos, vacinillas, molenillos y coladores de café, el empajillador que quizás reparó esta mecedora que me prestó mamá cuando me casé para que se la devolviera cuando yo quisiera, pero no he querido y en la que meciéndome regreso de la infancia del ensanche Ozama a mi adultez en el mismo ensanche, ahora más ruidoso, caluroso y sucio. Por la ventana de mi habitación se cuelan los pregones del zapatero, del fontanero, del triciclero, que han vuelto porque la crisis suele caminar en círculos. No escucho, sin embargo, al amolador automático. Es posible que el Austin rojo se haya incendiado con las chispas del amolador, o que el español haya muerto a manos de uno de sus clientes despechado por un piropo de esencia ibérica disparado a quemarropa a una morena con irresistibles caderas caribeñas. Pero mi deseo es que volviera y se estacionara unas horas con su jingle puntiagudo en la Moisés García con Doctor Delgado para que le saque filo a algunos cerebros mohosos impedidos de pensar, ese milagro que no pregona ningún vendutero.



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