El temblor que nos despertó la madrugada del 22 de septiembre
La reciente sacudida registrada en el norte de la isla dejó no sólo daños y estupor, sino la curiosidad por un fenómeno que tomó a todos por sorpresa
Redacción de [A]HORA
Un fuerte temblor con una intensidad de 6.5 puntos en la escala Richter sacudió en la madrugada del lunes 22 de los corrientes al país, en especial a la zona norte de la isla, e incluso dejó sentir sus ondas en la costa oeste de Puerto Rico. El epicentro del sismo estuvo ubicado a unos quince kilómetros al sur de Puerto Plata y unos veinte al norte de Santiago de los Caballeros.
El fenómeno, que sembró el pánico entre las poblaciones afectadas, dejó pérdidas materiales estimadas en 200 millones de pesos y a miles de estudiantes fuera de las aulas.
Sobre las secuelas del sismo, Juan Payero de Jesús, director del Instituto Sismológico de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, admitió que el patrón de comportamiento que han seguido los eventos sísmicos es el que la institución bajo su dirección había previsto, o sea, un sismo principal de 6.5 en la escala Richter y una cantidad de réplicas que irían disminuyendo en magnitud.
El Centro Mundial de Información Sismológica de Denver, Colorado, Estados Unidos, informó en su momento que el punto de origen del movimiento sísmico se ubicó a una profundidad de 10 kilómetros.
La cantidad de réplicas de este ciclo que pudieran estar registrando los instrumentos del instituto pueden durar uno o dos meses, pero sólo serán registrados por los instrumentos, es decir, se trata de temblores pequeños a muy moderados. En la actualidad se reporta un sismo moderado (de 2.5 en la escala Ritcher) cada 25 minutos.
La falla en la cual se detectó el epicentro del temblor correspondió a la zona de la Cordillera Septentrional, que va desde Montecristi pasando por Mao, Santiago y Moca. Toda esta región, hasta Samaná, corresponde a la falla geológica donde se han producido los grandes terremotos en República Dominicana. Además de ésta, en nuestro país se encuentra el sistema de fallas de Bonao, Hatillo, San José de Ocoa, San Juan y Neyba.
Acostumbrados al peligro anual de los huracanes y otros fenómenos climáticos, sabemos menos de lo que debiéramos sobre los movimientos telúricos. Por esa razón, [A]HORA, en el interés de contribuir con la edificación de sus lectores, ofrece en este número información importante acerca de los terremotos.
¿QUÉ ES UN TERREMOTO?
Un terremoto es provocado por un sacudimiento súbito sobre una falla. Las presiones en las capas más superficiales de la Tierra empujan los extremos de las fallas uno contra el otro. En la medida en que crecen las presiones y las rocas se movilizan liberan energía que, en forma de ondas, viaja por la corteza terrestre y provoca el temblor que sentimos. El terremoto propiamente dicho ocurre cuando las placas tectónicas se comprimen mutuamente.
Por lo general el hombre no provoca terremotos, pero se han documentado terremotos inducidos por la actividad humana en varios sitios en Estados Unidos, Japón y Canadá. La causa de estos fenómenos ha sido la inyección de desechos en pozos profundos, la explotación petrolera y el uso de pozos para agua potable. La mayoría de los temblores causados por el hombre fueron movimientos menores. No se ha establecido una relación entre otras actividades humanas y los terremotos; esto incluye las explosiones atómicas subterráneas.
Los terremotos son parte de procesos tectónicos globales que suelen escapar a la influencia o el control de los humanos. El punto de origen de un terremoto suele estar a decenas o centenares de millas bajo tierra. La escala y la fuerza necesarias para producir los terremotos se encuentran mucho más allá de nuestras vidas cotidianas.
El terremoto más devastador registrado hasta la fecha tuvo lugar en Chile el 22 de mayo de 1960. Tuvo una magnitud de 9.5 en la escala Richter. Por otra parte, la Antártida es el continente en que ocurren menos terremotos, aunque en cualquier lugar pueden ocurrir pequeños temblores.
A pesar de lo que muchos piensan, en el curso de los últimos treinta años se ha venido reduciendo el número de terremotos que ocurren en el ámbito global. Ahora bien, un incremento en la actividad sísmica no es indicador de que se acerca un gran terremoto, como tampoco lo indica la falta de actividad sísmica.
INTERIOR DE LA TIERRA
Hace unos cinco mil millones de años se formó la Tierra, a partir de la conglomeración masiva de material estelar. La energía calorífica liberada por este acontecimiento derritió todo el planeta y dio inicio a un proceso de enfriamiento que prosigue hasta hoy. Los materiales más densos, como el hierro, se fueron al centro de la Tierra, mientras que los más ligeros, como los silicatos, los compuestos de oxígeno y el agua se elevaron hacia la superficie. La Tierra quedó dividida así en cuatro grandes capas: el centro propiamente dicho, la capa externa del centro, el manto y la corteza.
El centro está compuesto casi totalmente de hierro y es tan caliente que su capa externa está derretida y está compuesta en una décima parte por sulfuros. La masa central del centro está sometida a tal presión que permanece sólida a pesar de las temperaturas que allí se generan.
La mayor parte de la masa de la Tierra está en el manto, compuesto por hierro, magnesio, aluminio, silicio y compuestos de oxígeno. Con una temperatura promedio de 1,000 grados centígrados, el manto es sólido, pero puede deformarse lentamente como si fuera un plástico. La corteza es mucho más delgada que cualquiera de las otras capas y está compuesta de densas mezclas minerales entre las que predomina el calcio, el sodio y los minerales del grupo del silicato de aluminio. En tanto es relativamente fría, la corteza es rocosa y quebradiza, por lo que puede fracturarse con los terremotos. La vida humana se desarrolla sobre la corteza terrestre.
Las placas tectónicas son las partes externas de la Tierra. Allí se producenlos movimientos tectónicos que provocan los terremotos y los volcanes.
LAS FALLAS
Por su parte, las fallas son fracturas o zonas de fracturas entre dos bloques de rocas. Las fallas permiten que los bloques se muevan. Estos movimientos ocurren rápidamente y son los que llamamos terremotos.
Las fallas varían en su extensión desde unos cuantos milímetros hasta cientos de kilómetros. La mayoría de la fallas producen desplazamientos sucesivos que se calculan en tiempo geológico. Cuando ocurre un terremoto la roca de una parte de la falla se desliza súbitamente hacia otra. La superficie de la falla puede ser horizontal o vertical o tener un ángulo arbitrario.
Para clasificar las fallas los científicos usan su ángulo respecto de la superficie y la dirección del deslizamiento a lo largo de la falla. Hay fallas que se mueven en la dirección del plano del ángulo; otras se mueven horizontalmente. Otras, sin embargo, tienen movimientos que constituyen una mezcla de ambos, son las fallas oblicuas.
LAS RÉPLICAS
Los terremotos se producen en la corteza o la parte superior del manto, es decir, desde la propia superficie terrestre hasta a 800 kilómetros de profundidad. Los terremotos ocurren en la fallas y cuando se producen la roca de una parte de la falla se desliza sobre otra, sea siguiendo un ángulo particular o sobre un eje horizontal. Las réplicas son pequeños temblores que ocurren después de haber ocurrido un terremoto más poderoso y cuya ocurrencia puede durar días o años hasta que la actividad sísmica vuelva a tornarse normal para el área en cuestión. Por lo tanto, la frecuencia de las réplicas disminuye con el paso del tiempo. Históricamente las réplicas son más frecuentes y probables en terremotos de poca profundidad los que tienen su punto de origen a 30 kilómetros de profundidad o menos que en terremotos de origen muy profundo.
Los terremotos son imprevisibles
No existe información de que alguien haya predicho alguna vez un terremoto. Tampoco se tiene una idea precisa de cómo podría lograrse tal predicción, pero a partir de la información científica se pueden calcular las probabilidades de que un sismo ocurra en el futuro.
Dada la presente imposibilidad de predecir los terremotos, los esfuerzos preventivos se concentran en mejorar las estructuras y los sistemas de mitigación de desastres, no en el diseño de programas de predicción.
Por otra parte, si bien se han observado cambios en el comportamiento de los animales previo a la ocurrencia de un fenómeno de este tipo, éstos no sirven para predecir un terremoto, toda vez que no se ha podido determinar una conexión directa entre el fenómeno y los cambios en mascotas o animales de granja.
Los movimientos telúricos son constantes sobre la corteza terrestre y se ha podido observar que por cada temblor de magnitud 6 se producen como promedio diez de magnitud 5, cien de magnitud 4 y un millar de temblores de magnitud 3 y así sucesivamente hasta llegar a los movimientos imperceptibles para el común de la gente. Esto podría interpretarse como que si ocurrieran muchos pequeños temblores se estaría supliendo la falta que, para el apropiado acomodamiento de las placas tectónicas, hace un gran movimiento telúrico. Pero no es así. La fuerza liberada por un temblor de magnitud 6 esto es, ligeramente inferior al ocurrido en Puerto Plata es mil veces superior a la de un fenómeno de magnitud 4 o, aún más, 32,000 veces mayor que la liberada por uno de magnitud 3.
Se ha intentado la técnica de inyectar fluidos lubricantes en las fallas tectónicas con el propósito de retrasar o impedir la ocurrencia de un temblor, pero el resultado ha sido el contrario: cuando se ha inyectado material de este tipo la tierra ha reaccionado temblando más rápidamente que si no se hubiera realizado la acción retardante.
Igualmente, se ha hablado de un clima propicio para la ocurrencia de temblores. En el siglo IV antes de nuestra era Aristóteles propuso que los terremotos eran causados por vientos atrapados en cavernas subterráneas. Se pensaba que los pequeños temblores eran causados por corrientes de aire que movían los techos de las cuevas, mientras que los grandes terremotos eran causados por el aire que golpeaba con fuerza los techos de las cavernas en su intento por salir a la superficie. Esta teoría condujo a pensar que existía un clima para los terremotos, que debía ser cálido y tranquilo en el momento previo a que se produjera un terremoto. Una teoría más reciente establecía que los temblores de tierra ocurrían con cielos nublados y que eran precedidos por vientos fuertes y meteoritos.
En realidad, no existe relación alguna entre los terremotos y el clima. Los terremotos tienen su origen en procesos geológicos que se producen bajo la superficie de la tierra y pueden ocurrir con cualquier clima y en cualquier época del año, de día o de noche. El viento, la lluvia, la temperatura y la presión atmosférica sólo afectan la superficie y los estratos más superficiales de la Tierra, mientras que los terremotos se originan en profundidades que escapan el alcance de las fuerzas del clima y, de la misma manera, las fuerzas que dan origen a los movimientos telúricos son mucho más poderosas que las que dan origen a las variaciones climáticas.
De la misma manera, los terremotos no pueden cambiar las condiciones climáticas, pero sí la elevación de la tierra y su forma, su morfología. Los movimientos telúricos pueden provocar cambios en la disposición geográfica de áreas completas, de manera que lugares que se encontraban a cierta distancia de cuerpos de agua se conviertan en áreas costeras, o viceversa. De tal manera se necesitan millones de años para que los movimientos telúricos provoquen un cambio en las condiciones climáticas.
Empero, se han podido observar ciertas correlaciones pequeñas pero de cierta significación entre los movimientos de las mareas, producidos por la influencia gravitacional de la luna, y la frecuencia de ocurrencia de las réplicas telúricas en algunas regiones volcánicas.
Los terremotos no son responsables de la formación de volcanes; pueden ocurrir en un área antes, durante o después de una erupción volcánica, pero son provocados por fuerzas activas relacionadas con la erupción.
Tsunamis y maremotos
Un tsunami es una gran ola provocada por un súbito movimiento vertical de una gran área en el lecho marino durante un maremoto. En mar abierto, un tsunami no suele pasar de un pie de altura, pero pueden viajar hasta cien kilómetros. La distancia que viaja un tsunami disminuye en la medida en que disminuye la profundidad del agua que lo porta. En el Océano Pacífico central, donde la profundidad del agua es de cerca de cinco kilómetros, las velocidades de un tsunami pueden llegar a casi 700 kilómetros por hora. Cuando un tsunami se acerca a la costa aumenta la altura de la ola, que puede alcanzar los 80 pies.