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Wilfredo Mora
La violencia política como industria
La relación del Estado con la violencia es muy específica, por ser instaurada como el medio legítimo de éste para poder perdurar. A todas las demás asociaciones, como los partidos políticos, los sindicatos, se les concede también derecho a la violencia legítima en la medida en que el Estado lo permite. La violencia parece ser el medio normal, legítimo y enteramente natural del Estado, en cuanto tiene que ver con el affaire político de participar en el poder, de aspirar dentro de los distintos grupos de hombres que componen la sociedad. Quien hace política aspira al poder y a las prerrogativas que el poder confiere.
La violencia política en la sociedad humana se ha convertido en un peligro presente, que se repite y vuelve a repetirse en intervalos cada vez más irracionales. Movimiento irracional, energía negativa, y como consecuencia de ella la violencia es una cicatriz y un eco del poder, y una fuerza ineluctable. También es una industria que para los partidos políticos de derecha está centrada únicamente en el dinero; ha dejado atrás las ideologías y los ideales del pueblo.
Cuando se habla de violencia en los intervalos electorales de un país, particularmente el nuestro, se piensa, en primer lugar, en la propaganda política. Dicha propaganda política llega a ser un instrumento de manipulación de masas, una palanca que se constituye en poder, que es la influencia para que los líderes políticos puedan obtener sus metas, y que casi siempre, de lograrse, se alcanza produciendo violencia: la propaganda política reconoce la existencia de esta violencia para librar al mundo de la violencia, por el permanente juego de intereses de los contendores políticos.
Sólo la propaganda falsa es la que se convierte en violencia, al oír gritar los grandes principios políticos: libertad, progreso, triunfo a los candidatos; se contradice a sí misma y manipula a los hombres: la propaganda altera la verdad. Pero la propaganda utiliza la verdad incluso para conquistar seguidores; hace suponer que el principio según el cual la política debe nacer de una comprensión común no es más que una forma de hablar.
La violencia política que se desprende de la propaganda política es antihumana, porque muchas veces se enmascara bajo formas legales y acuerdos de aposento.
La violencia política genera confusión, sobreabundancia de las amenazas, hace surgir la venganza, lo que es recomendado por otro merece desconfianza, los intereses a quienes se dirige defrauda los intereses respecto a la verdad de acción. En fin, la política pretende cambiar al mundo.
El poder ha convertido la violencia política en un sistema, en el que las actividades políticas multiplican la violencia en los mercados, en las oficinas gubernamentales, en las calles, pero es la forma en que las masas viven sometidas.
En el mundo capitalista los líderes políticos son los amos de la producción económica; los hombres del pueblo están imposibilitados económicamente, y no tienen más camino que seguir a los políticos.
La violencia política resurge en cada situación de interés: ocurrió en las primarias del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), y está ocurriendo en la repostulación presidencial, atestiguando de una teoría que tiene ver con la triple relación de candidatos-oponentes-votantes.
Los amos del lenguaje son los responsables de la violencia. El oponente es desacreditado a lo interior para que perezca como candidato. El votante es tratado como un testigo imaginario, que siente la opresión de no poder cambiar el estado de cosas que se impone desde arriba.
El mundo político está dividido en un ámbito de poder y en otro profano. El precio del progreso de la civilización nos regresa a la violencia política. Los interesados en los debates de la violencia han olvidado que el mundo entero está obligado a filtrarse por la industria cultural y el cambio social. De los vicios con que se ejercita la política enfrentamientos, riñas, tiroteos y bloqueo de la propaganda del adversario, la violencia política es como una lepra que arrastra consigo a los desprotegidos de la sociedad.
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