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En torno a la obediencia militar y la desesperanza
Por Jacinto Gimbernard Pellerano.
Si la intención es que se piense que los militares hacen lo que les viene en ganas, se trata de una intención errada. Sólo alguien tan monumentalmente torpe que debería estar recluido en un instituto para retrasados mentales (si tal cosa existiera aquí) podría, en sus desvaríos, tragarse tal monserga.
Los militares, desde el raso alistado hasta el general con más ramos dorados en su quepis, obedecen órdenes. ¿Quién es responsable de sus tropelías, sus atropellos, malevolencias y crímenes? La superioridad. Esa superioridad a la cual los militares y grupos equivalentes se refieren con sagradas entonaciones de acatamiento, sumisión y pleitesía.
Hace escasos días una persona, que no tiene sentido mencionar por su nombre, me confesaba que tiene más de treinta años de cercanía con militares y policías me cachondeo con la diferencia y que nunca, a resultado de sus íntimas conversaciones con los mencionados uniformados, ha sabido de que cometan excesos, a menos que sea en cumplimiento de órdenes, exceptuando limitadísimos casos de desborde pasional que incluyen suicidio o respuesta alcohólica a una provocación personal.
¿Qué militar va a atreverse a arrancar propaganda de partidos políticos opositores al gobierno, o contrarios a la repostulación de un candidato perteneciente a una institución política fortísima y carismática, como el señor Mejía, que según entiendo es técnico agrónomo... y no importa, porque cada vez los títulos académicos valen menos y presentan muy menguada significación.
Finalmente no tiene la menor importancia si Joaquín Balaguer era doctor o licenciado. Balaguer era DOCTO. Más que cualquiera. Así que no se le quita nada al agrónomo y señor presidente Hipólito Mejía, apuntando que no ostenta el título de ingeniero. Son las pequeñeces absurdas de la oposición.
Lo malo anda por otro lado. Se trata de unas permisividades que, por mejor intención que uno tenga, no puede calificar de inocentes.
Como Bienvenido Álvarez Vega (HOY, 15 de septiembre, 03, pág. 16) pensé que la trayectoria de Hipólito Mejía como hombre de la tierra, orgulloso de su vida campesina y sus criterios guraberos, nos garantizarían los enfoques limpios de la vida rural y que, finalizados los catorce años del Partido Revolucionario Dominicano alejado del poder desde el Olimpo del Palacio Nacional, la historia le había dado a esa organización (el PRD) y a sus hombres la oportunidad de reivindicarse de los grandes errores entre 1978 y 1986, pero tres años después, agotado el 75% del período para el cual fue electo, hay que convenir que aquella presunción fue equivocada.
Tal vez, aromatizado de Rousseau y su Discurso sobre los orígenes y fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1758), que presenta al hombre de la cultura como el producto de las sucesivas impurezas que se han adherido al hombre natural, quise creer que un hombre de la tierra, poco dado a formulismos de lo que llamamos civilización, no sólo iba a llamar pan al pan y vino al vino, sino que obraría en consecuencia, y tendríamos un mandatario despojado de convencionalismos y mentirillas que anticipan las monumentales mentiras que inevitablemente surgen de las casas de Gobierno.
Habríamos de soportar un lenguaje crudo en su mandato, pero nos beneficiaríamos de su honesto accionar como hombre de bien.
No ha sido así.
Parece que la maldición del poder es inmensamente mayor de lo que podemos soñar quienes estamos por fortuna lejos de él.
Los principios se esfuman. Los criterios de toda una vida se disuelven en el aire. Entonces ya no se miente o se reniega de la vieja palabra empeñada porque se trata de verdades nuevas, recién nacidas, bañadas en oro, o en el pavón que se les da a las armas de fuego, o en el niquelado grueso que cubre al metal susceptible a la corrosión.
¿Qué militar va a tener el peligroso atrevimiento de proteger los camiones que extraen arena de las orillas del río Haina? Son más de quince los costosos camiones que diariamente son vistos extrayendo materiales de las riberas cercanas a las comunidades de Hato Nuevo, Barrio Los Coquitos y paraje La Guáyiga. Un soldado entrevistado por periodistas declaró que: son tantos los camiones que vienen aquí que ya perdí la cuenta, pero que nada podía porque en eso está metido un coronel y no quiero que me partan (HOY, 14 de septiembre 2003, pág. 1).
Pero ¿puede un coronel actuar por su cuenta, sin apoyo de un general, y el general sin apoyo superior?
Hay que convenir.
Nuestros presidentes de la República, tras Trujillo, han disfrutado y disfrutan de aquel poder sin límites. La diferencia está en que el terrible generalísimo era claramente responsable de cuanto ocurría.
Estos se refocilan en un poder formidable, pero no asumen sus responsabilidades dictatoriales.
Balaguer hablaba de incontrolables y tal vez, durante un tiempo, tuvo razón. Después no.
Pero ¿y éstos? Son la gente del desencanto y la desesperanza. |
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