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Guillermo Martinez
La nación suramericana que propone Lula
Para poder entender la problemática latinoamericana es importante comenzar con una base de datos. En este caso la información viene de Brasilia en boca de José Antonio Ocampo, secretario ejecutivo de la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL).
Según él, la economía de América Latina está estancada desde 1997. Desde esa fecha el número de pobres en la región no baja. Hay 220 millones de personas, el 43.4% de la población latinoamericana, que vive con menos de $2 dólares al día. Y entre ellos hay 95 millones que son indigentes, que por definición de la CEPAL son aquellos que viven con menos de $1 al día.
En números redondos, una de casi cinco personas en América Latina gana y vive con menos de $30 al mes. Ocampo dijo que las cifras provenían del anuario de la CEPAL que será publicado antes de fin de año.
Las cifras explican el auge del populismo en varios países del continente y dan pie a las declaraciones del Presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, en Perú y en Venezuela la semana pasada.
En una reunión con el presidente peruano Alejandro Toledo, Lula repitió su oposición a que América Latina se integre al Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Agregó que la región debe crear una nación suramericana. O sea, que los países de América del Sur se integren en una nación, en forma semejante a lo que han hecho los países europeos. Esto les permitirá negociar en forma más justa y equitativa acuerdos comerciales con Estados Unidos, Europa y otros países desarrollados.
No hay ni que decir que Lula busca que Brasil se convierta en el eje y fuerza motriz de ese nuevo país y que él se convertiría en su máximo propulsor. En Perú, Lula buscaba tratados comerciales con esa nación andina y acercarla, como primer paso, al MERCOSUR, tratado que agrupa a varias de las más importantes economías de América del Sur. Pero él quiere ir mucho más lejos.
Eso, dijo Lula, harían más parejas las negociaciones con Estados Unidos y hasta con la Organización Mundial de Comercio. Lula no quiere que los países desarrollados sigan promulgando e imponiendo un sistema económico neoliberal en el cual se beneficien los países ricos en base al trabajo de los pobres.
Su posición, similar a la que promulga con más vehemencia pero menos credibilidad el Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, gana adeptos en la región. Para ellos, el neoliberalismo salvaje ha fracasado, tanto o más estrepitosamente que el comunismo lo hiciera hace poco menos de década y media.
Ellos tratan de ocultar que Estados Unidos, Europa, y otros países industrializados no tienen la culpa de todos los problemas económicos en la región. Es posible que se les pueda achacar algunos de esos problemas a la tozudez de funcionarios de organizaciones multinacionales que insisten en resolver los problemas económicos con austeridades que sufren en proporción desmedida los pobres.
Es fácil culpar a los extranjeros de todos los problemas en la región. Más difícil es reconocer que muchos de los mismos son de fabricación casera y que muchos de los fracasos comienzan con funcionarios corruptos que roban a mansalva. El neoliberalismo no es perfecto. Pero tiene muchas virtudes y menos defectos que regímenes que promulgan una anacrónica lucha de clases. El libre comercio ha beneficiado a México, Canadá y Estados Unidos. Chile pronto se unirá al grupo y este año se discute si entran al mismo los países de América Central y República Dominicana.
A Lula, y a Brasil, hay que darles la importancia que tienen y se merece el mayor país latino de la región. Pero Lula no debe promulgar un polo de desarrollo diferente y aparte del de otros países de la región. Eso perjudica a todos.
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