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Rafael Peralta Romero
Entre tigres y leones
Hipólito Mejía ha nadado siempre contra la corriente. Nació en una comunidad atrasada socialmente, en el seno de una familia de modestos ingresos. Con frecuencia, al hablar en público, refiere que montaba un burro para desplazarse hacia la escuela, por los caminos sinuosos del Gurabo de entonces.
Sobreponerse a las limitaciones y estrecheces, convertirse en uno de los profesionales más notorios de su área, trabajar duramente para formar una familia ejemplar, desarrollar un proyecto empresarial exitoso, al tiempo de hacerse de una carrera política que culmina con la Presidencia, han conllevado para Mejía bracear mucho en río revuelto.
Su ejercicio presidencial está signado también de sobrevivencias. Sobre todo en este último tramo, cuando se detecta el hoyo de Baninter, que impuso un faltante de 55 mil millones de pesos en la economía nacional. Antes se sintieron las fuertes ráfagas de la crisis mundial originada por los sucesos del 11 de septiembre en los Estados Unidos. Para remate, debió asumir la responsabilidad de unos Juegos Panamericanos que significaron extraer miles de millones del erario.
El Presidente Mejía cree en el trabajo como la mejor vía para superar el atraso y resolver problemas. Disemina en el país cientos de obras prioritarias para las comunidades, aunque no las vean los doctos analistas de la televisión. Asume con espíritu de estadista unos Juegos que muchos rechazaban, pero que una vez iniciados todos disfrutan y elogian.
El fervor nacionalista provocado por las competencias resultó una victoria para la nación. El Presidente fue un ganador, como lo es por haber aportado trescientos mil soluciones habitacionales (construcciones y reparaciones), mientras el gobierno de Leonel Fernández en cuatro años sólo alcanzó seis mil. Pero Mejía aún avanza a contracorriente.
Durante tres años el Gobierno sirve sin tropiezos el desayuno escolar, propicia el crecimiento del turismo y una revolución agrícola, no obstante los altos precios internacionales de los carburantes y de la inestabilidad financiera provocada por la desordenada apetencia de poderosos profesantes del egoísmo.
En medio de circunstancias tan difíciles se precisa recurrir al grimoso Fondo Monetario Internacional, una desgracia inevitable. En este momento Mejía cruza la parte del río donde la corriente baja con mayor fuerza.
Sólo a Hipólito Mejía ha tocado soportar la oposición de cinco dirigentes de su mismo partido, incluyendo a dos altos miembros de su gobierno, con actitudes y posiciones más ríspidas que la de los naturales adversarios políticos. Parece que el Presidente sorteará esta tempestad con la tranquilidad con que enfrentó las críticas contra los Panamericanos.
Mejía asegura a sus partidarios que al candidato presidencial del Partido de la Liberación Dominicana le romperemos el pichirrí, y pregunta qué hizo Leonel Fernández en Miches, por ejemplo, para significar que éste olvidó a los pueblos del país. Repite que él éxito lo da el trabajo y que las comunidades son testigos de su trabajo.
Los escollos se lo colocan por el momento sus compañeros de partido, pero el Presidente sigue en su nado río arriba y cuenta con que ninguno de los aspirantes presidenciales del PRD reúne el diez por ciento de aceptación. Del licenciado Hatuey De Camps considera que no pasa del dos por ciento.
Las minorías intentan imponerse en el PRD. El licenciado Flores Estrella, el ingeniero Ramón Alburquerque y el doctor José Abinader hablan como si de verdad creyeran que pueden mover algunas personas dentro del partido blanco. Ellos exigen un procedimiento no estatuido con el fin de cerrar el paso a Hipólito Mejía.
La doctora Milagros Ortiz y el doctor Rafael Suberví son los precandidatos que cuentan con alguna representación, pero demuestran no tener fe en sus propios proyectos cuando no renuncian a los puestos que ocupan en un gobierno al que le hacen oposición. Ellos quieren un plebiscito que impida a Hipólito Mejía la repostulación.
Hatuey De Camps, quien debería personificar la autoridad del partido, maneja la organización a su modo. Se constituye en juez y parte y juega su orgullo personal a que Hipólito Mejía no será candidato del PRD. Mientras el doctor Enmanuel Esquea, un Quijote sin mancha, no advierte que un futuro promisorio le aguarda y pierde de vista que el enemigo del PRD no es Hipólito Mejía.
Examinado este cuadro se entiende mejor al Presidente Mejía cuando dice: He nadado contra la corriente, he vivido en la selva y no me han comido los tigres ni los leones.
Es, sin duda, un hombre optimista y de buen ánimo.
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