8 de Septiembre de 2003 • Edición número 1,322
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Rafael Peralta Romero

La filípica de Gurabo



A la misma hora que el párroco de Gurabo leía la filípica que llevó escrita a la misa del domingo 24, en presencia del Presidente Hipólito Mejía, en el periódico Hoy, en Santo Domingo, se colocaba en página el artículo “Gurabo en el poder”, escrito por la brillante periodista Angela Peña para resaltar el interés puesto por el jefe del Estado en el desarrollo de su comunidad natal.

El licenciado Milton Amparo consiguió las primeras páginas de los diarios del lunes 25 con las “consideraciones” que externó con la presunta intención de “ayudar a pensar mejor nuestra democracia y su gestión gubernamental”, pero que en realidad fueron dardos de puro contenido político, que en nada diferencian al autor de gallaretas partidarias.

Milton Amparo estudió ciencias políticas, aunque se dedica al servicio religioso. La sustancia de su prédica no está en el Evangelio (él lo escribe con minúscula), por eso otras orientaciones revolotean en su mente al momento de expresarse. Tituló “Homilía Fiesta de San Bartolomé” la pieza con la que cuestionó frontalmente al Presidente Mejía.

La homilía es un discurso que se desprende del texto bíblico leído en la liturgia de la palabra. La arenga del licenciado Amparo no se refirió al Evangelio del día, además de presentar toda la apariencia de haber sido escrita mucho antes de la fecha. Fue un asunto muy premeditado.

Mientras tanto, el artículo de Angela Peña, con marcada intención crítica, afirma que “Ahora el poder está en Gurabo, una comunidad que se aprecia boyante, floreciente”. La experimentada comunicadora refirió además una larga lista de compueblanos del Presidente que desempeñan funciones en el Gobierno, “y resulta que en la administración pública está el gurabero que manda madre”.

La búsqueda de notoriedad a destiempo ha provocado situaciones fatales en muchas partes del mundo. Se sabe de los crímenes cometidos por individuos que desean aparecer en los medios de comunicación. Con un solo discurso el párroco de Gurabo consiguió romper su anonimato y en lo adelante será una estrella de los medios de comunicación. Se ha abierto las puertas para entrar al ruedo político.

El tiempo que lleva en su profesión no ha permitido al licenciado Amparo desfogarse, emplear sus energías políticas, por eso su retórica resulta desmesurada. En la abrupta exposición del domingo 24 mencionó al Presidente Mejía entre las “autoridades civiles y militares que hoy nos visitan”. En ningún caso citó su nombre ni los apelativos con los que suele dirigirse a la persona que desempeña la más alta posición pública. Ostensible descortesía.

Indicador de que el párroco guarda una inquina secreta hacia el Presidente Mejía es el hecho de que en el momento de la misa en que se exhorta a los feligreses a darse fraternalmente la paz, el celebrante no se dirigió al Presidente para hacerlo, como ocurre en toda celebración eucarística. No es esa una actitud sacerdotal.

En cada ocasión en que el Presidente Mejía inaugura obras de las que construye el Gobierno para las comunidades del país, un párroco bendice las mismas. En cada caso, los presbíteros agregan a la bendición una lista de necesidades de la localidad. Y comprometen públicamente al gobernante en la respuesta positiva a las solicitudes. Pero siempre en el marco de la prudencia, la madurez y la humildad evangélica.

Amparo no habló en nombre de Gurabo, no reclamó nada para esa comunidad a la que el Presiente Mejía ha dignificado. El párroco actuó como vocero de la comunidad nacional, asegurando que una de las áreas por excelencia para mostrar el amor de Dios es el “terreno de la política entendida como el espacio de búsqueda de un orden global de convivencia…”.

No es la primera vez que un sacerdote esgrime cuestionamientos a un gobernante en su propia cara. Cuando pronunció el célebre Sermón de Adviento, ante los colonizadores de nuestra isla en 1511, Fray Antón de Montesinos humanizaba la voz de Dios, él era el Evangelio vivo. Cuando monseñor Fernando Meriño recriminó a Buenaventura Báez en el momento que se juramentaba por tercera vez (1865) en la presidencia, el arzobispo –presidente de la Asamblea Nacional– representaba la conciencia nacional.

Pero el de Amparo Tapia dista mucho de estos casos. Este guerrillero del púlpito dispara sus saetas verbales con un sesgo de intención partidaria. Su actitud no es como la de monseñor Panal cuando pidió a Trujillo arrodillarse como todos los feligreses. El padre Amparo se ha protegido en la estola clerical para presentar “consideraciones” apartadas de las orientaciones del Evangelio.

Si quería notoriedad, notoriedad ya tiene. Veremos si el cura de Gurabo no hace como el cura de Mao...



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