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La falta de originalidad, el tiro de gracia al PRSC
Eduardo Estrella ha salido a la calle como el candidato reformista, pero no tiene nada que decir. Nada ha dicho ni hecho que le permita ganar el interés de la opinión pública, como no sea recurrir a los asuntos que Balaguer agotó, como si en una suerte de acción mágica el muerto hubiera reencarnado.
Por Miguel Febles
Durante décadas el Partido Reformista respondió a las directrices de un hombre. Ahora debe responder a las de muchos dirigentes, hombres y mujeres que no acaban de encontrar la tecla que les permita conectar con la opinión pública y con las masas. La razón es sencilla: son técnicos que durante los años de poder a la sombra del jefe político hicieron relaciones de negocio, no vínculos con las masas empobrecidas que fueron el activo principal de Joaquín Balaguer.
La primera elección de un candidato a la Presidencia sin la presencia de Balaguer ha dejado en claro que no hay nadie en el Partido Reformista con el carisma que se necesita para imponerse sin ninguna duda en la lucha interna, y sobre la base de ese apoyo arrollador salir a ganarse el favor de la opinión pública. La elección del candidato fue celebrada el 30 de marzo y allí se vio que la tradición de Peynado carecía de arrastre para fundar un nuevo liderazgo capaz de garantizar la unidad y la fortaleza del partido de la bandera roja y el gallo colorao y que los otros aspirantes están, todos juntos, por debajo de esa línea del 70 por ciento que se necesita para imponerse.
DOS EJEMPLOS
Hay dos precedentes recientes, uno en el PLD, que con la salida de Juan Bosch del escenario político siguió adelante sobre la base de una dirección colegiada y el ascendente de Leonel Fernández en la base de la organización y en la población en sentido general más allá de toda duda; el otro precedente se produjo en el PRD tras la muerte de José Francisco Peña Gómez y la ocasión de escoger un candidato a la Presidencia, circunstancia que proyectó a Hipólito Mejía más allá de toda duda por encima de varios otros aspirantes. En el caso de Leonel Fernández, el inesperado candidato salió a los medios de comunicación con una cara fresca y unas ideas modernas que lo hicieron atractivo en poco tiempo frente al cuadro de lucha antigua e ideas decadentes que representaban Peña Gómez y Balaguer; Hipólito Mejía, en cambio, se ganó a los medios de comunicación con salidas folclóricas e inesperadas y con la ausencia de ideas, que resultó parte de su atractivo al contrastar con cuatro años de una retórica moderna que al parecer dejaba a la nación en el mismo lugar en que había estado en los últimos diez años.
A estos dos precedentes de relevo del liderazgo le siguió un tercer caso que conecta con el escenario sacado a la luz por los reformistas. Se trata de la elección del candidato peledeísta a la Presidencia en el año 2000, de la que salió maltrecha la imagen de la organización política y ninguno de los dos aspirantes mostró el fuerte contacto con las masas que hicieran atractiva, en términos electorales, una victoria. Los cuatro años de gobierno habían hecho mella en la ingenuidad y las garras de las fieras políticas fueron demasiado evidentes. En el caso reformista a nadie se le presume inocencia. Es lo contrario. Tienen un fuerte tufo a poder sórdido, y los dos únicos políticos profesionales que se presentaron a la candidatura, Jacinto Peynado y Quique Antún, no fueron capaces de imponerse a la corriente emergente de Eduardo Estrella, que de acuerdo con el sentido común, es el mascarón tras el que se esconde el así llamado grupo de la casa y con ellos Guaroa Liranzo, un hombre al que se le teme por sus recursos y sus artes, y bien se sabe que al que se le teme no se le ama.
Estrella, sin embargo, tampoco mostró un empuje como el que hubiera sido necesario para imponerle genio y figura nuevos a un partido al que tanta falta le hace. Estrella ha salido a la calle como el candidato reformista, pero no tiene nada que decir. Nada ha dicho ni hecho que le permita ganar el interés de la opinión pública, como no sea recurrir a los asuntos que Balaguer agotó, como si en una suerte de acción mágica el muerto hubiera reencarnado.
La brega con muertos es cosa de minorías y suele manejarse bajo ciertos velos de privacidad. Sacar un difunto a la calle a hacer campaña no le ha servido a ninguno de los que han echado mano de ese recurso en el PRD, en el PRSC ni en el PLD.
LA CABEZA EN EL TINACO
Si los dirigentes políticos sacaran la cabeza del tinaco en el que la tienen metida y miraran a los hechos por un momento, tal vez se darían cuenta de que a Balaguer lo veneraban ellos como enciclopedia de la política vernácula. Las masas que lo habían seguido hace años que se dieron cuenta de que un hombre decadente no podía garantizarles la solución de sus urgencias rodeado, como lo estaba, por gente que tenía sus propios negocios muy alejados, por cierto, del negocio que había sido la vida del viejo caudillo: la vida pública por sí y para sí.
Pero también se hubieran enterado de que Peña Gómez no representaba nada, como no fuera un pesado vínculo con un pasado de confrontación, trincheras y resentimientos. La decadencia de Balaguer la demuestran las estadísticas electorales, que desde 1990 aportan números decrecientes en tres elecciones, excepto la de 1994, que fue un certamen viciado. La de Peña Gómez la demuestra que dos años después de su muerte fue sustituido en la atención de las masas perredeístas por un líder que no tiene vínculos ideológicos, morales ni de estilo con las epopeyas del PRD, que no es seguro que sepa de dónde salió la Internacional Socialista, y que posiblemente se encuentra más cerca de los conservadores y reaccionarios de cualquier parte del mundo que de los liberales de Estados Unidos y de Europa.
AMOR IMPOSIBLE
Si se acepta que la clase media dominicana tuvo su época de florecimiento en el período 1963-75, hay que convenir que su desarrollo está definitivamente ligado a los gobiernos de Balaguer. Pero Balaguer representó durante el referido período apenas la seguridad material que necesitan las clases emergentes. La austeridad que se le atribuía podía ser aceptada como un vicio personal, pero venía a ser una camisa de fuerza para los sectores emergentes, necesitados de aventuras periódicas, del vértigo de la vida loca, la posesión de bienes que puedan ser señalados como signo y señal de la realización personal, y la satisfacción por el escándalo.
Los grupos que debieron quedarse a un lado cuando los sectores emergentes se cansaron de Balaguer y le pusieron fin al período de gobierno que empezó en 1966 han encontrado coyunturas periódicas para actuar, a veces con una preponderancia tal que recuerdan el efecto de retranca que tuvo para el desarrollo del país el sector conservador o hatero en el siglo XIX.
La única retranca valiosa que pudieron haber aportado esos sectores hubiera sido la moral, pero esa, si existió, no salió del despacho de Balaguer y como consecuencia la falta de frenos morales y el amplio caudal de viejas mañas han dejado al país con tres instrumentos políticos predominantes y ni una sola ideología, con tres grandes partidos y ni una sola esperanza, es decir, se trata de una zafra sin planes y sin ingenios.
El PRSC se dejó manipular por el PPH, que es una entidad con fines de lucro. Lucro político y lucro personal, ideado por un sector en el PRD que no alcanza a ver su preeminencia en el cuerpo social dominicano y en la organización política que llevó a Hipólito Mejía a la Presidencia de la República, depende de su vinculación con las bases, en ningún caso de la división, la aplicación de los viejos procedimientos perredeístas ni de la repetición de las intrigas que se le atribuyeron a los peledeístas en sus cuatro años.
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