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Rosa Montero
Las 235 cartas de un hombre tenaz
Muy en el fondo de nosotros, todos somos iguales. Esto es lo que nos permite emocionarnos hasta las lágrimas, por ejemplo, con una novela escrita por un senegalés de origen rural, porque por debajo del exotismo de la envoltura late el mismo corazón, hieren los mismos dolores. Pero la superficie, ah, eso es otra cosa. En la superficie, los seres humanos somos de una diversidad maravillosa. Cada persona es distinta de su vecino y se construye una vida diferente. Cada cerebro contiene una visión propia de la realidad. Traducimos el mundo a nuestra lengua interior, que es una lengua en cierto sentido única.
Las cartas que recibo, tanto en la página web como en la redacción de El País (el snail mail, o correo caracol, como han bautizado los anglosajones, siempre tan ágiles en los inventos lingüísticos, a las cartas tradicionales de papel, relativamente lentas en comparación con las electrónicas), son un muestrario de esa fantástica diversidad humana. Hay gente increíble de todo tipo, e incluso se les puede agrupar por afinidades. Por ejemplo, hay personas trágicamente heridas por la vida (se han quedado paralíticos, han perdido un hijo) que, sin embargo, intentan entender y asumir su desgracia, y que escriben cartas maravillosas, tan llenas de sabiduría esencial que nunca podré agradecérselas bastante.
Pero hoy quería hablar de otro grupo estupendo, que son los tenaces. Un querido amigo epistolar, Agustín Olivera, me acaba de contar que ha enviado más de 3.000 cartas a El País y que le han publicado nada menos que 235, lo cual debe de ser un récord total en los anales de este periódico y casi incluso en los de cualquier diario. Agustín es el lector ideal, el lector atento, interactivo, que contesta, que propone, que comenta e informa. De hecho, las 235 cartas de Agustín suponen una relación de colaboración con este periódico verdaderamente monumental. Estoy segura de que muchos articulistas de El País, nombres conocidos que uno enseguida asocia con el diario, han publicado un número menor de piezas. Vamos, que Agustín Olivera debería ser nombrado colaborador honorífico.
Y ahora imaginen la increíble tenacidad que eso supone. Redactar más de 3.000 cartas. Introducirlas en sus sobres. Escribir los sobres, ponerles los sellos, echar las cartas al correo, aun a sabiendas de que la mayoría se perderán en la nada. Perseverancia y esperanza, esa es la combinación de los tenaces; la esperanza de que, pese a todo, alguna vez lo justo se abrirá camino. Porque los tenaces se mueven, me parece, por un sentido innato de justicia. Por ejemplo, otro gran tenaz con el que también me carteaba era Alfonso Peña, un anciano brioso y encantador que falleció hace un año. El caballo de batalla de Alfonso era la gran injusticia que se cometía con las viudas, que sólo recibían un porcentaje exiguo de la pensión del marido, en lugar de seguir percibiendo la cantidad total. Alfonso peleó sin éxito por esta justa reivindicación durante muchos años. Escribió a políticos, al Rey, al Defensor del Pueblo; yo le conocí porque también a mí me mandó una carta con su más que sensata y razonable denuncia.
Y hay otros casos. Un economista que lleva muchos años intentando explicar a todo el mundo, con unos informes impecablemente confeccionados, que determinadas grandes compañías nos están robando a todos los consumidores. Céntimos de aquí y de allá, pero, al final, una cantidad considerable (no tengo conocimiento financiero suficiente para seguir la complejidad de sus informes, pero desde luego puede estar en lo cierto). Los tenaces, en suma, son aquellos individuos fabulosos que ven algo que no les gusta, algo que no funciona en la sociedad, algo que no les parece equitativo, y dedican una asombrosa cantidad de tiempo, energías y a menudo dinero, para intentar cambiarlo. Y su manera de luchar es individual y civilista. Es decir, no son misioneros, no son trabajadores de campo, no son asistentes sociales ni miembros de oenegés. Los tenaces confían en la bondad final de las instituciones y creen en la eficacia de la palabra. Ellos repiten sus verdades, escriben cartas, a veces incluso presentan denuncias judiciales, sin desalentarse por el poco resultado, por las dificultades y el silencio. Son incombustibles porque son grandes optimistas. Gracias a ellos, entre otras cosas, se va moviendo el mundo.
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