18 de Agosto de 2003 • Edición número 1,319
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TEMPORADA 2003 DE MÚSICA DE CÁMARA
Impresión, violín y piano

El concierto de Darwin Aquino y María de Fátima Geraldes




Por Antonio Gómez Sotolongo
contrabajo12@hotmail.com


La Temporada de Música de Cámara es un evento que cada año se realiza en la Zona Colonial de Santo Domingo y que está dedicado a la presentación de agrupaciones musicales de pequeño formato. Solistas, dúos, tríos, cuartetos, etc. que interpretan el acervo musical internacional para todo tipo de público. La entrada, al módico precio de cien pesos dominicanos, pone al alcance de amplias mayorías un espectáculo de gran calidad en el que se presentan los más destacados artistas concertantes del país.

El pasado 31 de julio, a las 8:30 de la noche, en el salón de actos del Patronato de la Ciudad Colonial de Santo Domingo tuvo lugar el tercer concierto de la Temporada 2003 de Música de Cámara. En esta entrega la pianista María de Fátima Geraldes y el violinista Darwin Aquino presentaron un programa que estuvo integrado, en la primera parte, por las obras Sonatina ‘Burocrática’, Gnossienne Nº. 3 y Preludio de la Puerta Heroica del Cielo, de Eric Satie; y Poème Op. 25, para violín y orquesta, de Ernest Chausson (reducción para piano); y en la segunda, por Reflejos en el agua, de la Suite Imágenes, Libro I, de Claude Debussy, y la Sonata para violín y piano, en La Mayor, de César Frank.
Los artistas, imbuidos sin dudas por el carácter renovador de las obras y la falta de notas en el programa de mano, rompieron el ritual y de manera amena y directa hicieron algunos comentarios sobre las obras y los autores.

Las piezas con las que María de Fátima dio inicio al concierto, y que interpretó sin interrupción, alcanzaron –al igual que su versión de ‘Reflejos’ en la segunda parte– el encanto visual que hay contenido en ellas. El humor que encierra la Sonatina, las evocaciones míticas de Gnossienne, o el surrealismo del Preludio brotaron del piano como genio. La sátira, la broma, el sarcasmo, abandonaban por momentos la tan abstracta forma de los sonidos para representársenos en figuraciones. Por supuesto, ateniéndonos a los códigos que rigieron tales categorías en los finales del siglo XIX y los primeros años del XX. Esos temas contrastantes en tempos y colores, esas melodías despampanantes, en apariencia inacabadas, al desgaire, como carcajadas a veces, ese sentido de la impresión primera... impresionaron.

María de Fátima impresionó en ‘Reflejos’, pieza en la que expuso su amplia paleta, de múltiples colores. Poseedora de un aparato técnico consistente, adquirido en prestigiosas academias, y consolidado a través de una fructífera carrera en los escenarios, ella está, hoy por hoy, entre los músicos dominicanos con más alta capacidad artística.

El instrumento que utilizó fue un Wurlitzer, de media cola, que sin estar entre las marcas más exitosas del mercado posee un bello timbre y un rango sonoro muy adecuado a las condiciones de la sala. Una sala, por cierto, muy noble, de muy buena acústica para este tipo de conjuntos, lamentablemente penetrada a veces por los ruidos de la calle.

Darwin Aquino es un artista, su interpretación del conocido Poema de Chausson y de la no menos escuchada Sonata de César Frank, lo evidenciaron. Con 16 años de edad él ingresó a la Orquesta Sinfónica Nacional, pero poco después, visto el caso, permutó la silla que allí ocupaba por una en un aula universitaria, lo cual le proporcionó un título magna cum laude y dignidad económica.

Él es un músico natural, de esos que al nacer traen una gran predisposición para el arte, pero nunca hizo estudios superiores de violín, no obtuvo becas y las circunstancias le obligaron a compartir su tiempo con una carrera que le permitiera vivir con los pies sobre la tierra. Sin embargo, sus interpretaciones son contundentes, trascienden la partitura y nos provocan sensaciones. A pesar de su modesto aparato técnico, su capacidad para jugar con los sentimientos es la de un verdadero creador, impone en el escenario su poder para crear belleza. Y no asumo este criterio por la estampa, por la pose convincente que tiene sobre el escenario, sino por lo esencial, porque sus interpretaciones conmueven incluso si se le escucha con los ojos cerrados.

El arte es magia desde que aparece en la historia de la humanidad, por eso hay ciertas aristas imposibles de atrapar. Darwin tiene defectos técnicos que sepultan a otros violinistas, pero en él, en el conjunto de la obra, pasan inadvertidos. Su sonido se rompe a veces, se “craquela” a causa del descontrol de ambas manos. La derecha no consigue que el arco posea plenamente la cuerda, y la izquierda no pisa con el suficiente peso –sobre todo con el cuarto dedo–, lo que provoca ruidos parásitos y obstruye la fluidez de los armónicos.

Estas anotaciones, para un estudiante medio, no serían muy halagadoras; sin embargo, el artista Darwin Aquino sobrepasa lo material, lo tangible, derrumba cualquier método y se impone. Tuve la impresión, al escucharle, que las circunstancias nos arrebataron a un gran violinista, a un epígono de Gabriel del Orbe, Carlos Piantini, o Jacinto Gimbernard, las circunstancias no permitieron que Darwin se desarrollara en un medio propicio a las artes como pudieron hacerlo ellos. Tuve la impresión, al escucharle, que “el destino” nos quitó el placer de ver a un artista dominicano, dotado por los dioses, haciendo una gran carrera como violinista en los más importantes escenarios del mundo... La vida material se opuso, pero nada ni nadie pudo derribar al artista.

Él tiene una gran veta de compositor, y ya ha ganado importantes premios con sus obras. Para entrar por ese camino aún está a tiempo, y ojalá que pueda llegar, ahora que su horizonte económico está claro, a una de las grandes escuelas de composición que hay por el mundo y se dote del arsenal necesario, del instrumental técnico adecuado para que las obras de arte que laten en él puedan materializarse.

Darwin Aquino y María de Fátima Geraldes consiguieron un ensamble estupendo, ambos se llevaron perfectamente bien, lograron el diálogo íntimo. Ambos comulgaron con la magia que existe en las partituras y colocaron al auditorio ante un gran lienzo, una impresión, un sol naciente.


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