18 de Agosto de 2003 • Edición número 1,319
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Martich, el reportero que jugaba con la poesía




Por Taty Hernández Durán

Si para Daniel Martich los días tenían estridencia, la poeta ha descubierto que también hay estridencia en el dolor y dice que, esta mañana de martes, hay una doliente estridencia que va temblando en su piel y le induce a tragar la mezcla de tilia, pasiflora y valeriana para calmar esta angustia.

La partida física de Daniel Martich la llena de congoja y provoca una cadena de espasmos en sus dedos que no logran teclear un adiós.

Esta poeta conoció al Daniel Martich que jugaba con la poesía en su bandeja de correo electrónico.

Encontrarse y verse en el reflejo fugaz de un saludo, una noche a finales de abril pasado, bastaron para que el alma del Daniel poeta produjese dos textos que la poeta lee y relee en lo perplejo de un dolor de quien amó sus versos.

Hace apenas tres semanas que Daniel le escribió diciéndole cuánto se lamentaba que de su primer y único encuentro tan sólo le quedase el recuerdo de su voz como un celaje en sus oídos. A su respuesta, el poeta que convivía junto al reportero le regaló estos versos:

“Sublime, tú
A Taty Hernández
Domingo 20 de julio de 2003


Sublime, tú en la distancia.
Estás esquiva. Yo, deseoso de verte. Tú, a sangre y fuego te levantas.
Yo, invento tus manos con los días que se pierden.
¿Dónde te ocultas? ¿En qué lugar de la tierra se sumergió tu ombligo?
¿En cuál estación pusiste tu acento?

Aquí estoy.
Tocando tu pecho. Esperando que aparezcas entre el polvo y la nada. Suplicando que des señales de vida. ¿Dónde llevaron tu libertad?
Sé que un día nos encontraremos y abrazaremos la vida.

Este domingo el amor nos convoca. Somos llama y siglos. Trituraremos el deseo. Venceremos porque el amor lo puede todo.
Tú, ciudadana de la libertad. Yo, obrero de la palabra.

Estoy en la otra vida. Ahí quiero descubrir tu aliento. Cargar tu alma. Tocar tu lengua de primavera. Traficar con nuestro embrujo.

Aquí estoy.
Soñándote. Pensándote. Imaginando cómo eres. Sé que eres tierna.
Lo tienes todo.
Eres dueña de los océanos, de la sombra de los días y de mis noches yuguladas”.

La poeta que habita en las alturas vibró ante estos versos y le respondió en un reflejo de espejos como una catarsis a la evasión de otro amor utópico que se difuminaba entre los pinos:

“Dueños del abismo
A Daniel Martich
Martes 22 de julio de 2003


Nunca se esconderá mi energía si puedo desatar tus deseos.
Es mi voz que te clama. Es mi voz que late en el vacío.

Me encontrarás donde tus dedos han de tocar el sol. Donde la luna se agiganta y su luz juega con las vetas doradas de mi pelo, porque allí me oculto.

Un martes cualquiera encontrarás mi ombligo sembrado a ras del cielo.
En donde crecen zarzamoras y el rocío destila lágrimas perfumadas de resina que aroman mi pecho.

Y renacerá la vida para cultivar alientos, para que tu lengua y mi lengua, de muchos abriles los equinoccios dancen.
Entonces, seremos ambos los dueños del abismo”.


De nuevo el poeta abandonó al reportero para fijar el martes o más bien cada martes como un icono de ese reflejo de espejos sin pensar que al siguiente martes su cuerpo dormiría a ras del suelo conjugando el azul de sus ojos con el otro celeste que busca su musa en cada amanecer y la poeta de las alturas relee:

“Martes por la mañana”
A Taty Hernández
Martes 28 de julio de 2003


La plenitud dio paso a tus palabras. Este martes por la mañana enciendo mi PC.

Ahí estas. Haciendo palpitar mi corazón de asombro. Tú, llama que convoca mi esternón. Yo, invento que renace para amarte. Te he conocido para verte aunque no pueda tocarte jamás. Sé que un día recorreremos el Nigua o auscultaremos el Yaque. Vaciaremos en nuestros dedos la libertad. Los pedazos de tierra que llevamos dentro. Este martes por la mañana quisiera ver tu sonrisa. Tocar tus manos. Aquilatar el verano de tu cuerpo.

¿Dónde estás ahora que evoco el día que te vi leyendo en la ultima Feria del Libro?

Para mí cada martes es una fiesta. Es un día de mucho trabajo. Ahora también, los martes, te pienso. Pero no sólo el martes literal. Es que siento como que todos los días son martes. Para oler tu vientre. Descubrir las ganas de tu pecho. Vencer en este verano que se extingue. Cada martes es un icono. Una verdad que no oculto.

Ahora tendremos que hablar. Pero hagámoslo con la estridencia de los días. En medio de los parques y con el sonar de las mandarrias. No importa. Lo más trascendente es ver las llamas de un amor que crece lejos. De una sola mirada. De un palpitar que parece un siglo.

Un día, Taty, nos encontraremos para excomulgar nuestros sentidos. Mujer poeta. Así. Como siempre la pensé.

No olvides, amor mío, que hoy es martes. Este día sirve para todo.
Hasta para volver a nacer.

Edificar en la punta de un alfiler los besos perdidos. Cincelar una torre de babel con la lengua de mi novia y el himen de la primavera.

En este martes yo lo puedo todo. Hasta ver atardeceres con tus ojos.

Eres inmensa. Poeta de verdad. Gracias por la contraparte. Que el cielo siga bendiciéndote.

Daniel Martich”.

La poeta, mientras se guarda el poema que Daniel Martich nunca alcanzó a leer, tan sólo susurra:

“Este martes descubro, Daniel, que ya no podremos tocar nuestros dedos, que ya no sabré cómo sonreír en tus ojos.

Este martes descubro, Daniel, que el abismo se adueñó de nuestras pieles, que ese abismo te llevó junto al mar para que en mis montañas dance una lágrima en tu memoria.

Este martes descubro, Daniel, que habremos de renacer en otra vida tal y como me cantaste y que tu voz y mi voz habrán de rehacer estos y otros versos que de otros martes se escaparon.

Taty Hernández Durán
Un martes 5 de agosto de 2003
Jarabacoa, República Dominicana”.


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