4 de Agosto de 2003 • Edición número 1,317
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Acerca de arte y asombro




Por Jacinto Gimbernard Pellerano.

Se dice que el arte es universal, y es cierto que lo es, pero dentro de ciertas condiciones bastantes rígidas y exigentes, tanto para quien lo crea como para quien lo percibe, quien lo atrapa con las redes de sus sentimientos, disfrutándolo o sufriéndolo. Por supuesto, es más difícil crear que percibir, más arduo –y hasta terrible– el trabajo del realizador honesto, que debe mezclar íntimamente su sensibilidad e imaginación con los imprescindibles conocimientos técnicos y la persistencia tenaz en su trabajo, más arduo es esto –repito– que la apertura sensitiva que necesita quien está ante una obra de arte, de cualquier género.

El arte grande, bueno y noble está montado sobre la sinceridad de los sentimientos de su creador, y en el caso de los artistas que representan o interpretan creaciones ajenas, como son los actores, los músicos, los declamadores, etc., la eficacia del mensaje está medularmente conectada a la autenticidad pura e inflaqueable del intérprete, que debe sumergirse cabalmente en las honduras de los sentimientos ajenos, que se esfuerza en resucitar, en traerlos de vuelta a la vida.

Ahora, la capacidad para percibir esos valores de la representación artística requiere de condiciones. Hace falta una sensibilidad especial y una cultura, aunque también sucede que la sensibilidad puede ser tan poderosa que sin cultura sea capaz de recibir plenamente el mensaje.

Alguna vez he referido que mi padre, cuando era un pobre niño del barrio San Miguel, que apenas sabía leer y cuyos contactos musicales no pasaban de las danzas y otras formas musicales bailables que tocaban los músicos de una banda, en cierta ocasión en que le encomendaron “bajar” a una diligencia cerca del Hotel Francés, en la calle Mercedes, escuchó que del hotel salía una música que lo paralizó completamente. Se trataba de una sonata para piano de Beethoven, la sonata “Patética”, que interpretaba uno de esos artistas formidables que pasaron por aquí a inicios del siglo pasado. ¿Cómo le llegó tan hondo, sin estar familiarizado con ese “idioma” musical, tan distante de lo que él había escuchado hasta entonces?

Es la fuerza de una triple honestidad: la del autor, la del intérprete y la del oyente, cada una de ellas aportando fortaleza de sentimiento en las tres diferentes modalidades.

Es la entrega sincera.

En la Edad Media, en la que dentro de sus obscuridades existían luces que hoy no tenemos, se contaba la fábula de dos pecadores penitentes que se acercaron a la imagen de la Virgen para solicitar de ella una gracia, aunque sabían que nada tenían para ofrecerle a cambio de sus mercedes. Uno de ellos era un pobre músico que no tenía más que su viejo violín y humildemente procedió a ofrendarle una de sus más bellas melodías. Su oración fue favorablemente acogida. El otro penitente era un desvalido zapatero que comprendió que su peregrinación hasta la imagen de la Virgen había sido un error, porque lo único que podía ofrecerle a la Reina de los Cielos era un par de lindas sandalias y pensó que, como es cosa sabida que los ángeles del cielo bailan a menudo de felicidad, seguramente la Virgen tomaba parte en sus fiestas y regocijos. Pero –se preguntaba el zapatero– ¿Qué es un nuevo par de sandalias, comparado con esa música que acabo de escuchar? No obstante, hizo para ella las sandalias más preciosas que pudo, con tanto fervor, que fueron válida expresión de sus emociones y la Virgen accedió a su petición.

Es la fuerza del sentimiento que, como una flecha mágica, se clava en el misterio hasta tocar la esencia de lo trascendente e inexplicable.

El filósofo mexicano Antonio Caso (1883-1946) afirmaba en su obra Doctrinas e Ideas que el arte rompe la ley cósmica y viene a ser otra ley de la existencia.

Yo lo creo así, y me hundo en el asombro.


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