23 de Junio de 2003 • Edición número 1,311
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Pulcritudes, justicia y obediencias

Se habla de modificaciones en la Constitución. En primer lugar ¿tendrá algo que ver con la honesta Constitución de Juan Bosch? Además, ¿será respetada, a fondo, o seguirá siendo un “pedazo de papel”? Para uso degradante.

Por Jacinto Gimbernard Pellerano.

Me resisto a creer que sea tan difícil, enrevesado e inextricable para las autoridades pulcras del Gobierno investigar esas riquezas que unos cuantos personajes del poder político les tiran encima a los ciudadanos del país.

Se trata, simplemente, de indagar cómo obtuvo usted tanto dinero.

Por fortuna, hay empresarios razonablemente pulcros que pueden demostrar que, a fuerza de innumerables horas diarias de trabajo y de elucubraciones financieras acertadas e inteligentes, es posible multiplicar el capital de trabajo con el cual se inició la incursión comercial.

No me siento yo capaz de tales esfuerzos propios de un Hércules.

Aunque he trabajado desde la niñez: como aprendiz de tipógrafo en la imprenta de mi padre y luego, con apenas trece años de edad, empeñado en cumplir con mis deberes como Violín Segundo de la Orquesta Sinfónica nacional, donde ganaba cuarenticinco pesos mensuales, que servían para pagar el alquiler de donde vivíamos –calle Dr. Delgado esquina Santiago–, de donde tuvimos que mudarnos a Villa Francisca, frente al parquecito Julia Molina, porque el dueño de esas viviendas gazcuences, Ramón Saviñón Lluberes, decidió aumentar, creo que a sesenta pesos, el alquiler. Todo por fastidiar a mi padre, que lo había “mandado al carajo” por necedades que tenían mucho de juego por parte del propietario. Mi padre argumentó que por la Dr. Delgado de finales de los años cuarenta ya pasaban muchos automóviles y que la humareda de los escapes era perjudicial para la salud. Nos fuimos junto a lo que es hoy la 27 de Febrero. Yo escuchaba a lo lejos, a través del parquecito, la música arisca de unos cabarets que estaban del otro lado, y el viento me traía voces agrias, ácidas, descompuestas y, en verdad, poco significativas, porque nunca –o casi nunca– pasaba nada que no pudiese ser resuelto con la llegada de “la perrera”, un vehículo policial dotado de rejas ciclónicas que le otorgaban un carácter menos rígido que el que ofrecían las barras metálicas.

El caso es que cierta incapacidad para mantenernos en Gazcue nos llevó a Villa Francisca. Es cuestión de verdad.

Voy más lejos, cuando Mon Saviñón se enteró de los aprestos de mudanza le suplicó a mi padre que no se mudara, que él no iba a variar el precio del alquiler. Papá no aceptó. “Si no puedo pagar, me mudo”.

¿Es que se ha acabado esa gente?

Se está hablando de adecentamiento. Yo me entristezco.

La decencia empieza por arriba. Los latrocinios del Generalísimo eran suyos. SUYOS. Y de sus hermanos y familiares, que no hicieron nada por enriquecer al país, que en 1930 era una aldea miserable. ¿Que fue inmoral lo que hizo Trujillo y que era posible construir (no reconstruir) un país sin cometer tantos crímenes?

Cierto.
Pero resulta que desde hace tiempo tenemos ladrones que no han aportado nada positivo a la nación, y viene al caso que la Justicia amañada del Jefe, que establecía un tinglado jurídico para divorciarse o lo que fuese, quedó después de su ajusticiamiento el 30 de mayo despojada del pseudo pudor que buscaba y creaba base legal para lo inmoral.

Mucho hablar y manifestar indignación (justa) contra la famosa Era.
Pero… acerca de cambiar el enorme poderío del Jefe del Estado, de establecer controles aclaratorios, honestos y valientes, de eso no se trata.

Se habla de modificaciones en la Constitución.
En primer lugar ¿tendrá algo que ver con la honesta Constitución de Juan Bosch?
Además, ¿será respetada, a fondo, o seguirá siendo un “pedazo de papel”?
Para uso degradante.


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