23 de Junio de 2003 • Edición número 1,311
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[Canasta de los pobres]

Mientras se esfuman los empleos y el peso cada día más pierde su poder adquisitivo contemplamos que, sin incluir el pago de alquiler de vivienda, tarifas de teléfono, agua y luz; compra de detergentes para lavar la ropa, bañarse y fregar, pasta dental, papel higiénico, fósforo, gas de cocinar, agua de botellón para beber, gastos de salud y educación, de transporte y diversión, una familia de 5 miembros necesitaba invertir, en octubre del 2002, 5 mil 970 pesos cada mes para preparar diariamente un almuerzo de arroz, habichuela y carne de pollo, un desayuno de pan con chocolate y una cena de plátanos con huevos. En los actuales momentos, preparar esas “tres calientes” –tal como lo hemos planteado–, requiere una inversión de 7 mil 20 pesos mensuales, como se detalla en los cuadros A, B y C. Ahora mismo el costo de la canasta familiar en el Distrito Nacional se sitúa por encima de los 12 mil pesos mensuales. Las sucesivas alzas que se registran constantemente en los precios de los productos y los servicios no tienen parangón en la historia reciente y, en ese sentido, un informe de la Federación de Comerciantes Detallistas de la República Dominicana revela que los artículos de consumo básico –determinantes en la canasta familiar del dominicano– se han incrementado en proporciones nunca vistas en el comercio minorista.

[Rostro de la pobreza]

A Benigna –al igual que a la generalidad de cabezas de familias del país– le ha resultado prácticamente imposible conseguir un trabajo para poder mantener a sus hijos (menos ahora que el desempleo ha subido de un 13.3 por ciento a un 15.9 por ciento, y últimamente han sido arrojados a las calles más de 600 mil trabajadores) y lo que ha tenido que hacer es ponerse a vender “yaniqueques”. Sus hijos, en vez de acudir a la escuela, tienen que salir a la calle “buscársela”.

Así, dos de los varones son limpiabotas y deambulan por las calles como “palomos”; uno se dedica a limpiar los vidrios de los vehículos en los semáforos, y la mayor de las dos hembras, que apenas tiene 13 años de edad, está ejerciendo la prostitución.

En condiciones similares a las Benigna y sus hijos sobreviven en la República Dominicana más de 4 millones de personas.

Y la verdad es que en el país “el barco de la pobreza” es inmenso. En 1977 el 23.3 por ciento de la población estaba sumida en la pobreza; en 1984, el 27.39 por ciento; en 1989, el 47 por ciento; en 1994, el 57 por ciento, y ha seguido incrementándose.

Para 1991 se estimaba que el 40 por ciento de la población más pobre del país recibía apenas el 6 por ciento de los ingresos totales del país, mientras que el 20 por ciento de la población más rica obtenía el 71 por ciento.

En ese mismo año había 4.1 millones de pobres en la sociedad dominicana, de los cuales 1.8 millones eran indigentes y 2.3 millones se encontraban en situaciones de pobreza extrema.

Para mediados de la década de los años 90 la República Dominicana ocupaba el quinto lugar entre todos los países de América Latina cuyos ciudadanos consumían menos proteínas y calorías, de acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y otros organismos internacionales.

Así mismo, la nación ocupa uno de los primeros lugares entre los países del hemisferio donde más niños mueren antes de llegar a los 4 años de edad a causa de la desnutrición y la diarrea, pese a que solamente en el valle de La Vega –el segundo de mayor importancia productiva del mundo, como afirma el historiador Euclides Gutiérrez– puede producirse alimentos para más de 30 millones de personas. La situación que atraviesa el país demanda que se tomen medidas en el aspecto económico y social, y en el ámbito de la renta, que garanticen que los dominicanos puedan elevar significativamente su nivel de vida, que los salarios cobren más valor y que los precios de los artículos de primera necesidad, de los servicios y de la prima del dólar se mantengan estables.

A pesar de la promesa de hacer “un gobierno con rostro humano”, los niveles de pobreza y la carestía de la vida han registrado un crecimiento en lo que va de la administración de Hipólito Mejía hasta el punto de que las personas que sobreviven en la miseria –con rostros deprimidos– alcanzan en la actualidad unos 4 millones 661 mil.


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