9 de Junio de 2003 • Edición número 1,309
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Por una honestidad en la justicia


Por Jacinto Gimbernard Pellerano.


Luis Medrano
A nadie lo obligan a embarcarse en estudios de Derecho, y si tal cosa aconteciese es imposible forzar al nuevo abogado a que ejerza esa profesión. Sé de ejemplarizadores casos en que doctores en Derecho, graduados por ser consecuentes con deseos paternales, aun siendo inteligentes y hábiles, no han subido a estrados ni han pasado de ofertar consejos prudentes y bien documentados. Yendo más lejos, a ningún abogado lo obligan a ser juez. En ningún nivel oficial.

Imagino cuán difícil, laboriosa e intrincada ha de ser la función de un juez, de un juez empeñado en ser honesto.

Y es que juzgar bien es muy difícil. Decía Robert Ingersoll, abogado estadounidense que luchó en la Guerra Civil, que “El hacer juez a un hombre no cambia sus prejuicios, ni aumenta su inteligencia” (Discurso en Washington, 1883).

Esta es la mejor de las aspiraciones: ser eficiente en su trabajo.

Que es tremendamente difícil.

Hace muchos años, cuando la jefatura de la Iglesia Católica estaba en manos de monseñor Polanco Brito, le pedí una audiencia para exponerle un problema que estimaba grave: notaba que las misas eran manejadas por los oficiantes con la intrascendencia con que un pulpero despacha arroz, habichuelas o lo que sea. Le dije que comprendía las enormes dificultades que debía vencer un sacerdote para abandonar sus problemas personales, sus apetitos o descreimientos y, caminando unos pocos pasos entre la sacristía y el altar, reflejar los múltiples modos en que el humano ha reverenciado a lo incomprensible. El sacrificio, tiene una trayectoria que vemos desde el inicio de la Biblia y que ya estuvo antes de que se narrase y luego escribiera esta colección de libros misteriosos. Tenemos la leyenda de Ifigenia, hija de Clitemnestra y Agamenón, la doncella que debía ser inmolada en sacrificio en el altar, que era una piedra destinada a ofrendas sangrientas. Ifigenia fue antes perdonada, como lo fue Isaac cuando su padre Abraham estaba listo para obedecer la orden de sacrificarlo.

Se trata de misterios y simbolismos impenetrables, como el del pan y el vino, pero nadie obligó a que una persona se sintiera obligada a internarse en tales honduras.

Si usted lo hizo, pague el precio. Por lo menos trate vigorosamente de ser honesto, justo y consecuente.

De lo contrario, renuncie.

No nos engañemos. Los políticos nunca van a ser honestos. Nunca lo fueron ni lo van a ser. Su trabajo, su métier, su oficio, es engañar.

Entonces, la función judicial es de primerísima importancia.

En países –que no es que sean humanamente superiores a nosotros los latinos– pero que mantienen cierto pudor en la observancia de lo legal, que nosotros no hemos logrado, se acusa, por ejemplo, con nombre y cargo, al vicepresidente de los Estados Unidos de formar parte de una compañía que se beneficiará económicamente de la “reconstrucción de Irak”. Nada menos que un Presidente norteamericano, Richard Nixon, a quien conocí aquí siendo yo concertino de la Sinfónica Nacional, y al final de unos “solos” de violín se levantó de su asiento junto al Jefe, y me vino a felicitar, a lo cual se añadió algo confundido el Generalísimo. Pues este hombre, luego Presidente, se vio obligado a renunciar a consecuencia de las investigaciones de dos periodistas del Washington Post en torno al caso Watergate.

Es que existe una severidad en la justicia norteamericana.
Gracias a Dios.
Pero no es sólo allí, por supuesto.

Los escándalos en que se han visto envueltos funcionarios estatales dominicanos ameritan una renuncia. Diría más, ameritan esconderse y jamás dejarse ver.

Pero mientras nuestro sistema judicial esté tan manejado por las bajezas de la política veremos que esos rostros severos, con trajes oscuros o togas y birretes amedrentantes, los señores jueces, de abajo o de arriba, seguirán haciéndole el juego a la deshonestidad más asqueante, más cobarde.

Nuestra solución no está en cambios de gobierno, en figuras presidenciales nuevas, ejercitadoras de nuevas torpezas y condescendencias adecuadas a las necesidades políticas del momento.
Está en que la justicia funcione.
Con pudor y valentía.


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