2 de Junio del 2003 • Edición número 1,308
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Wilfredo Mora

Violencia e inseguridad ciudadana


En el nivel interno de la violencia que experimenta el ciudadano, a la altura de lo fisiológico, surge entre nosotros el fantasma de la inseguridad ciudadana. No hay ni uno solo de los dominicanos que no se sienta intensamente afectado por esta sutil secuela de la violencia delictiva. El sentimiento de temor que genera la violencia de la ciudad es conocido como el fenómeno de la inseguridad ciudadana, con fuerte grado de imprevisibilidad con respecto a las actuaciones de los demás. Es una de las formas negativas del sentimiento gregario humano, pues nada teme más el ser humano que el contacto de lo desconocido.

Es una realidad que se atomiza cada vez más en nuestras ciudades dado que la delincuencia se está incrementando vertiginosamente. Los valores humanos no son los mismos y no se inspiran en lo espiritual, sino en el progreso material, y ya no se puede escapar a una vida apresurada, de intercambios, seguido a veces de expectativas espúreas y de acciones inmediatas. En cuanto a los bienes jurídicos reconocidos hoy día, la vida se lacera ante la presencia robotizada de los espectadores ciudadanos.

Tardíamente nos interesamos por el tema de la inseguridad ciudadana: esto nos obliga a hablar de la calidad de vida y de otros problemas sociales. El fenómeno en cuestión no constituye nada nuevo, pero como consecuencia de ciertos factores culturales asociados al aumento de la delincuencia juvenil, los abusos policiales y el impacto que tiene en los ciudadanos el nuevo giro de la pobreza social de grandes masas de individuos resentidos, por veces, con el estatismo de los gobiernos, pero ilusos tratan de ser felices, en medio de los peores antivalores de esta generación que vive a la deriva y sin memoria, vemos a la violencia hacerse común. Ella repite el modelo de sociedad a que hemos arribado. En ella nos rondan las mismas consecuencias de los actos de violencia: la impunidad, la injusticia social, el desempleo, la corrupción y la política de derecha centrada sólo en el dinero.

Pero a quienes preocupa realmente la inseguridad ciudadana no es a los inquietados en la nocturnidad de la noche, ni a los muchachos antisociales que arrecian en valor en las protestas sociales, que parecen interminables, es al resto de los ciudadanos decentes a quienes la violencia les parece un fantasma real, que va a aparecer en cualquier momento; porque es claro que vivimos cambios que se suscitan a un ritmo de una generación que no nos pertenece. La nuestra se ha ido y no es posible adaptarse del todo a la que tenemos hoy. De ahí que podemos afirmar que la violencia delictiva está imbricada en la vida de los jóvenes, más que en ningún otro grupo social; es, por tanto, un problema generacional. La inseguridad ciudadana es un asunto manoseado en distintos niveles de la comunidad. El problema se ha trasladado de alguna manera a las primeras páginas de los diarios, se le aborda con cifras parciales, a través de anécdotas con moralejas terroríficas. Todo tiende a sentir la inminencia de que el peligro nos acecha; en la palabra está encadenada la potencial violencia a través de la previsibilidad de hechos inesperados. Campea la violencia visual en cada rincón, pero sólo advertimos el nivel externo de la violencia.

Pero el hecho es que la inseguridad ciudadana empieza a existir a partir de los delitos violentos: atracos, secuestros, violaciones y asesinatos, intercambios de disparos, etc. Otras inseguridades –refiriéndose al problema existencial del desempleo, al hambre, a las frustraciones por la falta de servicios sociales y de derechos, o por vulnerabilidad de la institucionalidad– no siempre están relacionadas a la tranquilidad personal o individual. No son una inseguridad real en el individuo, sino más bien subjetiva.

La integridad personal es el locus donde el cuerpo se pasea y se expone, pero siempre muy pendiente de las actitudes ajenas. La vida, la libertad, la salud son más seguros en los lugares donde se ocupan menos de su miedo. Así lo piensan los grupos que buscan soluciones inmediatistas al asunto de la inseguridad ciudadana, haciendo que la violencia se vea como una patología incontrolable de unos delincuentes y pervertidos.

Esto hace que la inseguridad ciudadana no sea aceptada de la misma manera por todos los ojos de la calle. Algunos medios se apresuran a dar las noticias de la violencia, quizá se alimentan lucrativamente, el mensaje de sangre que sirve de relleno busca una “actualidad total”, que a veces fundamentan los hechos acompañados de soluciones, mostrando repudio por el agresor y solidaridad por las víctimas.

Designar la violencia no equivale a conocerla en sus elementos esenciales. La ciudad está marcada por el fantasma de la inseguridad ciudadana. Se corre el riesgo de una estratificación anónima, despersonalizante y existencial. La ciudadela se apresura a defenderse contratando a toda prisa servicios de seguridad privada, vigilancia electrónica, patrullas armadas que cuiden a sus hijos; y en los suburbios probablemente continuará la pesadilla del control policial, en medio del ruido, los vicios de los barrios y la urgencia de la vida.



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