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La tierra de los hombres íntegros

Por Alfonso Quiñones
A las seis de la tarde ya es inevitable la noche, entonces baja sobre la ciudad una neblina irrespirable que la convierte en Londres. Ni es neblina ni estamos en Inglaterra. Es el desierto que bosteza a cientos de kilómetros de Ouagadougou para echarse a dormir.
Al amanecer, un ejército de mujeres salen a las calles pavimentadas a recoger ese fino polvo facial con el que la naturaleza ha querido cubrir el rostro de la ciudad. Cuando comienzan a transitar los Mazda, los Peugeot, los Nissan o los Mercedes y los millares de motocicletas y ciclos en interminables cadenas de pedales a ambos lados de la vía, ya la capital de Burkina Faso muestra la limpieza, a veces opacada por torbellinos de aire caliente que trae nuevamente a las calzadas el polvo rojo de las calles sin pavimentar.
Burkina Faso, situada en el interior de la Africa subsahariana, escoltada por Malí, Níger, Costa de Marfil, Ghana, Togo y Benin, o sea, sin costas ni salida al mar, ostenta, sin embargo, una compañía marítima (COFAMA), que preside Marcel Nikiema, un negro alto, cincuentón, afable, diestro en buenos modales y ocupado, que recibe llamadas todo el tiempo por su celular, sabrá Dios de qué sitios del planeta.
Cuando llegué a Burkina Faso, a bordo de un Air Afrique con escala en Malí, me impresionó el confortable aeropuerto de Ouagadougou, que blasona la cultura nacional con auténtico orgullo. Dueños de una tradición artesanal artística de indiscutible relevancia, los burkinabeses han elevado al ámbito de ministerio esa actividad, que se ha convertido en el segundo renglón de la economía del país, uno de los más pobres de la Tierra.
Hace tanto tiempo como en el siglo X, es decir la bicoca de un milenio, la tribu de los mossi ocupó el territorio donde establecieron un reino. De hecho todavía existe un emperador, el Mogho Naba, una figura pintoresca que cumple determinado papel en el protocolo oficial, según me han dicho, porque no lo pude ver. Y en el territorio conviven más de sesenta etnias, entre ellas los mossi, los gourounsi, los bobo, los lobi, los sénoufo, los bussancé, los mandé, los dinlas, y los bambará.
En 1896 el imperio mossi cayó en poder de los franceses y en 1919 se convirtió en la colonia de Alto Volta, constituyéndose en 1958 en república autónoma, afiliada a la Comunidad Francesa. En 1960 obtiene la independencia. A partir de entonces se suceden una serie de golpes de Estado, entre los que sobresalen el del ex primer ministro Thomas Sankara, quien en 1984 cambió el nombre del país por el de Burkina Faso, que en lengua mossi significa Tierra de los hombres íntegros, y el de 1987, encabezado por el actual mandatario Blaise Compaoré, contra Sankara, quien fue destituido y ejecutado.
Según el Almanaque Mundial de 1995, Burkina Faso ocupaba el número 147 entre todos los países del mundo en cuanto a ingresos por habitantes, así como el noveno entre los de mayor mortalidad infantil, mientras sólo el 18.2% de la población estaba alfabetizada, aunque otras fuentes aseguran que el 37.7% de la población tiene escolarización primaria y un 9% secundaria. De cualquier modo, Rafael, nuestro chofer, un hombre simpático de unos cuarenta y tantos años, que en realidad aparentaba más, no sabía firmar su nombre.
No cuento con datos más actuales, sin embargo el testimonio de Luis, un cooperante deportivo cubano, o Lourdes, una cirujana cardiovascular que brinda sus servicios en una remota población, entre muchos otros, indica que el quinquenio concluido ha sido no solamente de estabilidad política, sino de un evidente impulso por mejorar, al menos, el rostro de la capital. Nuevas edificaciones y viales así lo demuestran.
Junto a la infaltable presencia de los mendigos en los puntos de los semáforos y en las calles centrales, como los he visto en Moscú, Bogotá o Varsovia, Burkina Faso es uno de los países africanos que más interés muestra hacia la promoción de la cultura. Para ello organiza eventos como el festival musical Nuits de Koudougou; el FESPACO, un festival de cine panafricano que se lleva a cabo en años impares y quizás uno de los más relevantes en todo el continente, o el Salón Internacional de Artesanía de Ouagadougou (SIAO), que con carácter bienal, en años pares, se convierte, durante la última semana de octubre y la primera de noviembre, en el centro del latido de la vida nacional.
LA CITA EN SIAO
La fiesta de los metales, las maderas, las telas, las pieles y las piedras preciosas es un monumento al talento creador y a las manos africanas. Con un asombroso poder de convocatoria, en SIAO se dan cita artesanos, empresas e instituciones de más de un centenar de países de Africa, Europa, Asia y América Latina, que en 1998 estuvo representada, por primera vez, por Cuba, invitada de honor. El SIAO cuenta con un área permanente de unos 4 mil metros cuadrados en las afueras de la capital y ofrece servicios de exposición, almacenaje y gastronomía, entre otros.
Hasta el SIAO se trasladan hombres y mujeres en aviones, autos y caballos. Toaregs y coreanos, franceses y etíopes, cubanos y árabes, hindúes y españoles, por sólo citar unos pocos, más allá de ideologías, religiones, razas o niveles de vida, coincidieron bajo el mismo techo durante un par de semanas de un mes de octubre seco y caluroso, coronado por la música.
La Orquesta Original de Manzanillo y Mewey fueron, sin dudas, las estrellas de la música que estremecieron las noches de Ouagadougou. La Original hizo bailar hasta el delirio a la primera dama, ministros, expositores, embajadores, artistas, choferes, funcionarios y pueblo en general, tanto en la capital como en Bobo-Diulasso, la segunda ciudad en importancia. Lo mismo en la inauguración del evento, en un mediodía africano al aire libre, como en el Stadium Olímpico, en la Casa de Oficiales o en el Palacio de Ceremonias de Ouaga 2000, una instalación de excelentes condiciones técnicas situada en un barrio moderno de la capital. Fue el regreso de una agrupación musical cubana, después de quince años de ausencia en la región, donde mantiene asombrosa vigencia en el gusto de los bailadores el sonido de las charangas cubanas. Mewey fue el descubrimiento para los cubanos. Esa especie de Mickel Jackson africano, que procedente de Costa de Marfil ha integrado una banda de virtuosos músicos, coristas y bailarinas de distintos países de la zona. Combina con la máxima profesionalidad posible en cuanto espectáculo, ritmos autóctonos del continente con sonoridades contemporáneas, en una propuesta merecedora de un justo espacio en los canales de distribución de la música, no sólo en Europa, como ya lo viene haciendo, sino en otros continentes. Talento y originalidad sobran en este proyecto musical, uno de los más logrados que he podido ver en mi vida.
La carretera de Ouagadougou a Bobo-Diulasso atraviesa una larga llanura, para luego ascender una meseta y esa vía, donde abundan tramos llenos de baches que parecen ser cráteres lunares, es una por la que se puede penetrar al corazón del país de 274,200 kilómetros cuadrados y 11 millones de habitantes, cuya lengua oficial es el francés en realidad hablada por una minoría de entre el 10 y el 15% de la población, entre la cual existen 3 lenguas nacionales: la moré, el dioula y el fulfuldé. Por esa misma carretera se va al sitio donde existe el caimán sagrado de Sabou, un enorme ofidio que permite que los turistas se tomen fotos sentados en su lomo, mientras es alimentado con gallinas que se zampa en un santiamén.
A lo largo de la carretera se puede observar, en caseríos y poblaciones, la presencia de las religiones animistas, islámica y cristiana. Pero también lo puede ver en la propia capital, y sobre todo en el Gran Marché, una especie de mercado babelino donde conviven pacíficamente en un laberinto de miles de tenduchas, los que oran en dirección a La Meca, los que le piden a Cristo redentor y los que le exigen a sus dioses africanos que usted compre aunque sea una de aquellas mil maravillas que él ofrece. Pero por favor, no deje de regatear. Pueden enfadarse. |
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