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Patricia Solano
Receta para fabricar lectores
Concluyó la Feria del Libro con notable éxito. A estas alturas no cabe dudas de que se trata del evento masivo más importante en el calendario cultural dominicano. Y cada vez se celebra con mejor organización. Su éxito se debe a la variada oferta de diversión gratuita durante once días, pero a pesar de los esfuerzos estamos lejos de colocar al libro como protagonista.
Aunque algunos aspectos de la reciente encuesta realizada por la Fundación Global y Democracia han sido rebatidos, sabemos que a nivel general nuestra sociedad lee poco. En ese renglón, la encuesta ha confirmado lo que hace tiempo está a la vista.
El hecho de que entre los pocos dominicanos que leen los favoritos sean los libros de superación personal es un dato de la encuesta que confirman los libreros participantes en la Feria del Libro al revelar los resultados de las ventas.
Se trata de ediciones que nada tienen que ver con la literatura; son libros que ofrecen herramientas para el bienestar. Quien consume estas publicaciones busca ser más productivo y exitoso, tener relaciones más estables, resolver enmarañados conflictos internos, y etcétera y etcétera.
Así, el éxito de nuestros libreros está en la venta de una famosa Sopa de pollo para el alma, Alguien se robó mi queso o Dios viene en una Harley, entre otras publicaciones de un señor llamado Paulo Coelho. En sus anaqueles, Julio Verne, Pedro Mir y Víctor Hugo siguen esperando a ser descubiertos por una masa de jóvenes que baila y aplaude en la Cueva de Santa Ana.
Parecería que los dominicanos leemos por deber; estamos buscando en las letras posibles soluciones a problemas de diversa índole. Pero la lectura por pura diversión es un mundo inexplorado por la mayoría.
Esta conclusión en base a las preferencias de los lectores en nuestro país pudiera ser una buena pista para encontrar estrategias que fomenten la lectura.
Promoverla como una actividad de ocio puede ser el punto de partida que haga variar los lamentables resultados de la reciente encuesta sobre hábitos de lectura, sobradamente confirmados por la pobreza de vocabulario de la gran mayoría de jóvenes y su escaso discernimiento crítico sobre temas trascendentales.
Vivir las aventuras e incertidumbres de un náufrago a través de las páginas de Robinson Crusoe o saborear la vida de vagabundo de Huckleberry Finn en Tom Sawyer son experiencias que nuestros púberes no deberían perderse. Emprender un viaje a Oriente con Las mil y una noches o saborear el tierno desenfado de El principito les hará ciertamente más cultos y más sensibles, pero no hay que decirlo. Hay que darles el libro para que se diviertan, para que hagan el viaje a la selva o a la China, con ánimo expreso de que lo disfruten, y después veremos.
Ya crecerán y entonces quizás buscarán a Niestzche o a Fernando Sabater y sus disquisiciones, pero eso será después. Antes tienen que pasar por Limber, el perro fiel que Pedro Mir pone a viajar de Macorís a Azua en busca de su familia perdida; intentar las adivinanzas de Brunilda Contreras o treparse sobre la escoba voladora de Harry Potter. Sólo así, cuando lean para divertirse, empezarán a echar de menos un libro cada noche al acostarse. De acuerdo a gustos e intereses, cada quien tomará su camino. Cuando se enamoren, los más románticos encontrarán a Neruda mientras los más sesudos tropezarán con Borges.
Y les veremos dibujar el árbol genealógico de los Buendía cuando pierdan la cuenta; y cuando Ursula Iguarán se les parezca demasiado a la propia abuela, entenderán América, y de ahí a Hostos o a Bolívar hay tan sólo un paso. Será entonces cuando su mundo, por fin, se haga más ancho.
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