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José Antonio García Monge
Antropología del no
La palabra no es de las palabras más difíciles para algu-nas personas y en cuyo aprendizaje pueden emplearse largos años. No es negación, frontera, ruptura, rechazo. El no es libertad, definición de límites. La palabra no nos protege de determinismos, fatalismos. En esa palabra balbuceamos nues-tra independencia y autonomía, protegemos nuestra limitada mismidad. Esta es una de las primeras palabras que aprendemos en la vida y de las que más tardamos en integrar, con paz, en nues-tro vocabulario existencial. Los niños saben decir no antes de saber hablar, antes de decir papá y mamá dicen no.
El no es palabra difícil. Al preparar estas notas sobre trein-ta palabras para la madurez entré en una librería, no muy pródiga en el área psicológica, y encontré cuatro libros nor-teamericanos de divulgación sobre el arte de decir no. Se tra-taba de libros sobre asertividad, modificación de conducta, dimensiones cognitivo conductuales, constructivismo. Su titulo, el de algunos de ellos, era muy sugestivo: Aprenda a decir no sin sentirse culpable, Sí, puedo decir no. Esto significa la preocupación de nuestra sociedad y las dificulta-des psicológicas personales que encontramos en decir no.
Estas dificultades se aumentan considerablemente cuando carecemos de la autoestima necesaria y suficiente. Si no nos queremos a nosotros mismos el no dicho a una persona signi-ficativa nos cerrará las puertas de su estimación y aprecio. Esta amenaza, desorbitada, enorme, puede impedirnos, de hecho, decir no en los momentos en que nuestros derechos y realidades nos lo están gritando interiormente.
La conexión autoestima-asertividad conduce al aprendi-zaje del no como expresión de nosotros mismos con una tran-quila firmeza, sin agresividades ni violencias. Crecer en autoestima facilita decir no sabiendo que, aunque necesita-mos el aprecio de los demás, podemos sobrevivir con el nues-tro, con nuestro propio afecto.
El no cuando brota de la verdad nos hace responsable-mente libres. Cada sí alberga en su libertad la posibilidad de un no.
El entorno, la familia, la escuela, la cultura, nos educan para el sí. Nos premian y castigan, y poco a poco aprendemos a sen-tirnos culpables por el no. Al frustrar con un no las expectati-vas de los otros nos culpabilizamos. Independientemente de que los otros nos castiguen con su desaprobación o desamor, nos autocastigamos sintiéndonos culpables, es decir, retrefle-xionando agresividad contra nosotros mismos. Aprender a decir no sin sentirse culpable es un camino de maduración per-sonal que hemos de recorrer por fidelidad a nuestros límites, deseos auténticos, necesidades importantes, etc.
El no abre las puertas a una soledad que resulta a veces muy amenazante, sobre todo cuando esa soledad no está habitada por una consciencia tranquila o una sicología sana. Si es verdad que tenemos dificultad en decir no, no lo es menos que muchas personas tienen la palabra no en sus labios diciéndola impulsivamente como respuesta a las demandas del entorno. Ese no defensivo, tacaño, avaro de su propia parcela de libertad o pertenencia es un no-muro que nos separa de los demás. Ese no nos aísla progresivamente encerrándonos en las estrechas fronteras de nuestro yo. Hin-cha ese yo e invade el espacio de los demás: el justo espacio que debemos a los demás.
Para decir no tenemos, en ocasiones, que recurrir a la violencia agresiva. Es una consecuencia de la presión ejer-cida sobre nosotros por el entorno, por el poder de otros, sobre mí y de no haber escuchado los no que tímidamente hemos ido poniendo como limites a la invasión del otro. Al no ser escuchados tenemos que levantar ha voz con un no que hiere más por el tono que por el contenido negado. Tenemos que aprender a decir no asertivamente, sin violencia, con fir-meza amable que sea capaz de conciliar el no a la demanda concreta con el sí a la persona interlocutora. En la palabra no me reconozco limitado y esta palabra es expresión de la verdad de mi situación personal. No es fácil decirlo con amor y respeto a la realidad de uno mismo y de los otros y afrontar, con paz, el riesgo que corremos al decirlo de no ser comprendidos, queridos, admirados.
No debo pre-tender que el otro asuma mi no, sino asumirlo yo, y que el otro sepa que ese que dice no es un hombre, una mujer, libre, situado, histórico, tal vez equivocado, pero capaz de amar, flexible para cambiar, sabio para dudar. El crecimiento perso-nal nos exige muchas veces decir no a todo lo que suponga querer ser otro, tendencia necrófila, sacrificios humanos, injusticias...
El amor a nosotros mismos y a los demás nos llevará, frecuentemente a elegir la palabra NO como la más coherente que nos ayuda a decirnos o que ayuda al otro a encontrar el camino de su sana libertad. Tal vez no se nos comprenda, pero si debe-mos hacerlo de manera que se nos escuche con toda la verdad de las motivaciones que apoyan sanamente nuestro no si con-sideramos adecuado expresarla.
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