5 de Mayo de 2003 • Edición número 1,304
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Rosa Montero

Los ‘fans’ y la rareza


Hay que ver lo extremados que son los fans. Claro que ya lo dice su propio nombre: fan viene de fanático, palabra que designa, según el María Moliner, al ‘partidario exaltado e intolerante de una creencia’. Los fans son como la versión pop del fanatismo; sus objetos de adoración son personas, no ideologías y, por otra parte, esas personas suelen ser estrellas mediáticas, gente muy famosa que sale en las revistas populares y que se mueve en una realidad más o menos ligera. Quiero decir que Einstein, por ejemplo, siendo como fue famoso e importantísimo, no creo que tuviera muchos fans.

En los treinta años que llevo trabajando como periodista he recibido numerosas críticas sobre mis reportajes o mis artículos, cosa por otra parte natural, porque, por fortuna, los humanos no opinamos todos lo mismo. Sin embargo, las críticas más abundantes y feroces siempre han sido cuando me he permitido discrepar de la visión idílica de algún icono pop. Y, así, creo que nunca he recibido tantas y tan airadas quejas como cuando hablé de Lady Di, poco después de su muerte; de John Lennon, en una biografía que le hice (y que conste que me encantan Lennon y los Beatles); o de Michael Jackson, en un artículo que publiqué hace un par de semanas. Bueno, también hubo una época, hace ya algunos años, en que mis críticas a Fidel Castro eran seguidas por un aluvión de cartas furibundas; pero es que creo que los incondicionales del dictador cubano se parecen más a los fans que a los fanáticos y están tan irracionalmente embelesados por su ídolo como los adictos de Operación Triunfo por David Bisbal. Resulta paradójico, en cualquier caso, que tú puedas poner por los suelos a cualquier personaje meritorio y formidable (por ejemplo a Einstein) sin que suceda nada, pero que si te atreves a rozar la reputación de un rockero te llueven los insultos. Es un mundo raro el mundo nuestro.

Reflexionaba yo en todo esto hace unos días mientras me llegaban por Internet docenas de cartas enojadísimas escritas por los fans de Michael Jackson (al parecer Jaime de Peñafiel mencionó mi artículo en el programa de María Teresa Campos y eso aumentó considerablemente el flujo epistolar, porque los fans tienden más a ver la tele que a leer periódicos) y, de primeras, cedí a la tentación despectiva y reductora de considerarles a casi todos ellos justamente eso, simples fans, entendiendo por esto gente atontolinada e inmadura.

Pero luego me empecé a preguntar por qué tantas personas necesitan un icono en el que creer; y por qué cuanto más raro y más aparentemente inadaptado es el personaje pop, más pasiones desata. Sucedió con Lady Di, enferma de bulimia, desequilibrada, marginada en su medio palaciego; sucedió con John Lennon, un hombre atormentado por sus fantasmas; sucede con Jackson, otro torturado genio musical, o con el extravagante Prince, que posee, me consta, una legión de arrebatados y fieles seguidores.

Y entonces intuí el obvio mecanismo que dispara la pasión mitificadora. En realidad, ¿qué se oculta detrás del amor enardecido por un ídolo? No la necedad, como muchas veces se tiende a pensar (los fans tienen muy mala fama), sino, sobre todo, la inadaptación. Probablemente la mayoría de estos fans son individuos que se ven raros a sí mismos, tipos a quienes les duele el mundo y que no consiguen insertarse cómodamente en su entorno. Y de esta colección de disconformes pueden salir las personas más interesantes.

Por eso los fans suelen ser adolescentes en busca de un modelo en el que reconocerse y consolarse. Por eso no pueden soportar que se critique a Jackson, por ejemplo, porque en la rareza del cantante se salvan ellos mismos. Les entiendo muy bien, porque yo también me sentí extremadamente rara en mi juventud. Y qué vertiginoso y desolador es saberse diferente. Yo busqué el consuelo leyendo libros, en vez de mitificar a una figura famosa; considero que es una opción mejor, pero lo cierto es que cada uno se las arregla como puede. A todos ellos, a los fans y a los chicos que no son fans de nadie pero que también se sienten extraños, me gustaría decirles que luego, con los años, vas conociendo a gente como tú y construyendo así tu pequeño mundo; que terminas por enorgullecerte de tus peculiaridades. Que la normalidad, en fin, no existe y que en realidad todos somos distintos.



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