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Rafael Peralta Romero
Bush y Sadam
La caída de un dictador debe ser motivo de regocijo siempre. Todo pueblo sometido a la intolerancia, el silencio, la pobreza y las desigualdades tiene derecho a expresarse cuando ve llegado el fin de la tiranía que lo somete a tan crueles suplicios. Por igual, los pueblos amigos habrán de manifestar su solidaridad y alegrarse, en similar proporción a como sufrieron la desgracia del que estuvo oprimido.
Más de la mitad de la humanidad debió congratularse con la desaparición del régimen de Sadam Hussein, quien hizo de Irak un feudo personal para rendirse tributo y satisfacer sus desordenados apetitos y su paranoia.
La desaparición de la tiranía de Hussein no ha sido disfrutada del todo. Y de eso es gran responsable el padre y protector del mundo, el señor George W. Bush, y quizás en menor medida su congénere Tony Blair. Ellos dicen que desaparecieron el gobierno despótico de Bagdad y parece cierto.
Con el cese de los bombardeos, algunas personas ingenuas preguntan o afirman quién ganó la guerra. Las guerras no se ganan, todas se pierden, a no ser las guerras de liberación que desarrollan los pueblos contra sus opresores o por su autodeterminación.
Las imágenes presentadas por los medios de comunicación dan cuenta de las atrocidades de la guerra, sobre todo cuando se trata de invasores que arrancan despiadadamente la tranquilidad de otro pueblo.
Cientos, o tal vez miles, de personas han perdido la vida en la invasión de Estados Unidos y Gran Bretaña a Irak. Destrucción y caos es el complemento. En medio de semejante cuadro resulta difícil la exultación que debió concitar la caída del dictador.
El quince de abril, en una conferencia de prensa, Bush definió como una victoria para Estados Unidos la guerra de Irak, pero advirtió que no puso fin a las amenazas a la seguridad global y prometió confrontar otros peligros.
La invasión a Irak fue motivada por un gesto humanitario de nuestro padre Bush para evitar que el loco Sadam usara unas armas de destrucción masiva que portaba y que constituyen gran peligro para la humanidad. A pesar de los destrozos por doquier, no han aparecido las famosas armas.
Para Bush, la acción librada contra Irak se trató de un crucial avance en la guerra contra el terrorismo. Es un avance, por eso ha prometido que lo que comenzamos lo terminamos. A mucha gente le parece que el hecho de que Bush vea nuevos peligros realmente se torna en un peligro para algunas naciones.
O deberá serlo para todas, aunque no les toque la embestida directa, pues toda agresión para una nación debe resultar afrentosa para la conciencia de las demás. Quizás el mundo deba agradecer al señor Bush su desvelo por el predominio del orden y el combate al terrorismo. Pero no debe ocurrir que si un muchacho llora porque su padre le ha impuesto un duro castigo, venga un extraño y golpee al hombre hasta matarlo y destruya la casa donde vivían padre e hijo.
El gobierno de Estados Unidos busca la reconstrucción de Irak y el propio presidente estadounidense ha esbozado su plan de establecer un gobierno democrático, en el que prime el respeto a los derechos humanos. Desde ya el señor Bush ha designado un gobernador para el pequeño país del Medio Oriente. Temo que ese señor tendrá tiempo para aprender la lengua iraquí.
Esto indica que la permanencia de Estados Unidos en la región será larga. Se sabe de sus planes para con Siria, fronteriza con Irak, que también es motivo de preocupación para los grandes del Norte. Colin Powell ha externado preocupación por Siria e Irán.
Siria está en la mirilla porque presuntamente cuenta con armas químicas, pero además este país está acusado de facilitar la huida de funcionarios del régimen de Sadam y de organizar voluntarios árabes para enfrentar a la coalición angloamericana que invadió militarmente a Irak.
Ahora todo el vecindario está inquieto, incluido Egipto, que es un viejo amigo de EE. UU. Tan lejos llegó el asunto que el jefe del Departamento de Estado se vio precisado a aclarar que su país no se propone tumbar otros gobernantes ni atacar otros países.
En Irak han cesado el cañoneo y el cruce de misiles. Pero no las hostilidades, no puede haber paz para quien ha visto morir a los suyos. No puede haber paz para quien perdió su vivienda o su negocio. Aunque el pueblo iraquí haya echado a rodar las estatuas del sátrapa, su gozo no puede ser suficiente, porque viene debilitado por la quebradura de su voz.
Pienso que en la guerra contra Irak sólo debió morir una persona. A lo sumo dos.
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