28 de Abril del 2003 • Edición número 1,303
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Rafael Peralta Romero

De arroba en adelante


A la orilla de un camino, en los predios de un pequeño ganadero y hasta en el patio de una vivienda semirural o semiurbana, carniceros y criadores tasaban un becerro o una res añeja con naturalidad y precisión. El resultado se expresaba siempre en arrobas y por lo común, el destino del ente vacuno era el matadero.

Mi memoria no registra recuerdos de similar acción para la merca de cerdos. Se comerciaba la vaca en arrobas, ya fuera pesada o ya sometida al escrutinio de hombres experimentados en dictaminar el peso con los ojos. En la actualidad, quedarán pocos lugares del país donde no se use una romana para justipreciar el valor del animal, expresado en arrobas o en kilogramos.

Me he podido percatar de que muchos jóvenes de los muy versados en el mundo de la informática para quienes el uso del signo @ es tan rutinario como la “a” misma, desconocen que arroba es una medida de peso. El concepto es tan viejo que la palabra llegó al castellano procedente del árabe, con el significado de un cuarto.

Nuestro uso ha sido como un cuarto de quintal, que son cien libras. Con ligeras variaciones de una región a otra, una arroba equivale a veinticinco libras. Una llamada a Leonidas Cabrera, el carnicero más destacado de Miches en este momento, me permitió recordar que la arroba como medida de peso sigue tan vigente como el Padre Nuestro.

Eso sí, con esta precisión: una arroba de vaca en pie debe equivaler a veinticinco kilogramos, para que una vez destazado el animal pueda dar veinticinco libras netas por cada arroba. Un ejemplar de catorce arrobas es muy indicado para el expendio en una comunidad pequeña.

En nuestro recuerdo de infancia, la arroba fue simplemente una medida de peso que nos llegó de oídas. En nuestra adolescencia, con los intentos de aprender mecanografía, nos dimos cuenta que había una extraña tecla para indicar esa medida, aunque confieso que nunca llegué a utilizarla en mi proceso de aprendizaje.

Digo estas cosas para llegar a las reflexiones sobre el significado que en el mundo moderno ha adquirido este signo. Nada está más de moda que esa figurilla construida a partir de una “a” con una cola tan larga que la circunda. Una dirección electrónica está incompleta sin la @, que desde la antigüedad se usó para representar los once y medio kilos de peso.

Las distintas lenguas le han buscado un nombre al mismo trazo, algunos de los cuales en sus vertientes hispánicas suenan a “caracolito”, “ratoncito”, “cola de mono”, “perrito” y “trompa de elefante”. Podrá llamársele de cualquier modo, pero prescindir del elemento que separa el nombre del usuario de los nombres de dominio del servidor de correo resulta contraproducente. Con un experto supe que el origen de su uso en Internet está en su frecuente empleo en inglés como abreviatura de la preposición “at” que significa en.

El hembrismo, contraparte del machismo, ha encontrado en el carácter arroba un punto de apoyo para “unificar” géneros y evitar la subyugación que significa que mencionen a las hembras con referirse a los varones. Esta injusticia no puede seguir. Las publicaciones alternativas, los documentos de sindicatos y gremios profesionales no se expresarán jamás sin la comodidad que les brinda la arroba.

Así, mientras unos muy atrasados escriben niños y niñas, compañeros y compañeras, profesores y profesoras, otros más inteligentes y actualizados recurren al poderoso signo para expresar niñ@s, compañer@s, profesor@s. Y con ello demuestran que es posible agregar una letra a nuestro alfabeto, pero no cualquier letra, sino una que guarda doble significación porque encierra en sí las vocales “a” y “o”.

Fue precisamente en una revista infantil, que se edita al compás de un diario nacional, donde vi por primera vez este uso “revolucionario” de la arroba. No sé cómo leerán los pequeños aquellos textos repletos de esta grafía ajena al alfabeto que les enseñan en la escuela. Tampoco sé por qué ninguna autoridad del ramo se ha quejado sobre el particular.

Los computadores vinieron a sustituir la tradicional maquinilla de escribir, pero nada de golpe, por eso trajeron un teclado al estilo de la vieja herramienta. Y con ello la hasta entonces discreta “a comercial”, que debido a que sólo tenía una función fue preferida por el creador del primer correo electrónico -honor que se atribuye al ingeniero norteamericano Ray Tomlinson- para separar el nombre de la dirección. Ahora todos podemos saber que un signo de antigua usanza se convierte en símbolo de modernidad en todo el mundo. Tanto, que el nivel de desarrollo de la comunicación a distancia ha de medirse de la arroba en adelante.



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