14 de Abril del 2003 • Edición número 1,301
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Rafael Peralta Romero

El toro que era y la ventana que no era


El discurso triunfalista, en los procesos electorales, incluye en muchos casos el sino y también el signo de la derrota. En el proceso interno del Partido Reformista Social Cristiano, a Jacinto Peynado tocó el lamentable papel de la bravuconería triunfalista, sin darse cuenta de que con ello mostraba su debilidad frente a su competidor final, el ingeniero Eduardo Estrella.

Peynado y sus seguidores hicieron campaña a partir de ataques a su contendor. Y lo hicieron hasta tal punto, que el exvicepresidente juró derramar hasta la última gota de su sangre para impedir que el PPH (Proyecto Presidencial Hipólito) ganara la convención en el PRSC. Al parecer, un estratega de visión estrábica plantó la idea de que el peligro para Peynado lo representaba el mencionado sector perredeísta.
Eduardo Estrella, menos curtido que Peynado en las la competencia electoral, se presentó discretamente a la lid y sólo se ocupó de promover su proyecto sin tomar en cuenta la retórica del contendor. A pesar de los gritos y reclamos, lo que se percibe es que el santiaguero ha ganado.

Si se comprobaran las irregularidades denunciadas por el grupo de Peynado, específicamente en las votaciones de San Pedro de Macorís, aún con una nueva votación resultará difícil al empresario quitarse la pinta de perdedor. Y peor aún, no un perdedor circunstancial, sino que esta derrota puede significar para Peynado la colocación en un nicho de donde no sale jamás. Cuando Danilo Medina fue escogido candidato presidencial del Partido de la Liberación Dominicana, a comienzos del 2000, observé que con él se iniciaba la era de los candidatos desechables. La política dominicana, desde el origen de la República hasta estos días, se ha caracterizado por la presencia de líderes sempiternos, que tanto se han empeñado en mantenerse en el poder, como en los ajetreos por la búsqueda del mismo.

Sabemos de la constancia de nuestros dirigentes para postularse período tras período, sin importar los resultados. Con la desaparición de Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez terminó la era de los candidatos permanentes. A Danilo Medina se le vía que no repetiría en otro proceso, por situaciones objetivas que se daban -y se dan- en su partido.

Creo que Jacinto Peynado entrará a acompañar a Medina en el club de los candidatos que no vuelven, hasta ahora de muy reducida matrícula. Desde luego, que los resabios posconvencionales pueden otorgarle posiciones que le reafirmen su vigencia en la organización, si los demás dirigentes de la misma se inclinan por adoptar el método perredeísta de consolación.

Esta práctica ha sido útil para preservar la unidad del PRD, y al menos para superar situaciones coyunturales. También es verdad que por esa misma razón el partido blanco se ha pasado largo tiempo sin renovar sus cuadros dirigenciales y con autoridades de facto.La primera experiencia de los reformistas navegando en las aguas, para ellos extrañas, de la democracia interna los ha puesto ante una gran prueba: la amenaza de la división. Pero deben conservar la mesura, pues faltan muchas otras pruebas. Volviendo a Jacinto Peynado, para explicar su derrota hay que convenir en que extravió su objetivo en la lucha por la candidatura presidencial. Los peynadistas tuvieron visiones extrañas que los llevaron a ver PPH por todos los lados y hasta tuvieron el delirio de otear a militares registrados en el padrón reformista.

El Presidente Hipólito Mejía fue tan benigno que dispuso el acuartelamiento de las Fuerzas Armadas el día de los comicios del partido colorao. Habría de sorprender que Eduardo Estrella se impusiera frente a Peynado, considerando la dedicación de cada uno al proselitismo. Subestimaron las potencialidades del cibaeño. Pero ese menosprecio del competidor puede sumarse también a los factores de la derrota.

La situación de Peynado durante la campaña por la nominación y posterior derrota es explicable, además, con aquella alegoría citada por el profesor Juan Bosch según la cual un muchacho bizco que huía de un toro bravo, por el efecto de su visión veía dos toros y corriendo en busca de refugio avizoró una casa que tenía abierta una ventana. El muchacho vio dos ventanas e intentó entrar por una de ellas, pero escogió la ficticia y en vez de un hueco, dio en el seto. En ese instante lo alcanzó el toro real.

Jacinto Peynado se tiró por la ventana que no era y lo embistió el toro que era. Mientras el gordo y colorado combatía al PPH, como Don Quijote peleando con los molinos de viento, su verdadero peligro lo alcanzaba, pero él no lo veía, por el estrabismo político. Lo triste es que…hay golpes en la vida tan fuertes…No sé.



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