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Estamp[a]
Montecristo No. 4
Por Alfonso Quiñones
El arte de torcer tabacos a mano sobrevive al mundo de la digitalización... al menos por ahora. Y ojalá que exista siempre. Quien ha tenido la oportunidad, al menos una vez en su vida, de estar dentro de una tabaquería y observar la destreza con que hombres y mujeres de distintas generaciones, credos religiosos, niveles culturales e intereses vitales y hasta ideológicos, que minuto a minuto dan continuidad a la tradición secular, siente que ha penetrado en un templo.
En uno de esos templos de La Habana, específicamente en la fábrica de los famosos habanos H. Upmann, laboró durante veinte años de su vida quien tal vez sea hoy el músico más longevo activo por los escenarios del mundo. Me refiero a Compay Segundo, quien con sus 92 años a bordo esperó la llegada del 2000 actuando en el más importante teatro de Venecia.
Una de las experiencias más hermosas que pueda tener un artista, un escritor o un lector de tabaquería, es el aplauso con las chavetas, esos instrumentos manuales de filo con el que dan los cortes necesarios a una hoja para torcer un habano.
No hay otro aplauso en el mundo como el de los tabaqueros. Si cuando llegues tiran las chavetas y las hacen tintinear, vete. No te van a escuchar. ¡Ah, pero si te aplauden con la chaveta, eso ya es la gloria! me dijo una tarde Compay, con un ron añejo en una mano y un tabaco en la otra, mientras el sol bebía de su vaso para colorear un crepúsculo que se anunciaba a través de los ventanales de su apartamento en el piso 16 de un edificio recién inaugurado cerca de la Plaza de la Revolución en la capital cubana.
Antes Compay Segundo aplaudía con la chaveta, ahora el aplaudido es él. En las calles habaneras, cuando desciende de su coche Subarú color gris plateado, lo abordan lo mismo un holandés que una francesa, un martiniqueño que un senegalés, un español que una alemana, un italiano que una habanera. Todos quieren retratarse con él, tener su autógrafo o saludarlo sencillamente. Es, lo que se llama, un hombre famoso.
Pero hace pocos años no era así. A veces tenía que montar en el portapaquetes trasero de una bicicleta manejada por un amigo para trasladarse a algún sitio de actuación. Hacer sopa se le llama en el argot musical cubano a interpretar música en los restaurantes para unos comensales casi siempre concentrados en comer o conversar. Mucha sopa tuvo que hacer en su vida Compay Segundo, casi como habanos, para que un día, después de tantos años de permanencia y calidad, la buena suerte lo tocara con una varita mágica llamada Ry Cooder.
LA CALLE SALUD
En su antigua casa de la calle Salud, donde ahora tiene el orgullo de vivir quien escribe estas líneas, nacieron obras que le han dado la vuelta al mundo, como la famosa Chan chan. Entre estas paredes y estos techos de puntal alto alguien, de aquí a cien años, con los adelantos tecnológicos, podrá rescatar los acordes, las primeras melodías de muchas de las canciones que Compay Segundo sigue ofreciendo con empecinada satisfacción a millones de personas del mundo entero. Su homenaje personal a esa calle bullanguera, pintoresca y llena de baches, es el cidí más reciente de su producción musical: Calle Salud, donde entre otros hace dúo con Charles Aznavour en la versión española de Morir de amor, un clásico del galo armenio.
Nacido el 18 de noviembre de 1907, en el sitio donde hoy se encuentra el restaurante La Rueda, en Siboney, Santiago de Cuba, con el nombre completo de Maximiliano Francisco Repilado Muñoz, Compay Segundo estuvo predestinado para la música. Testigo del aterrizaje del primer aeroplano en tierra santiaguera en tiempos de la Primera Guerra Mundial, Compay, cuando no era Compay, conoció desde pequeño a Sindo Garay, Pepe Banderas y Miguel Matamoros, los tres trovadores cubanos cuyas obras más le han impactado en su vida.
Cuando se izó la bandera cubana en el acto de inauguración del Capitolio de La Habana, en época del dictador Gerardo Machado, la Banda Municipal de Santiago de Cuba, ganadora de un concurso al efecto, fue la que interpretó el Himno Nacional. Uno de sus músicos era el clarinetista Francisco Repilado.
Durante más de una década integró con su clarinete el Conjunto Matamoros, después fundó con Lorenzo Hierrezuelos el también conocido dúo Los Compadres. Desde entonces es conocido como Compay Segundo; él hacía la voz segunda. Se le puede ver en ese filme de archivo que es México lindo.
Luego viene una época que si bien no es un rompimiento total con la música significa un paréntesis que, al menos para mí, no queda claro. Es cuando entra de tabaquero en la H. Upmann, lo que le tomaría veinte años en jubilarse y regresar a la música. Dice Compay que en esos años la música tradicional había caído en desgracia y a nadie le interesaba.
Lo cierto es que durante casi cada día de aquellos veinte años fabricó con sus manos que hoy tocan el armónico invento de Compay que mezcla sonoridad de guitarra criolla y tres unos 300 puros regalías. Ese tiempo le valió para atesorar una vasta cultura, gracias a los lectores de tabaquería, conocimientos que enriquecieron su sensibilidad y ahora le permiten lo mismo enfrentarse a un auditorio de estudiantes y catedráticos en la Universidad de Salamanca, que a una conferencia de prensa en Roma, donde le envía un mensaje al Papa.
Compay gusta de hablar con el público tanto en el Olimpia de París como en el Carnegie Hall de New York, sin desdorar el Teatro Nacional de La Habana o el Metropolitano de México, DF. Pero la mejor comunicación que establece es cuando canta, baila, toca el armónico y dirige su grupo que ahora está integrado además por tres clarinetistas, como para cerrar un ciclo de la espiral de su vida.
Sencillo, jovial, afable, transparente, dicharachero y jocoso, Compay Segundo evita todo tipo de excesos en la vida, lo mismo a la hora de comer, de beber o de fumar. Fuma desde los 5 años, cuando su abuela de 115 le pedía que le encendiera los tabacos que ella fumaba y acababa de liar apoyándose en sus muslos. Y como no le gustan los excesos me confesó:
Mira, mi novia que tiene 40 años, cuando me echa arriba una piernecita, le digo a veces que mañana, porque en ese momento estoy pensando una canción... - güiña un ojo y ríe pícaramente.
Le encanta la comida criolla. Yo no como casi nada cuando estoy de viaje. Que va, compay, no existe nada como el congrí y la carne de puerco... Cuando arriba al restaurante El Palenque, junto a Pabexpo, en el selecto barrio habanero de Atabey, dice aquí me encuentro como en mi propia casa y enseguida le traen su traguito de añejo y la petaca de Montecristo No. 4, los habanos que fuma con especial deleite. Y eso ocurre sin que los pida; los jóvenes gastronómicos del lugar saben mucho de los gustos del Maestro.
Un portugués en silla de ruedas le pide un autógrafo. Es torero y se atiende en el Centro Internacional de Restauración Neurológica. La embestida de un miura lo dejó invalidado.
Pues pa'lante, compay, no le haga tanto caso a los toros y hágale más caso a las vacas. Todos ríen.
Compay comenta al torero sus giras por Europa:
Los tiburones y los barcos por arriba y yo por debajo de ellos, atravesando el túnel del canal de La Mancha. ¡Quién lo hubiera soñado...!
Compay ha ido del fotingo tres pata al Subarú; del aeroplano monomotor al Boeing 757; de aquellos tabacos sin marca de su abuela al Montecristo No. 4. Y siempre ha sido el mismo. De hecho, yo que no estuve entonces, creo estar viendo al Francisquito que se empinaba sobre una lomita de tierra junto a la línea del ferrocarril para que el padre tomara desde el borde de la locomotora en marcha la cantina con el almuerzo que Margarita, la mamá del hoy mundialmente conocido Compay Segundo, le preparaba con esmero. |
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