24 de Marzo del 2003 • Edición número 1,298
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Mujeres, complejidades y abusos




Por Jacinto Gimbernard Pellerano.

Desde niño miré a las mujeres como algo prodigioso. Eran tiempos, inicios de los años cuarenta, en que las mujeres todavía se enclaustraban en fajas y torturantes adminículos opresivos para lucir una figura inexistentemente curvilínea y a la vez recatada. ¿Cómo era posible tal dualidad? Pues exactamente como hoy enfrentan dualidades mucho mayores: sus responsabilidades se han multiplicado y aún pueden agredir mostrando o insinuando (que es aún algo más poderoso) senos levantados, vientres inquietantes, muslos percibibles por un alto y estrecho corte en la falda larga, traseros voluminosos por mor de la cirugía estética –que a veces se extralimita– y todo un arsenal de cosméticos y ejercicios físicos destinados aparentemente a que el varón se quede patidifuso y no sepa dónde mirar cuando un escote guerrerista muestra y esconde a la vez la aureola o la prominencia eréctil del seno, impredeciblemente asomado en el borde de un traje, blusa o camiseta, porque resulta que una mirada alelada o impertinente es tomada por ellas como irrespetuosa y maleducada. Por igual sus faldas cortísimas tan efectivas en el “tapa y enseña”. ¿O será que lo que persiguen es poner verdes de envidia a las demás mujeres, no tan bien dotadas?

Resulta que las mujeres, oprimidas desde el inicio de los tiempos, quieren quitarse los grilletes, amarres y restricciones de conveniencia masculina y demostrar que no son inferiores.

Que simplemente son distintas. ¡Gracias a Dios!

Se trata de una justiciera búsqueda de igual valoración humana.

El rol de inferioridad lo están ahora asumiendo los hombres, apelando a la fuerza bruta, a las golpizas, torturas de diversa índole y asesinatos a las féminas que no están dispuestas a someterse a ellos, sea por amor, por conveniencia o por miedo. Ocasionalmente, abrumados de culpa, estos varones inferiores se suicidan.

En apenas tres meses del difícil e incomprensible año que transcurre, varios centenares de mujeres han perdido la vida a manos de sus compañeros, de sus parejas, actuales o pasadas.

Digo sólo aquí, en este pequeño país.

Y, encima, la justicia no funciona. Se habla mucho, se escribe lo que nadie lee, se opina públicamente por radio y televisión lo que no mueve acciones sino encojeduras de hombros.

Se me ocurre que no se trata de hablar de abuso a la mujer sino a la condición humana, porque nuestras cárceles ¿qué son sino universidades de la maldad, la degeneración y el perfeccionamiento del crimen?

Un ejemplo.

Una reclusa de la “cárcel modelo” de Najayo, acusada de robar un vestido en una tienda, no ha sido interrogada en seis meses. A ciento diecinueve mujeres recluidas en la cárcel “preventiva” de Najayo no se les ha instrumentado ningún expediente. Bastante más de la mitad de las prisioneras.

Igual sucede con los hombres. ¿Igualdad en la injusticia?

No obstante, no se puede negar que la mujer avanza en terreno limpio. Su presencia crece en las posiciones importantes del mecanismo empresarial. Las universidades e institutos de estudios especializados están rebosantes de mujeres ávidas de capacitación, cada vez más temerosas a lo que significa depender de un hombre en el cual la irresponsabilidad se afirma de manera gelatinosa, temblequeante unas veces, y absurdamente rígida y filosa en la mayoría de los casos.

Existe, vive y palpita un fenómeno al cual no se le está prestando debida atención: En otro tiempo, no muy lejano, cuando el amor o el deseo de un hombre no era correspondido, escribía diatribas contra la mujer, componía canciones, boleros y rancheras (también obras mayores como Berlioz compuso su Sinfonía Fantástica, agriado porque la actriz Harriet Smithson no acogía su enamoramiento enloquecido). Mucho más atrás, la falta de respuesta positiva de una mujer llevó al insulto generalizado. Homero en La Odisea dice que ninguna confianza debe ponerse en la mujer (Odisea XI). Más tarde, hasta nuestros días, el despecho crea insulto en el varón.

Pero ahora entra la fase del crimen terminal.

El hombre se muestra aterrado ante la independencia femenina.

Cada vez se están asesinando mujeres por razones, al parecer, más lejanas a la pasión tradicional.

Nace una nueva pasión y un nuevo miedo.

La competencia efectiva. La capacidad para desempeñar dos roles, el de madre ama de casa y el de sacrificada proveedora autosuficiente.


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