13 de Enero del 2003 • Edición número 1,288
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Acerca de niños, Saramago
y esperanzas





Por Jacinto Gimbernard Pellerano.

Me pregunto, con una sensación que no quisiera que me hiriese especialmente en esta época del año, ¿qué hacemos a favor de nuestros niños? Y al decir nuestros me refiero a los de la humanidad viviente.


Luis Medrano
José Saramago
La gran influenciadora de la vida moderna, la televisión, así como el cine y los dibujos animados o tiras cómicas (comics) se han alejado de El gato Félix, de Tom y Jerry, de Doña Tremebunda, de las astucias detectivescas y excelentemente dibujadas de Rip Kirby, o de las victorias de Superman o Batman contra los malvados, para ofrecer la excitación visual a que los niños ya están acostumbrados: monstruos horrendos y asquerosos, torturas y muertes masivas indiferentemente manejadas.

De comics, nada.

Estamos educando hacia la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Educamos con malignidad comercial. Los sentimientos primarios entre los cuales reina terriblemente el egoísmo tienen mucho mayor peso que la compasión, la piedad y la ternura, y viene a ser más comercial, más fácilmente acogida la programación violenta, que la pacífica.

Hace pocos días José Saramago, el escritor portugués y Premio Nobel de Literatura que visitó nuestro país el año pasado invitado por Editorial Alfaguara y la Fundación Corripio, impulsaba en Madrid a un nutrido grupo de estudiantes valencianos y madrileños reunidos en el Congreso de los Diputados en torno a los Derechos Humanos.

Trataba de despertarlos, de hacerlos útiles, responsables y activos, de hacerlos esperanza.

Ciertamente las solemnes Declaraciones de las Naciones Unidas se reducen a palabrerías huecas. Se trata de una organización sometida a la razón del más fuerte porque tal es la actitud aceptante de la abrumadora mayoría de países que la componen.

¿Que siempre ha sido así?

Verdad. Pero había menos hipocresía. No se realizaban tantas reuniones “cumbres” de las cuales no salen más que declaraciones carentes de significado real.

Está uno harto de que le tomen el pelo. De los presidentes de repúblicas, elegidos mayoritariamente en base a lo que proponen durante su campaña política, y luego resulta que no hacen lo que anunciaban, sea porque las fuerzas existentes en el sistema no los dejan o porque entre el disfrute del poder, las zalemas civiles y militares y las descomunales posibilidades de alcanzar riquezas extravagantes, se les va el santo al cielo y se quedan pegados a un minúsculo demonio que, desde el fondo del oído, les susurra maneras de engañar, de embaucar, de entrampar y dar gato por liebre.

Saramago ha dicho ante los niños y jovencitos acerca del siglo XX: “Para fracasos ya estamos nosotros”. Ha llamado al pasado siglo: “tiempo de tragedias y dolor”. Ante la iniciativa de los directivos de la organización no gubernamental Globalización Social y Política y la Fundación Solidaridad los asistentes guardaron un minuto de silencio por los treinta mil niños que mueren cada día en el mundo a causa de enfermedades curables en los países desarrollados, cifra que, recalcó Saramago, “en una aritmética aterradora” significa que cada hora mueren mil niños.

Y uno apenas se atreve a preguntarse ¿Qué pasa con los Derechos Humanos?

El presidente G. W. Bush, empecinado en controlar el petróleo, insiste en una insólita “guerra preventiva” contra Irak o, mejor, contra las opiniones y políticas del presidente iraquí Hussein.

No es el único disparate enormemente inmoral de un presidente.

¿Es moral lo de Chiapas, lo que pasa en Argentina? ¿Fue moral Truman con sus bombas atómicas cuando la victoria estaba a las puertas?

¿Dónde están los Derechos Humanos en Venezuela –en un sentido– y en Haití, en otro sentido más agobiante y trágico?

¿Podemos enseñarles a los niños las virtudes de un sistema democrático que se resume a que si elegimos mal, si nuestro candidato nos estafó, estamos obligados a soportarlo por todo un período?

¿No sería más sensata una destitución por mayoría cuando los disparates exceden los límites aceptables?

Educar a los niños es muy difícil. Aún más a contracorriente, buscando enseñarles valores morales cuando los inmorales están al mando y lo tienen todo.

Sin embargo ¡qué remedio! La esperanza está en los niños.

Ayúdenos Dios a formarlos bien.

A que puedan generar cambios buenos.


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