9 de Diciembre del 2002 • Edición número 1,284
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¿Quién dijo que no se puede?
Rafael Molina
Morillo


Lo único que se necesita para combatir la corrupción es la firme y sincera voluntad de hacerlo.
Con más desaliento que estupor, vemos como se va aceptando la idea de que la corrupción es parte de la naturaleza humana y que contra ella nada se puede hacer.

Cuando se habla de la corrupción nuestros pensamientos van directamente hacia la administración pública y los políticos, y olvidamos que el mal está igualmente presente en todas las actividades humanas, incluyendo a veces hasta las relaciones interfamiliares.

Pero la que más preocupa es la corrupción a nivel de gobierno y de partidos políticos, y con razón. Porque de ella emanan males peores en perjuicio de toda la sociedad, que no solo se ve privada de sus recursos materiales, sino también de sus derechos más preciados.

Pero ¿quién ha dicho que la corrupción no tiene remedio? ¿Quién se conforma con aceptar que la misma es tan poderosa que nadie puede erradicarla?

Lo que pasa es que, en la mayoría de los casos, falta voluntad para hacer las cosas bien y obligar a los demás a hacerlas bien. Sobre todo cuando se es jefe y se tienen subalternos. Si la cabeza de cualquier organización, oficial o privada, no tolera desvíos y sanciona a los que incurran en faltas, los resultados serían diferentes. Pero si se dan segundas y terceras oportunidades a los canallas que nos rodean, y no los sustituímos por gente honorable (que todavía queda mucha), entonces seguiremos sumidos en el lodo y la abyección per sécula seculerum.

Los ejemplos y las sanciones tienen que venir desde arriba, en línea vertical y sin contemplaciones. Si no es así, resignémonos a seguir viviendo en el fango.


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