9 de Diciembre del 2002 • Edición número 1,284
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El Premio Planeta de Rosa Regàs




Por José Alcántara Almánzar

Otorgado por primera vez hace exactamente medio siglo, el codiciado Premio Planeta reúne en su extensa colección algunos de los mejores narradores de España e Hispanoamérica, contándose entre ellos figuras de renombre internacional y un Premio Nobel, Camilo José Cela, a quien le fue conferido en 1994.


Luis Medrano
Rosa Regàs lo obtuvo en el 2001, por La canción de Dorotea, novela que representa la culminación de una brillante trayectoria, breve pero intensa, con la que viene a sumarse a un sobresaliente grupo de mujeres que han sido distinguidas con el Planeta a lo largo de su historia: Ana María Matute (1954), Carmen Kurtz (1956), Concha Alós (1964), Marta Portal Nicolás (1966), Mercedes Salisachs (1975) y Soledad Puértolas (1989).

En La canción de Dorotea, Rosa prueba su consumado arte de la creación novelesca con una prosa segura y densa, rica en agudos matices humanos y labrada en la mejor tradición del género. Transcurrida la hora de los experimentalismos que tantos fuegos artificiales arrojaron sobre la novelística de lengua española, la autora segmenta una historia lineal en nueve largos capítulos contados en primera persona por Aurelia Fontana, la “alta, delgada, culta, elegante y guapa” catedrática de la Facultad de Biología de la Universidad Complutense de Madrid, una cincuentona solitaria que vive casi aislada, al margen de sus colegas y del medio que le circunda, y quien decide pasar estadías cada vez más prolongadas en su casa de campo, una vivienda “situada en un pequeño valle cerca del mar, en la provincia de Gerona”, heredada de su difunto padre, que había sido “un neurólogo con cierta fama en Barcelona”. Al principio Aurelia encuentra en aquel ambiente alejado de la ciudad un lugar perfecto para escapar de la rutina urbana, sobre todo por los cuidados de Adelita, la guarda de la casa, una empleada eficiente, incansable y parlanchina, que mantiene todo en un orden irreprochable. Las cosas marchan bien hasta que un mal día Aurelia descubre el robo de su anillo matrimonial, una costosa sortija cuya desaparición la sorprende, despertando en ella sospechas que la llevan a realizar una serie de indagaciones.

A partir de aquí la trama novelesca nos encandila con las pesquisas de la protagonista, quien va descubriendo en cada capítulo —aunque la aclaración definitiva del verdadero problema no llega sino al final, la sordidez del submundo encarnado por Adelita y su gente, es decir, su doble vida de mujer hacendosa y de libertina; los significados de las insistentes llamadas telefónicas a Dorotea; la enigmática presencia de Jerónimo, “el hombre del sombrero negro”, un ser misterioso que desatará la pasión dormida en Aurelia.

Empujada a tocar fondo en el vacío existencial en que vive y guiada por intuiciones acerca del robo de su sortija, Aurelia va desenredando una intrincada red de sucesos que le hacen tomar conciencia de la realidad y percatarse de que bajo las apariencias palpita un universo insólito, porque “hay mil mundos ocultos bajo la tierra que pisamos”. En ese doloroso proceso tiene lugar, por un lado, el reencuentro con los amargos recuerdos del padre, su frialdad y desamor, el miedo que le infundía y aún la paraliza. Aurelia comprende que vivió el matrimonio sin sentir nunca auténtica pasión por su marido, pero tampoco está muy enamorada de Gerardo, el amigo que le da consejos y con quien a veces pasa días de asueto en Barcelona.

Por otro lado, tras recorrer un tortuoso camino de vacilaciones e inseguridades, Aurelia descubre que Adelita no sólo es ladrona, sino prostituta y, peor aún, que usa la casa de campo en ausencia de Aurelia para realizar orgías con los clientes que la contratan por teléfono, o lo que es lo mismo, los servicios de Dorotea, su nombre de aventuras eróticas pagadas.

La historia de la relación entre Aurelia y Adelita pone al desnudo los contrastes de la estratificación social y las diferencias de clase entre dos mujeres opuestas por muchas razones, así como la corrupción y complicidad de policías, abogados y jueces. Aurelia sabe que ha roto con su pasado de luchadora antifranquista, dejando atrás sus ilusiones de justicia social para refugiarse en un ámbito seguro, completamente a salvo de peligros. Pero sabe también que “la cobardía y el ansia de seguridad le han arrebatado la pasión. Se ha convertido en una criatura de costumbre”. Y en medio de este mundo en el que cada uno ha venido a cantar una canción, Aurelia se pregunta cuál es la suya.

Así que, dominada por los celos, esas “serpientes que se escurren por todos los entresijos de la imaginación y de la conciencia”, Aurelia envidia a Adelita por las relaciones de ésta con el hombre del sombrero negro. Ansiosa como está de “amores vedados”, pasa horas ante la ventana de su casa de campo, atrapada por una pasión que a ella misma le cuesta admitir y que provocará el desenlace de la novela.

Rosa Regàs presenta una inteligente y sutil exploración de los sentimientos de la mujer de clase media en una época de acelerados cambios. Mediante un delicado perfil de las emociones de la protagonista, asistimos a la revelación progresiva de un drama interior que es el de muchas mujeres solas en la sociedad contemporánea, con su infravaloración de los aspectos más entrañables de la condición humana. Sin morbosidades de carácter comercial ni moralizaciones innecesarias, la autora nos hace espectadores de un universo contruido a base de perturbadores atisbos.

La canción de Dorotea nos atrapa de principio a fin a base de sugestivas imágenes, ambivalencias y violentos contrastes entre realidad y apariencia, en un crescendo que nos mantiene expectantes hasta la última página. Con esta novela, Rosa Regàs ha conquistado un envidiable sitial en las letras de su país.


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