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El momento más importante de la historia

Por Jacinto Gimbernard P.
Estamos convencidos de que vivimos el momento más importante de la historia. Se trata de un convencimiento válido, porque se trata de nuestro tiempo, nuestra vida, todo lo que tiene que ver con nosotros, con lo que verdaderamente nos importa como individuos y como nación.
Por los años cincuenta naturalmente de la centuria pasada, el terrible Siglo Veinte, el del holocausto, el del sacrificio especial israelita en que se quemaba totalmente la víctima, y el siglo de las matanzas masivas a gente pacífica e indefensa por los años cincuenta repito mi padre ideó y dibujó una sección en la que presentaba los espejuelos sicológicos de personalidades nacionales, la cual aparecía en su revista Cosmopolita. Uno de esos espejuelos estaba destinado a mostrar la visión o los cristales a través de los cuales miraba fray Cipriano de Utrera, ilustre historiador que pertenecía a la Orden de los Franciscanos. Cada espejuelo dibujado tenía un lema o una forma que se adaptaba a las esencias del pensamiento del personaje. El de fray Cipriano, con forma sobria y bordes de cordón franciscano, tenía encima, en la parte superior de las gafas, el lema: Dios, España, yo, después tú.
Pensé que fray Cipriano se iba a enfadar y así se lo dije a mi padre antes de la publicación.
¡Qué me importa! me dijo él es verdad que él piensa así.
Lo interesante es que el fraile se le acercó riéndose y le dijo que el lema era perfecto, que ése era él y su sentir. Después de Dios estaba España, luego él
después los demás.
Ya quisiera yo que los dominicanos tuviésemos ese ordenamiento: Dios, la República Dominicana, nosotros mismos como ente social y como unidad positiva
y luego los demás. Trátese de taiwaneses, chinos continentales, norteamericanos blancos que son los que cuentan en verdad, rusos políticamente recalcitrantes o enardecidos de gozo ante las posibilidades de la mafia; argentinos, venezolanos
lo que sea.
Nos hemos vuelto unos imitones. Pero de tonterías. Adoptamos sistemas que han fracasado en otros países, pero que eventualmente fueron acogidos con esperanzas populares y afilamiento de colmillos de unos pocos.
A veces se nos desborda el mimetismo y creamos una policía montada en caballos, como en Canadá o en sectores elegantes de Nueva York.
Pero no copiamos lo fundamentalmente bueno. El ordenamiento vehicular, los parquímetros que una vez hizo instalar aquel Generalísimo cuyo nombre suena a blasfemia, no copiamos los mecanismos que hacen posible que las ciudades no sean un basurero inmenso y abierto, que la electricidad exista y tenga un precio lógico por kilovatio/hora y que se demande el pago rígido de lo verdaderamente consumido, no copiamos la protección social ni el derecho del consumidor a que no se especule tan monstruosamente con los precios de lo que un ciudadano (sea o no de ciudad) debe adquirir para vivir: alimentos, medicamentos, gas propano para cocinar
vamos, lo esencial.
Tampoco copiamos la acción judicial contra los delincuentes de alto nivel. Lo del presidente Nixon y Watergate es un inocente chisme de barrio, dada la intensidad delictiva que rodea a hombres del Presidente aquí.
Y Watergate le costó la presidencia a Richard Nixon en 1974.
Realmente vivimos el momento más importante de la historia. De nuestra historia personal y colectiva. De lo individual y de lo nacional.
Esta importancia siempre ha sido la misma, porque nuestra existencia es lo que nos importa e interesa fundamentalmente. Si no fuese así no existiría tan enorme brecha entre quienes acumulan riquezas alucinantes, especulando, no trabajando, y quienes en doliente mayoría no tienen qué comer ni cómo comprar medicamentos esenciales, ni cómo educar a sus hijos y ejemplarizar en las bondades de la vida honesta. Por más que se esfuercen empinándose sobre sus limitadas capacidades y posibilidades.
Estamos vivos.
Por eso para nosotros se trata del momento más importante de la historia. Y lo es.
Pero no le hacemos caso. |
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