Miguel Febles
El pueblo y el campo
Yo siento una pena
como un desencanto
como el que se muda
del pueblo pal campo
(canción popular)
Hace unos 40 años la mayor parte de la población dominicana vivía en el campo. La movilidad del campo al pueblo había sido reducida durante la Era Trujillo, pero la luz eléctrica, la escuela, el agua por cañería, la carencia de límites urbanos, las desatenciones al campo y la imposibilidad práctica de vivir de la agricultura provocaron un movimiento creciente que algunos pensaban que terminaría cuando ya, en términos prácticos, no quedaran campesinos.
La crisis de los servicios la tenemos con nosotros desde hace décadas. La falta de urbanidad es una marca que algunos consideran nuestra única seña común de identidad y en algunos círculos se empieza a hablar de una vuelta al campo, pero esto sí con vehículo todo terreno, antena parabólica, teléfono, internet y energía eléctrica particular. Si este movimiento se materializa, a la vuelta de otros 40 años las ciudades serán como el barrio de los pleitos de perros del que nos habla García Márquez en su Otoño del Patriarca y las montañas y marinas estarán tomadas por ricos y nuevos ricos de esos que ya no necesitan estar en el día a día al frente de sus empresas, que no necesitan o no quieren trabajar, o para quienes el trabajo es posible desde cualquier punto del país o del planeta. A la par veremos, a menos que se produzca el milagro de la higiene urbana, el suministro y el pago (ambos en niveles razonables) de la energía eléctrica, y la civilización en el uso de los espacios urbanos por parte de millones de personas que tienen idea de que se puede convivir de mejor manera de lo que hasta ahora se consigue. El cuadro planteado en los párrafos anteriores tiene un elemento a tomar en consideración: el movimiento del campo al pueblo no termina. Y no termina porque la economía dominicana muestra una complejidad sorprendente, por lo menos para quien esto escribe.
Tenemos un sector servicios dinámico, construcción y agricultura. Y en todos es notable la presencia de la obra de mano haitiana, que en algunos casos, como en la construcción y la agricultura, es básica.
Pues viene a ser que los haitianos que están aquí desde hace años y los que vienen atraídos por las fuentes de trabajo también se urbanizan por la misma razón que lo hicieron los dominicanos. Ahora podemos verlos en barrios en los que son una etnia, pero también los encontramos nómadas (como beduinos) de una en otra construcción, en la que trabajan y duermen mientras dura el proceso de edificación, y con ellos sus mujeres, que en el día se van a las calles a mendigar con sus hijos y en las noches se van a cocinar y a dormir donde trabajan sus maridos. La sociología tendrá ahora un amplio escenario de estudio para establecer lo que somos y dónde estamos, y para decirnos si no es posible, mediante un proceso natural, la quimera de la isla al revés. |

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