La marca del escritor
Por Rafael García Romero
En la literatura universal hay escritores y libros mayores. En cuanto a los libros siempre traen mensajes que ayudan a entender la cocina, el genio o las características esenciales que definen a un escritor. Indudablemente que un escritor de altura, con un sello propio, imprime a cada libro esa marca que le es inherente, propia, que hace singular su obra y deslumbra con ese halo a otros escritores, abruma, obceca y se convierte en un modelo, un paradigma a seguir. La revista [A]HORA hizo una pregunta a varios escritores en torno a si hay en su vida un escritor insignia que con el paso del tiempo ya alcance la categoría de símbolo, en todo caso un símbolo que siga, distinga o venere. Aquí tenemos las respuestas:
José Bobadilla. No me resulta posible responder esa pregunta, por lo menos en los términos en que me la formulas. Yo ni siquiera estoy muy seguro de ser escritor. Quizás lo sea por el oficio mostrado, por lo que va quedando, esto es, y técnicamente, porque me gusta escribir. Pero cuando miro hacia mis adentros lo que encuentro es una terca pasión por el arte sin saber claramente cuándo termina el color y comienza el sonido, cuándo el movimiento se hace vuelo o se hace volumen. Todo lo que es arte me atrapa sin que jamás haya podido decidirme, en cuanto al amor, más por una cosa que por otra. Debo confesar que lo que mejor entiendo es la música. Cuando hablo de entender estoy diciendo sentir. Sin embargo, me resulta impracticable una decisión categórica. Como mi memoria se ha ido construyendo con piedras de semejante o igual valor, al fin y al cabo ¿por qué podría ser mejor Dante que Picasso? ¿Van Goth que Cervantes? ¿Bach que Carpentier? ¿o Borges que nuestro José Cestero, el de la primera etapa? Digamos que mi escritor insignia es la gran literatura, eso que tienen los genios que va creciendo con cada uno en el tiempo, en las edades, y así llegamos desde la más desnuda palabra hasta el laberinto maravilloso de nuestros días, en una cadena donde los eslabones se unen con un apretón de manos que es abrazo y crecimiento indetenible. Para eso da el corazón y los imperativos del hombre. Homero ¿verdad?, Dante, Valmiki, Cervantes, Calderón, Shakespeare, Dostoievski, Goethe, Balzac, Ibsen, Withman, Mann, Galdós, Faulkner, Oneill
Siento un gran vértigo, es como caerme de espaldas bajo el cielo lleno de fuegos que insaciables corren hacia todos los abismos, desprendiéndose a gritos la grandeza de sus carnes, y nos quedamos atónitos, como aplastados bajo el eterno pie de la inmensidad.
Ricardo Vega. De venerar, me identificaría con todo el que escribe, narra y dramatiza situaciones de la manera más perfecta posible. Pero nunca, jamás, caería en el error de dejarme venerar porque para mí ser escritor es vivir eternamente intentándolo, una labor eternamente inconclusa, por lo tanto incompleta para ser venerada alguna vez. Eso sí, admiro lo social en García Márquez. He estudiado tanto sus obras, sus recursos y técnicas, que me sé de memoria algunos cuentos suyos, como Los Funerales de la Mamá Grande o El Otoño del Patriarca. Admiro lo trágico en Allan Poe. El sincretismo y la concisión en Vargas Llosa, la agudeza e identidad latinoamericana de Carlos Fuentes. Claro, tengo agrias críticas a sus obras, pero eso lo aprovecho para mi beneficio particular. Ultimamente estoy de cerca con Manuel Rivas, que dicho sea de paso procede del área periodística.
Miguel Collado. Pedro Henríquez Ureña. Y no porque esté de moda ahora, sino porque desde que inicié mi labor investigativa en la primera mitad del decenio de los 80 lo descubrí, al igual que a Vetilio Alfau Durán, el maestro del detalle relevante. Aunque de este último recibí orientaciones directas, en 1976, para llevar a cabo la investigación histórica sobre el municipio de Jánico, cuyos resultados están contenidos en mis obras Jánico: notas sobre su historia (1993) y Primicias de América en Jánico (1993).
Taty Hernández. Borges jugaba a ser un dios de la escritura, él conocía el punto de inicio, la meta. Sin embargo, jugaba maravillosamente con los sucesos entre estos dos polos y para mí ese es el fin de la escritura: saber cuándo inicias y cuándo terminas, creando tensión en los intermedios.
Santiago Estrella Veloz. La afición por un escritor, hasta convertirlo en un momento dado en una especie de rey en una torre de cristal, puede quedar relegada por otro cuya obra también sea trascendente desde varios puntos de vista, como por ejemplo el tema, la técnica y el lenguaje. Cada escritor tiene su tiempo de moda, aunque se apele a él con alguna frecuencia por la importancia de su producción literaria. Creo que aferrarse a un escritor como si fuera un símbolo obstaculiza la posibilidad de crear un estilo propio por la influencia ejercida, de la cual en muchos no queda la menor duda. Cuando era mucho más joven, aparte de los antiguos clásicos, leía con fruición a Vargas Vila, Tolstoi, Dostoievski, Mayakovski, Gorky, Sartre, Unamuno, Borges, Twain, Stendal, Hemingway, Lagerkvist, Selma Lagerlof, Virginia Wolf, Faulkner, y una larga lista de escritores europeos, norteamericanos y latinoamericanos que sería prolijo enumerar. En la actualidad echo a volar mi imaginación al leer al holandés Arthur Japin, a la egipcia Nawal El Saadawi y al italiano Carlo Frabetti, donde la historia y el realismo mágico, la opresión de las mujeres y el humorismo borgiano forman un maravilloso mosaico literario, digno de sus autores, a los cuales es importante conocer. Hoy día vemos con preocupación que los jóvenes escritores apenas conocen los autores tradicionales, muchos de los cuales pueden ir preparándose para ingresar al museo literario, mientras esos mismos jóvenes desconocen totalmente los nuevos y valiosos escritores de los países escandinavos, asiáticos, africanos o de Medio Oriente, que son muchos y muy buenos. Se podrá alegar que es culpa de las librerías que no traen esas obras, aunque esto no es totalmente cierto. Mi impresión es que hay falta de interés por buscar esos autores, agravado por lo que considero es un encasillamiento literario, fruto no sólo de la desconexión cultural existente entre una isla compartida y los continentes, sino también de un abrumador modelo de mercadeo que muchas veces trata de engatusarnos metiéndonos gato por liebre. |
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