7 de Octubre del 2002 • Edición número 1,275
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Ante el tribunal de la historia
Ce siècle est à la barre et je suis son témoinVictor Hugo


Por Jacinto Gimbernard Pellerano

Estamos cruzando el bicentenario del nacimiento de Victor Hugo. Lo recuerda reverentemente el mundo entero. Por supuesto, el mundo entero de la cultura, que guarda por este majestuoso señor del pensamiento un respeto reverente que en cierto modo contiene elementos de temor. Y es que a lo que se reverencia se le tiene algo de un extraño e imprecisable temor.

Sentirse como Hugo testigo de un siglo, “su siglo”, no el siglo de la humanidad sino el suyo, personal y francés, es muestra de una formidable capacidad de percepción, dimensión y seguridad en sí mismo. Victor Hugo, nacido en 1802, vivió las guerras del Imperio, sus victorias y sus desastres, pasó dos revoluciones, numerosas insurrecciones, un golpe de Estado, otra guerra –la europea–, los tiempos de La Comuna, pasando de los años terribles a los años funestos y de allí a los cambios de la civilización industrial.


Luis Medrano
Su siglo, el 19, “Está en la barra del tribunal y yo soy su testigo” dice Hugo en el epígrafe de este artículo.

Yo me pregunto ¿habrá un testigo ilustre para el siglo siguiente, el XX, que por fortuna él no vivió?

Del 14 al 18 de septiembre de 1869 Hugo preside en Lausanne el Congreso de la Paz y dice “No, no queremos la paz bajo el despotismo. La primera condición de la paz es la libertad”.

Pero aún hoy se impone el despotismo. Nuevos imperios de diversas índoles surgen en un principio como panaceas para curar todas las enfermedades nacionales y luego se desbordan y se tornan infames. Crueles hasta lo inimaginable cuando se empeñan en exportar sus criterios y valores.

Una pregunta salta ocasionalmente como una fiera espantable sobre la estructura del raciocinio: ¿Realmente es posible la globalización?

Porque las individualidades, las unicidades que son el gran prodigio de la Creación, se hundirían en una homogenización incolora, manteniéndose aplastadas por la fuerza de quienes mantienen un peso sobre ellas.

Hubo un tiempo inicial en el cual Hitler fue positivo para Alemania, y Mussolini para Italia, pero llegó la terrible ambición de exportar sus criterios nacionales. Se levantó el monstruo del dominio universal con una creciente torpeza que no tuvo en tiempos de Alejandro Magno ni en los más lúcidos tiempos del Imperio Romano.

Los Estados Unidos de Norteamérica están levantando aún más sus afanes de exportación y sujeción, que no son nuevos –los testimonios abundan– pero que cada vez se tornan más peligrosos.

El Presidente G. W. Bush parece estar rabiando porque Irak acepte el regreso incondicional de los inspectores de armas de la ONU.

Es que le quieren quitar “su guerra”.
No tiene uno idea de lo que finalmente hará este señor insensato, que parece no enterarse o no importarle un pepino una guerra como nunca se vio, porque las “religiosidades” de uno y otro bando están en posesión de armamentos catastróficos.

Si hablo de “religiosidades” es porque las hay, aunque como en otros tiempos constituyan disfraces de intereses, como en el período de las Cruzadas, las conquistas y reconquistas.

Lo curioso es que todo se realiza a nombre del bien, la paz, la seguridad y el bienestar, matando multitudes de inocentes y pacíficos seres humanos, no solamente soldados o agresivos fanáticos. Los responsables directos e indirectos del once de septiembre del 2001 están por ahí. Bin Laden es una humareda que se disuelve en el aire. Sus muchos cómplices también.

El dispendio de bombas en la desolada y misérrima Afganistán ¿qué saldo dejó? ¿Que se requiera una urgente reposición de material bélico?

Victor Hugo ya no está en este plano, pero el siglo que recién empieza sí que va a estar en la barra del tribunal de la historia.

Tal vez con más razón que el XX.

¿Quedará un testigo?


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