7 de Octubre del 2002 • Edición número 1,275
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Las “sirenas”del Malecón



Por Helen Hasbún

Diariamente, al atardecer, se encuentran en las proximidades del mar, se ocultan entre los arbustos y no le temen a la oscuridad; por el contrario, ésta última es su aliada y cómplice.

Se disfrazan de ternura e invierten tiempo y rigor en noches de pasión. Incansables trabajadoras en las tinieblas, son las ‘sirenas” del Malecón.

Pese a que en la República Dominicana el negocio sexual aún se considera ilegal, estas mujeres lo defienden como un derecho, muchas veces sin importarles los riesgos y las consecuencias.

Las “sirenas” del Malecón sólo son unas cuantas, de tantas mujeres necesitadas, que alegan no tener más alternativas que la de exponer sus cuerpos para sobrevivir. Sus edades oscilan entre los 15 y 28 años, algunas ya son madres solteras y otras que dicen jamás lo serán. Pero definitivamente entienden y aceptan el negocio como su realidad: un mundo que puede sumergirlas en el fracaso, la tristeza y el temible dolor de la enfermedad y la muerte.

Ante la desesperanza de que algún día puedan dejar a un lado esta práctica y mostrar algún tipo de arrepentimiento, son evasivas cuando por casualidad se les pregunta si creen en Dios. “No conozco a ese señor”, responden.

Una de estas tardes decidí buscar el porqué de esa respuesta, y sólo una de ellas me dijo que “porque sí”, no dio más explicación. Aquella “sirena” lucía pensativa y asustada.

Aunque no hubo tiempo para más preguntas, observarlas fue de algún modo suficiente para descifrar las razones de su temor a dar explicaciones.

En ese instante la mujer no identificada, sin nombre ni apellidos, de complexión un poco delgada, con barriga y grandes senos, nos dijo que no tenía un centavo, que tenía que trabajar y por otro lado deseaba estar en casa para amamantar a una inocente criatura.

¡Pobre vida! Llena de decepciones y el hostigamiento de hombres degenerados. “Sí, son muy son muy hambrientos, ofrecen migajas y muchos ni nos pagan”. Se atrevió a comentar la triste “sirena”.

Sin condenar ni justificar, me dijo que era preferible que me marchara con mis inquietudes al ver cómo se acercaba discretamente otra que parecía mayor, con ganas de curiosear y saber lo que pasaba. “Ya viene mi supervisora”, dijo. “Vete porque me va a preguntar”. ¿ Supervisora? Fue la pregunta que, por la prisa, no pudo la “sirena” de negra cabellera contestarme.

Las “sirenas” del Malecón, con disimulo, actúan en un festival de locura, fuman a cada instante mientras esperan la llegada de algún cliente. Los “piratas” no se descartan, quienes llegan en sus costosas y modernas embarcaciones al lugar. Por generaciones se ha visto a la orilla del mar azul de la costa a estas mujeres que se ausentan cuando la persecución policial se arrecia, pero vuelven asomarse cuando la calma retorna al lugar. Esta es la triste y lamentable historia de estas aliadas del servicio sexual, que a diario asumen un papel que las coloca en un juego crucial entre la vida y la muerte.

La Ley 24-97, sobre violencia intrafamiliar, protege de manera particular a las mujeres que en el seno de su hogar son maltratadas por sus esposos. La misma Ley contempla el amparo ante el acoso sexual, hostigamiento, la difamación e injuria. No obstante, iniciar un proceso judicial no es tarea fácil para estas mujeres, ya que no sólo deben presentar pruebas contundentes de culpabilidad, sino que tendrán que lidiar con “poderosos abogados” que asumirán, desde luego, el propósito de librar de toda culpa a sus defendidos.

Con todo esto, sin una base firme, sin reclamos y sin ningún derecho, las “sirenas” de aquí, de allá, de cualquier lugar, por más que griten y lloren siempre tendrán que callar.

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