30 de Septiembre del 2002 • Edición número 1,274
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Luis Molina

Autobombo


En la República Dominicana existe una feria del autobombo que prácticamente tuvo su nacimiento con la conformación del propio Estado. Desde entonces los autorreconocimientos, homenajes y premiaciones encontraron tierra fértil para las personas que hacen de estas cosas su razón de ser.

El más famoso caso de la historia reciente es el del sátrapa Rafael Leonidas Trujillo Molina, quien ostentó entre otros títulos el de Generalisimo, Doctor –sin haber terminado la primaria–, Padre de la Patria Nueva y Benefactor de la Patria, entre otras muestras del lambonismo ancestral del dominicano, que incluyó nombrar con su nombre y el de sus hijos y familiares a hospitales, calles y puentes.

Como herencia, la historia continúa esparciéndose como un cáncer infestando en todos los niveles a la sociedad dominicana, y aunque este fenómeno no es exclusivo de nosotros he podido observar que en esta tierra llega a niveles únicos. Vemos cómo a los habitantes de este país les encantan las premiaciones, donde se reconoce –entre comillas- los méritos basados, en la mayoría de los casos, en el cabildeo. Son méritos tan subjetivos como intangibles. Los tres tipos principales de este mal son: las premiaciones –subjetivas, no basadas en hechos-, los reconocimientos y los bautismos.

Pero donde la cosa toma matices de vagabundería es en la autopremiacion y el autobombo, creando fundaciones y otras instituciones en las que sus propios directivos son los que eligen a los ganadores, repartiéndose los galardones entre ellos mismos o, en el peor de los casos, haciéndose merecedores de galardones, placas y medallas.

Recientemente pude observar cómo en una sola noche hubo dos reconocimientos, una premiación y un homenaje, donde lo único que faltó fue un intercambio de placas entre los participantes.

Pero el autobombo enceguese a las personas, las cuales se creen que estas preseas –merecidas o no– son reales, cuando en muchos de los casos no determinan la verdadera capacidad. Ojo, sé que la mayoría de esos premios son merecidos, el problema es la forma en que éstos se reciben y la poca modestia de los que al recibirlos se descalifican y descalifican –sin quererlo- a las instituciones que los otorgan.

Esto no es exclusivo de la República Dominicana, pues casos como el Oscar presentan la fragilidad de estos reconocimientos que no representan más que la visión o los intereses de los que los conceden. Sin embargo, en nuestro país es donde la cosa llega a niveles dramáticos con la continua entrega de placas de reconocimiento o haciendo a cuanto loco pisa esta media isla hijo postizo en espera de una reciprocidad en playas extranjeras. Por último, quiero señalar que ejemplos de premiaciones y reconocimientos serios existen en nuestro país, donde me atrevo a señalar los casos de la Fundación Brugal, que representa premios tan interesantes como “Brugal cree en su gente” o “Ponte a inventar”, así como los sólidos casos de los premios de cuento, teatro y arte de Empresas León Jimenes. El autobombo y la premiación desmesurada habla mal de quienes los otorgan, pero habla mucho peor de quienes los reciben. Mi recomendación a aquellos que se quejan de estos casos, como los sonados premios Casandra, es que no participen, pues participando se desacreditan a la hora de criticar la mezquindad de los que venden su voto.



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