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El poder de la globalización

Por Rafael García Romero
La palabra globalización remite a los altos procesos de desarrollo del mundo. En la otra cara está una palabra funesta, odiosa: decadencia. Aparentemente es una palabra inofensiva, siempre que no salga del perímetro literario.
En el flamante escenario de la política, para sólo mencionar el más recurrido, el sentido convencional de todas las palabras anotadas se ha magnificado y dicen otra cosa de acuerdo a cómo marche el interés o la persona a quien las dirige el orador de turno.
La diplomacia como la política tienen en común la palabra, que es la materia prima de la literatura. Y tanto una como la otra se sirven de los periódicos, la radio, la televisión, las computadoras, que caminan con la palabra, ya sea impresa, hablada, hecha imagen. Ella es la gasolina, el combustible de los medios de comunicación. Sin la palabra no llegan a ninguna parte y la empresa de la ideología, con su nueva ola de la globalizacion, se iría a pique.
De ahí que el diccionario constituye por sí solo una inconmensurable herencia. El usuario, no importa su grado de instrucción, debe saber, aunque sea mínimamente, que representa un gran puente entre el pasado y el futuro. La humanidad estaría sin él prácticamente condenada a vivir en un círculo vicioso.
Ningún ser humano medianamente culto puede considerar que una lengua es un cementerio de palabras. O, en caso extremo, una herramienta completamente ajena a las estructuras económicas. En tal sentido, como dijera Lázaro Carreter, toda persona que redacta una noticia en un periódico o escribe un verso debería saber que pone mundos en movimiento; porque las palabras construyen, pero también tienen el supremo poder de precipitar el mal.
El lenguaje constituye el cauce de convencionalismos más perfecto, porque contiene las palabras del idioma y usa de manera habitual una nación, país o región desde un primer documento como es la partida o acta de nacimiento, la de bautizo, las cartillas de alfabetización, los libros de la educación formal hasta la firma de un titulo universitario, un convenio, una transacción comercial o el acta de defunción.
PODER DEL LENGUAJE
El lenguaje es ese universo que construye universos, que obra y se expande en el mundo sin disputarle ese gran espacio que tiene la música, las canciones, la balada, en la vida del hombre contemporáneo. El disco, el cidí, la música, las canciones, toda manifestación sonora melódica tiene hoy un gran ascenso en la vida del hombre. No hay forma de ver la vida moderna y sus manifestaciones ajena a la música. Todo lo invade el lenguaje y junto al lenguaje va la música, que también es una forma de lenguaje. La música ha tomado el cine, los espacios laborales, la iglesia, pero además una canción es el hijo alegre de la literatura, ya que una canción es una historia cantada que llega con música a través de una voz agradable que la cuenta y la canta.
En cuanto al lenguaje, la palabra pan aparece de manera rigurosa en todos los idiomas. Y sin embargo, dice Heinrich Boll, quien escribe o pronuncia la palabra pan desconoce las repercusiones de su acto, hasta se han hecho guerras a causa de dicha palabra, hasta se han cometido asesinatos.
Así hay otras. Una sola de ellas tiene la carga suficiente según Boll para enviar a la perdición, para enviar a la ruina, a un grupo de ciudadanos. Esa palabra en su tiempo fue judío.
El propio Lázaro Carreter sostiene que la gran convocatoria de la literatura y el poder del idioma están hoy en los medios de comunicación. Un ejemplo práctico se recoge en dos noticias que salieron simultáneamente en todos los países de habla hispana. Una de ellas, bajo el título Un científico afirma que un cometa le puso fin a las ciudades de Sodoma y Gomorra, cita la teoría de que el cometa Little Bull, que tarda 2,500 años en dar la vuelta a nuestra galaxia, dejó una lluvia de meteoritos cuyas bolas de fuego destruyeron 40 ciudades ubicadas en Egipto, Mesopotamia y el Valle del Indo, entre 2,200 y 2000 antes de Cristo.
En la otra, titulada Geógrafo austríaco afirma choque cometa contra tierra da origen al mítico diluvio, cuenta la historia que argumenta el prestigioso científico Alexander Tollmann, profesor del Instituto de Geografía de la Universidad de Viena, según la cual hace 12,000 años la Tierra fue bombardeada por los fragmentos de una gran masa cósmica de hielo y rocas, cuyo poder destructor, equivalente a cientos de bombas atómicas, desencadenó con el desplazamiento de enormes masas de agua oceánica marejadas, deformaciones geológicas, columnas de vapor espeso y la extinción en masa del hombre y numerosas especies animales; pero también mantuvo el planeta en penumbras durante varios meses.
Ahora bien, las dos noticias en otro tiempo hubieran producido una reacción inmediata en la impresionante colectividad religiosa debido a su vínculo común. La publicación, que se hizo sin el propósito de desautorizar dos acontecimientos bíblicos de gran peso, sino para poner en relieve la penetración que tiene la astrofísica o la geología y de que impere la verdad científica. La verdad, en fin, quedó planteada y está ahí en las páginas de los diarios, gracias no sólo a este fenómeno plural de la comunicación globalizada, sino a que vivimos en un mundo que va a 100,000 kilómetros por hora, sin rumbo cierto, transitando el tercer milenio: singular e inexpugnable avenida de la humanidad. |
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